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Durante las dos horas restantes, nos turnamos para recomendar música y terminamos haciendo una especie de karaoke improvisado, a voz en grito, de High School Musical .
En general, suelo ser una persona bastante más vergonzosa, pero supongo que, cuando ya has respirado el mismo aire que otra persona durante casi un día seguido, es algo así como que empieza a formar parte de ti.
Para nuestra sorpresa, Miguel se sabe todas las canciones y las berrea con la misma emoción que nosotras, alzando de vez en cuando el puño para darle más intensidad al momento.
Trato de apartar con rapidez a una esquina de mi mente el recuerdo de aquella vez que puse We're All in This Together delante de Jose y él me miró como si estuviese loca o me hubiese quedado muy atrás en eso de madurar.
Que, bueno, ambas pueden resultar ser ciertas, pero de todas formas me dolió tanto que nunca más volví a cantar delante de él. ¿Para qué?
Esta mañana le he mandado un mensaje, más por rutina que porque quisiera contarle nada. Me ha deseado que me lo pasara muy bien y me ha mandado dos corazones rojos.
Llevo un tiempo pensando que los corazones rojos, los básicos, son los que pones cuando no sientes nada de verdad.
Y sé que es una tontería. Pero ese pensamiento no deja de rondarme la cabeza.
Como que no llegas a hacer el esfuerzo de cambiar el color, o quizá que es un amor genérico, sin personalizar.
¿Echo de menos a Jose? Sí. ¿Tengo ganas de verle?
Diría que también, porque se me hace raro estar tan separados, ir alejándome cada vez más de manera física.
Al fin y al cabo, llevamos tres años y mi rutina es él, mi día a día es buscar huecos para encontrarnos.
Que yo sea la principal promotora de que existan esas quedadas es otro tema, pero el caso es que me da cierta satisfacción el conseguir quedar con él, lograr que podamos vernos.
«Aunque quizá, si no fuese tan difícil, no te resultaría tan satisfactorio», me dice una voz insidiosa en la parte de atrás de la cabeza.
Conseguir, lograr… ¿son estos los verbos que debería pensar para definir el ritmo de mi relación? Aún si fuese un bache…
Mi mente se distrae en cuanto aparece la primera señal que anuncia el nombre de nuestro destino: Combarro.
En cierto momento del viaje, nos hemos dedicado a buscar el pueblo en Internet, y la verdad es que he empezado a sentir cierta emoción por verlo.
Es mi primera vez en Galicia, porque en general nunca he viajado mucho.
A mis padres no les entusiasma y a Jose tampoco (es más de quedarse en casa tranquilo), así que tampoco me he planteado en ningún momento si a mí me gusta.
Y desde luego que sí. En cuanto hemos entrado en Galicia, he descubierto que me flipa.
O quizá es el encanto de Galicia, claro. La naturaleza, las casas tan preciosas, la tranquilidad que se respira en el ambiente. La forma que tiene de intercalar lluvias torrenciales con claros soleados con solo un túnel de diferencia.
—Las vacas —puntualiza Filomena en cierto punto, con los ojos brillantes de la emoción.
Y, oye, puede que empezara como una broma, pero las vacas son preciosas y contemplarlas me da paz.
No creo en el amor a primera vista, pero, desde luego, si existiera se parecería a esto que siento en el pecho.
—¿Qué es eso? —Señalo a una construcción bastante grande, de madera, con base rectangular elevada sobre unas piedras y un tejadito bastante cuco.
—Es un hórreo —explica Filomena sonriente—. Es una de las señas de identidad de Galicia. Se usaban como graneros, para proteger las cosechas de la humedad. Lo curioso es que, cuanto más grande veas un hórreo, significa que más rica y poderosa era la familia.
—Ostras, pues esa tenía que ser de la realeza como mínimo.
—Y esos del otro lado debían ser los más pobres del pueblo. ¡Mira qué chiquitito!
—¿No era que el tamaño no importaba…? —bromea Miguel.
