Soltando amarres 23
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Al final nos hemos terminado quedando en el bar. Aunque hace sol, de repente siento mucho frío, así que la amable señora (que nos ha dicho que se llama Carmiña) nos ofrece unos chocolates calientes que resultan ser colacaos y que aceptamos de mil amores.

Escogemos la mesa de la entrada, como si no nos atreviéramos por completo a formar parte de la vida del pueblo. Como si fuese importante dejar claro que somos forasteros, que estamos de paso, que en cualquier momento nos podemos marchar.

—Creo que nos tienes que dar muchas explicaciones —le digo entonces a mi amiga, que fija la mirada en el colacao que sujeta entre sus manos, aún sin haberle dado un solo sorbo.

Sigue en silencio. No reacciona. Sé que a veces a Filo le cuesta asimilar según qué cosas, y que tiende a hacerlo en silencio, aunque por el contrario a mí me venga bien hablar y hablar al respecto.

Y normalmente no tengo ningún problema en darle su espacio, pero es que ahora yo también tengo encima mi propio trabajo de asimilación.

Por encima de todo, y para empezar a procesar, necesito saber por qué acabamos de averiguar que la tal Breogana se ha cambiado el nombre, precisamente, al de mi amiga.

—¿Quién es esta bruja, Filo? ¿Por qué estamos aquí?

Insisto con voz firme, aunque no me sale tan bien como me gustaría. Mi pregunta tiene un trasfondo un tanto agónico, muy a mi pesar. En realidad, solo quiero saber qué demonios está pasando. No me parece mucho pedir.

Aunque me meta mucho (constantemente) con ella, ahora me siento cohibida porque siento que, por primera vez, estamos tocando un tema que le afecta de verdad.

Filomena suspira despacio, cogiendo aire profundamente para luego sacarlo todo, dejando salir lo que sea que la estaba dejando paralizada. Y, luego, alza la vista.

—Breogana es… mi ex.

Se me vuelve a desencajar la mandíbula y el poco aire que sale de mis pulmones genera un ruidito estrangulado que hace que varios de los señores del bar se giren hacia nosotros.

—Ostras, ¿la chunga? —pregunta Miguel, echándose para delante.

—No —se apresura a asegurar Filo. Luego me mira suplicante—. Te prometo que no, Tam Tam.

Yo sigo en shock y se me empieza a secar la garganta, así que voy poco a poco: cierro la boca, me paso la lengua por los labios y luego me llevo una mano al pecho para comprobar si mi corazón sigue latiendo.

—Hemos venido… ¿a ver a tu ex?

Es Miguel el que lo pregunta, confuso. Yo sigo sin poder pronunciar palabra.

Me sorprende que no haya ni rastro de la traición en su rostro, aunque supongo que él iba a acudir igualmente, con o sin nosotras.

Sin embargo, nos lo ha contado todo sobre su propia exnovia.

Se ha abierto con nosotras y Filo le ha ocultado algo mucho más importante.

Yo misma me siento casi más traicionada por lo que le ha hecho a él que por lo que me ha hecho a mí.

Nah, mentira. Me fastidia mucho más que me lo haya ocultado a mí.

Soy su mejor amiga, por el amor de Dios.

Lo sé todo de ella, y cuando digo todo es TODO: dónde perdió la virginidad, con quién y durante cuánto tiempo, el incidente concreto que le hizo darse cuenta de que era lesbiana e incluso la cantidad de pedos que se tira al día porque los contabiliza en su agenda junto a otra serie de rayitas que jura que algún día me contará qué representan.

El misterio de las rayitas en su agenda es una cosa, pero esto…

Filomena traga saliva y arrastra la taza de colacao por la mesa.

—No tengo… No tengo otra manera de contactar con ella. No tiene redes sociales, se cambió de número cuando lo dejamos y, cuando me enteré de que se mudaba a Combarro, sabía que en algún momento yo acabaría viniendo aquí.

—No me lo puedo creer…

Ahí están, mis palabras. Por fin he conseguido encontrarlas. Me paso las manos por la cara, tratando de ordenar mis pensamientos. No sé cómo me siento. No sé si estoy enfadada, flipando, decepcionada, triste… o todo a la vez. Son demasiados sentimientos empujando en una misma dirección.

—Pero eso no quita que sea la bruja adecuada para tratar vuestros casos —asegura Filomena, con ojos de cachorrillo.

Estoy convencida de que ni las gatitas me darían tanta pena como esa expresión. Pero tengo que ser fuerte, y seguir flipando me ayuda bastante a ello.

—Y qué quieres hacer, ¿recuperarla? ¿Hemos venido en misión secreta para recuperar a tu ex? Y ¿quién se supone que es? Me has tenido al tanto de toda la gente con la que has estado en estos últimos años, es imposible que hayas podido estar con ella sin que yo me enterara.

—No podría simplemente… ¿no habértelo contado? —pregunta Miguel con inocencia.

La forma en la que niego con la cabeza podría dislocar cualquier cuello.

—No es eso, es que no podría materialmente .

¿Tú sabes la cantidad de pavas con las que retoza esta señora?

Una vez tuve que hacerme un esquema, Miguel, ¡un esquema!

