Soltando amarres 21
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La comida es… lo que es, porque justo el restaurante de esta gasolinera no tiene demasiado donde elegir.

Es curioso recorrerte todas las gasolineras de España en cuestión de veinte horas y acabar escogiendo para comer… la peor.

Acabamos con un bocadillo cada uno, y yo me sorprendo a mí misma intentando comérmelo sin dar demasiado el cante. Todo el mundo sabe que un bocadillo no es, ni de lejos, la comida más glamurosa del mundo, pero con conservar mi dignidad delante de Miguel me conformo.

—Os tengo que confesar una cosa —dice entonces el chico, limpiándose la comisura de los labios con una servilleta—. Ayer estaba bastante más triste que hoy. Está siendo un viaje extrañamente divertido.

—¿A que sí? Yo estoy supercontenta —canturrea Filo.

Por mi parte, pongo los ojos en blanco, pero no digo nada.

El caso es que tampoco estoy… mal. Consideraría que he sufrido más los días anteriores al viaje que en el viaje en sí, y eso que nunca me han gustado especialmente los trayectos en coche.

De hecho, no me entusiasma tampoco conducir: mi ofrecimiento de hacer turnos con Miguel fue de esos que esperas con todas tus fuerzas que te rechacen.

—Os lo tengo que agradecer, chicas.

—¿A nosotras? ¿Por qué?

Se encoge de hombros y sonríe de oreja a oreja. Joder, creo que nunca jamás había visto a nadie sonreír con tanta fuerza. Y además siempre, como, si ya de hacerlo, decidiera hacerlo bien.

—Considero que siempre hay que dar las gracias a la gente que te hace feliz.

—¿Y decir adiós a la que no te lo hace? —se me escapa de repente y sorprendiéndonos a los tres.

Filo me mira con diversión y yo quiero que me trague la tierra. No sé qué me pasa con este chico, porque yo normalmente no soy así. Pero el caso es que siento algo sobre mí que me obliga a soltar este tipo de cosas.

—Puede ser. Aunque muchas veces es difícil dejar ir a alguien importante, por mucho daño que os hayáis hecho mutuamente.

—¿Qué pasó? —pregunta Filo entonces, y es evidente a lo que se está refiriendo—. Creo que, a estas alturas, ya tenemos confianza suficiente.

—Espera. —Miguel alza el brazo para mirar el reloj—. Bueno, aún faltan tres horas para que hagan exactamente veinticuatro que nos conocemos, pero supongo que podemos hacer una excepción.

Sonrío. Hoy me duele la cara, por la zona de la mandíbula, y no sé por qué es. Quizá Filo tenga razón y no suela sonreír ni reírme tanto.

Le miramos, expectantes ambas, porque nada nos gusta más que un buen cotilleo, y él suspira con un deje de resignación antes de comenzar:

—Raquel y yo llevábamos cinco años. Los tres primeros fueron perfectos, ¿sabéis esto de tener la sensación de haber encontrado a tu alma gemela?

Éramos tan parecidos en todo, teníamos tantas ganas de hacernos felices…

Al año de irnos a vivir juntos, supongo que nos estancamos.

Ella empezó a trabajar en un ambiente que le parecía mucho más divertido que estar en casa; yo empecé a desarrollar aficiones sin ella, porque nunca estaba.

Y, a base de eso, ella dejó de explicarme las cosas y de buscarme huecos, y yo dejé de pedírselos.

Y, hace tres meses, me dejó. He estado viviendo con mi tía mientras busco otra cosa.

Y he sido… miserable. No sé vivir sin ella.

Un silencio, dos suspiros y tres cabezas reflexionando.

—Yo no te puedo ayudar —sentencio al final—. Nunca he sentido eso que dices, que una persona es perfecta para mí.

—Yo sí sé a qué te refieres —dice Filo, y me giro para mirarla porque sus palabras son lo que más me sorprende de todo.

—¿Filomena…? ¿Qué me estás contando?

Se encoge de hombros y le da un mordisco a su sándwich mixto.

—¿Quién fue? ¿La pija de las Cuatro Torres? —insisto, muerta de curiosidad—. ¿La del extintor? ¿La chunga?

—¿La del extintor? —pregunta Miguel entonces.

—Hubo una pava con la que estuvo que le hizo un ritual con un extintor.

Filomena pone los ojos en blanco. Yo reprimo una sonrisa, porque me encanta sacarla de quicio, y Miguel abre mucho los ojos, alucinado.

—No fue así y lo sabes. Estábamos haciendo un ritual de purificación.

Quemamos un poco de cedro, para las buenas energías, y ella tenía que abanicar el humo en mi dirección.

Se le fue un poco la mano y me acabó tirando las brasas a la falda.

Entró en pánico y fue corriendo a por el extintor. Pero solo me roció un poquito.

—Tengo fotos que prueban que eso no fue así.

—Echo mucho de menos esa falda. Era nueva.

Quizá es la tranquilidad con la que lo comenta Filomena, pero Miguel estalla en carcajadas. Luego se interrumpe, pensativo:

—Espera, ¿y la del extintor y la chunga no son la misma persona ?

Me estremezco.

—Uh, no. Para nada, además. La del extintor es normalísima en comparación.

—¿Qué hizo la chunga? —La voz de Miguel está cargada de curiosidad, y se echa hacia delante en la mesa con expectación.

—Uy, no. Prometimos no volver a mencionarlo —dijo Filo.

—Filo cree que, cada vez que lo menciona, le cae encima un mal de ojo.

—¿En serio?

Ella asiente, muy seria.

—La primera vez, se me cayó una maceta encima. Me tuvieron que dar tres puntos.

—¡Qué dices!

«Creo que este chico no se lo ha pasado tan bien en toda su vida». Por la expresión de Miguel, juraría que está en la montaña rusa del parque de atracciones.

—Esto necesita aclaración —intervengo, alzando las manos y cerrando los ojos un momento, para pedir su atención—.

Tendrías que haber visto su anterior piso.

Había tantas plantas que parecía la puñetera Amazonia.

Tenías que ir esquivándolas como en esas escenas de espías de las películas.

Una vez tropecé con un cactus y casi me como otro al caer.

Lo difícil hubiera sido que nunca le cayera una maceta encima.

—No fue casualidad —sentencia muy tranquila—. Además, hice la comprobación con el aceite y ambas veces salió que sí.

—No preguntes —me limito a decirle a Miguel.

—Sois muy divertidas —afirma él entonces, con una sonrisa de oreja a oreja.

—Qué va. Ella es divertida. Yo solo estoy en este mundo como medida de contención.

—No puedes estar más equivocada.

Lo suyo también es una sentencia, y pienso no por primera vez que su personalidad se parece bastante a la de Filo. Si bien es bastante menos místico y hace menos locuras, su forma de ver la vida es muy similar.

Pegan muchísimo. Una lástima que él no sea lo que a ella le gusta… porque es un tío, básicamente.

Cuando recogemos y volvemos a emprender la marcha, Diana y Meiga se ponen a llorar, así que me las coloco encima para tranquilizarlas.

No pasan muchos minutos hasta que me doy cuenta de que yo también me siento más en calma. Lo cual solo significa una cosa: hay algo más que me preocupa y que aún no he sabido identificar.