—El de los hórreos, al parecer, sí.
Nos pasamos un rato comentando los hórreos que nos vamos encontrando, y entonces… Combarro.
No sabría explicarlo con palabras, y culpo por completo a Filomena, a este viaje y a todas las cosas místicas que llevamos haciendo o experimentando y que a estas alturas ya se me han clavado bien hondo en la cabeza.
Pero, si no fuera consciente de todo lo anterior, juraría que soy capaz de sentir la magia en el aire.
Es evidente que Combarro es diferente a nada de lo que haya visto nunca.
Y eso es incluso antes de clavar mis ojos en el primer cruceiro .
Cruces de piedra enormes clavadas en los cruces de camino, coronadas por una virgen mirando al mar.
Al parecer, cruceiros en Galicia hay muchos, pero en Combarro se reúne una gran cantidad y, además, siempre tienen una virgen que está mirando al mar, lo que los hace diferentes.
Esto último lo sabemos por la búsqueda en Google, claro.
Parece que los poderes mágicos de Filomena no pillan cobertura en la carretera.
Resolvemos dejar el coche en una especie de parking urbano en la entrada del pueblo, que básicamente se trata de un rincón con una P azul y hecho por completo de baldosas de piedra.
El traqueteo que emite el vehículo al maniobrar me hace pensar que podría deshacerse en cualquier momento.
Aunque siendo honesta llevo pensando que este coche es una carraca desde que lo vi. Y, por algún motivo, me encanta.
Nada más salir, estiramos la espalda, con un gruñidito de felicidad. Casi sin creernos que, por fin, hayamos llegado.
El sol nos recibe, como una bienvenida cálida a un hogar que hace tiempo que perdimos.
«Me estoy volviendo más literaria solo por estar aquí», me mofo de mí misma internamente.
Nos aseguramos de que las gatitas estén profundamente dormidas dentro del transportín y dejamos las cuatro ventanillas un poco abiertas por si acaso. Toda precaución es poca y, según Miguel, nadie se atrevería a robar su coche en el estado en el que está.
Y, entonces, nos quedamos un buen rato recostados sobre el capó, simplemente respirando. Disfrutando el aire fresco, el silencio… En Madrid es imposible encontrar esto.
Al cabo de lo que parecen horas y a la vez solo minutos, Miguel bosteza antes de dar una palmada, y resulta evidente que es más para espabilarse a sí mismo que para llamar nuestra atención.
Tiene el pelo rizado aplastado ligeramente por la parte de atrás, de apoyar la cabeza en el asiento del conductor, y por un segundo siento la tentación de peinárselo con los dedos.
Pero, por supuesto, me contengo y me limito a escuchar sus palabras:
—Bueno, buscamos a la bruja, pedimos un amarre y un desamarre para llevar y nos largamos para estar en Madrid lo antes posible, ¿no?
—¿No tendrá BrujAuto? —pregunto yo—. Podríamos haber pasado con el coche, que bajaras la ventanilla y…
—Tamara. —La voz de Filo es peligrosa, y me callo inmediatamente para dirigirle una mirada de disculpa—. Tómatelo en serio. Esto es algo importante.
«Es raro el momento en el que es ella la que actúa de madre», pienso. «Así que, por una vez, voy a hacerle caso».
Y no añado nada más.
Comenzamos a andar hacia el centro del pueblo siguiendo las indicaciones de Filomena, y juraría que no es la primera vez que viene aquí.
No lo ha confirmado ni desmentido, pero se mueve por las calles con una familiaridad que no parece venir solamente de la confianza en sí misma que siempre exuda. Hay algo más.
—Lo mejor será preguntar en algún bar, seguro que saben decirnos dónde está Breogana ahora —comenta.
—¿Ahora?
—Lo último que sé es que se mudó aquí, pero no tengo ni idea de dónde tiene la consulta.