Es imposible que además de todo eso encontrara tiempo como para tener una relación significativa que nos arrastre a los tres a más de seiscientos kilómetros de Madrid.

Miguel mira a Filomena, probablemente para analizar su reacción ante mis palabras. Ella se limita a encogerse de hombros, imperturbable:

—Soy un poco guarrilla, qué le vamos a hacer.

Y Miguel suelta una risita que, no sé por qué, hace que el pecho se me relaje un poco.

—El caso es que Uxía viene de… de antes.

—¿Uxía?

Asiente.

—Es su nombre real. Fue… fue mi primer amor.

Ya sabes que yo siempre he tenido más o menos claro que me gustaban las chicas, pero, hasta que ella se cambió de instituto, no me había enamorado nunca.

Estuvimos juntas dos años, pero ella no aguantaba Madrid.

Le quitaba las energías. Necesitaba volver a su Galicia, a la magia, a donde debía estar.

Y a mí… a mí me sentó mal. Lo teníamos todo y ella quería huir…

Tenía diecinueve años y aún no sabía lo que era perder a nadie, y me pudo mi orgullo.

Y desde entonces… no he podido dejar de pensar en ella ni un solo día.

No he dejado de arrepentirme de no haber siquiera intentado que se quedara conmigo.

Según voy escuchando su confesión, se me va pasando el enfado. Es inevitable, ¿cómo puedo cabrearme con alguien que parece tan derrotado? No tiene ningún sentido patear a quien ya está en el suelo.

Relajo la espalda, y observo cómo Miguel le da dos palmaditas (de esas de tío macho) en el hombro.

—Pues, tía, a por ella. Un amarre, un desamarre y un amor verdadero para llevar.

Así de fácil ha sido para él. De hecho, diría que parece incluso satisfecho de formar parte de esta misión, como si le hubiese añadido un extra de importancia a toda nuestra aventura.

Bueno, supongo que lo ha hecho. Supongo. Aún no estoy convencida del todo. Y sigo molesta.

—Deberías habérmelo contado desde el principio —le reprocho. No puedo evitarlo—. Pensaba que nos lo contábamos todo.

—Lo sé. Pero tampoco quería que pensases que lo tuyo no me parecía importante. En realidad, me dio la impresión de que era perfecto: las dos podríamos enfrentarnos a nuestros temas pendientes. Saldríamos de aquí más fuertes.

—Te hubiese acompañado igualmente —susurro.

—No se me ocurrió la posibilidad hasta que descubrimos que lo tuyo era un amarre… Y me pareció que, si te desvelaba la identidad de la bruja, quizás te pensarías el venir. Estabas al borde de mandarme a la mierda. Tenías… esa expresión.

—¿Qué expresión?

—¡Esa! —Me señala con el dedo—. ¡Con el ceño fruncido y la mueca de asco!

—¡Eh! ¡Pero qué dices, idiota!

—Ah, es verdad. Es superevidente.

La voz tranquila de Miguel hace que relaje el ceño y abra mucho los ojos. E, inmediatamente, él sonríe.

—Vaya, así mucho mejor. Tienes unos ojos preciosos.

Me pongo violentamente colorada y carraspeo, antes de volverme a dirigir a Filo porque hay una parte muy grande de mí que se niega a analizar las palabras del chico.

—¿Y ahora cuál es el plan? No me puedo creer que hayamos venido hasta aquí y que no esté .

—Al parecer, solo pasa consulta por las mañanas en Combarro… —murmura con la boca pequeña y encogiéndose.

—Hemos pillado a la bruja apagada o fuera de cobertura —bromea Miguel—. Bendita nuestra suerte, ¿eh? Ya hemos tenido que pasar una noche fuera por encontrarnos a las gatitas, y ahora otra más por demorarnos con ellas. Es como si tuviéramos…

—Un mal de ojo —dice Filo, alzando la vista—. Explicaría muchas cosas.

—La has liado parda —advierto a Miguel.

—Lo podemos comprobar rápidamente —se emociona Filo, incorporándose en la silla.

—Espera, tigresa. —Le hago gestos para que vuelva a relajarse—. Primero vamos a decidir qué hacemos. Está claro que, ya que estamos aquí, tendremos que quedarnos a pasar la noche. Pero ¿dónde?

—Hay un hechizo supermagico que tengo que compartir con vosotras —susurra entonces Miguel, misterioso. Acercamos las cabezas—. Se llama Booking y te permite buscar alojamientos desde tu caja mágica portátil.

Resoplo, a medio camino entre un bufido y una risa, y le doy un golpecito en el brazo por vacilarnos.

En menos de diez minutos tenemos una reserva hecha en un alojamiento llamado Casa Mariñeira. Es ridículamente barato para tratarse del apartamento completo y, además de estar cerquísima del centro, también está al lado del mar.

«¿Qué te pensabas? Si es que es un pueblo. Todo está cerca».

—Al final, esto se va a parecer mucho más a unas vacaciones de lo que teníamos planeado —murmuro, y no me doy cuenta de que lo he dicho en voz alta hasta que noto sus miradas sobre mí.

—Pues, entonces, a disfrutarlas —sonríe Miguel.

Y vaya, en ese momento me doy cuenta de que todas esas sonrisas se me están tatuando en alguna parte.