—Consulta —resoplo sarcástica, pero me callo ante otra mirada asesina de Filomena. Voy a tener que relajar con las bromitas si no quiero que se enfade de verdad—. Está bien, pues vayamos a algún bar.
Llegamos a una plaza preciosa, con una fuente de piedra en el centro. En uno de los laterales, un cruceiro enorme e imponente. Solo de posar mis ojos sobre él, siento que es algo importante. Como si a su alrededor…
«Se te está yendo la olla. Te lo están pegando estos dos», me recrimino, y me obligo a seguir a mis compañeros de viaje hacia un bar situado en una de las calles que llevan a la plaza.
Es pequeño, muy acogedor, y la media de edad de las pocas personas que están ahí es bastante alta. Podrían ser perfectamente una postal de abuelos gallegos, y hago lo posible por no sonreír al pensar en ello.
Filomena se dirige sin vacilar a la señora que está con un mandil detrás de la barra.
—Perdone —le dice con toda la amabilidad del mundo—, estamos buscando a Breogana.
—¿Breogana? —La señora alza una ceja con extrañeza mientras habla con un marcadísimo acento gallego—. ¿Qué dices, oh? Yo no conozco a Breogana ninguna.
Estoy casi convencida de que está hablando en castellano, pero el acento es tan fuerte que me suena a gallego.
O quizá es gallego y me he vuelto bilingüe por arte de magia.
No, no creo, porque alguna vez he conocido a algún gallego y sé de buena fe que no me entero de nada si hablan con mucho acento y muy rápido.
—¿No? —Filomena parece pillada por sorpresa— Breogana. Tiene que sonaros. La bruja más poderosa de España…
Esta vez, es un señor de los que ocupan las mesas del lateral el que contesta:
—Aquí bruja solo hay una, pero no se llama Breogana.
—Anda, a ver si nos hemos equivocado de bruja y resulta que esta solo hace ouijas personalizadas —me susurra Miguel al oído, y yo tengo que morderme fuerte el labio para no reírme delante de todos estos desconocidos.
—Estoy convencida de que Breogana… —susurra—. Me dijeron que ahora vivía aquí.
Filomena está confusa. Tiene las cejas muy juntas y los labios fruncidos, y mira al suelo con expresión de concentración. Está claro que esta información la desorienta.
La que parece ser la dueña del bar se pone un paño sobre el hombro antes de suspirar, empatizando con mi amiga:
—Mira, neniña, yo no sé quién es Breogana, pero, si necesitáis una bruja, estoy segura de que Filomena os atenderá encantadiña de la vida.
Tengo que repetir en mi mente varias veces sus palabras para intentar analizar si la he entendido bien o mi mente se ha ido del todo al barrio de los turuletas.
Mi amiga, a mi lado, se ha quedado paralizada, con los ojos clavados en la señora.
Juraría que en su cabeza está sucediendo exactamente lo mismo que en la mía.
—Perdone, ¿quién ha dicho?
—La bruja. Filomena. Buscabais una bruja, ¿no?
—Se ha puesto mi nombre… —susurra entonces Filo, y a mí se me empieza a desencajar la mandíbula.
—¿Dice que la bruja de este pueblo se llama… Filomena?
Lo repito despacio, mi cerebro hecho puré. A mi otro lado, Miguel está tan ojiplático como yo. Los señores se miran entre sí, confusos.
—Estos jóvenes de hoy en día no escuchan nada, eh —dice el señor mayor—. Que sí, Filomena se llama la muchacha. A mi nieta le curó el mal del aire hace unos meses. Estamos todos encantados con la rapaza .
La señora de la barra saca un bloc de notas y un bolígrafo de su delantal y escribe algo con toda la parsimonia del mundo.
Luego, nos lo tiende.
—Podéis encontrarla en esa dirección. Pero hoy ya no estará, me temo. Tendrá que ser mañana por la mañana.
Como Filomena y yo seguimos congeladas, es Miguel el que se adelanta para aceptarlo con un susurro de agradecimiento.