Soltando amarres 20
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Es una sensación extraña ver a la gatita atigrada en brazos de Miguel. Frente a su enorme pecho, aún parece más chiquitita, pero él la acuna con una delicadeza que hace que esté convencida de que nada le podrá pasar jamás.

Está sentado en el capó del coche, a unos metros de nosotras, y solo tiene ojos para ella.

—Eres preciosa, ¿lo sabías? —le susurra con voz dulce—. Eres la cosa más bonita que he visto nunca.

Y la gatita maúlla como si le estuviese respondiendo.

No me doy cuenta de que me he quedado embelesada hasta que Filo coge un pañuelo de papel (de mi bolso, obviamente) y hace el amago de limpiarme la baba. Me giro hacia ella con el ceño fruncido.

—¡Tía! Para ya.

Estamos en una gasolinera (cómo no), descansando un poco a medio camino.

La idea es aprovechar el restaurante para comer algo, pero primero nos hemos encargado de las gatitas.

Ya han comido, siguiendo las cantidades y las instrucciones de la veterinaria.

Después les hemos puesto la tapa de fiambrera con arena en el suelo, así que han hecho sus necesidades (más o menos, y después de un tiempito) y las hemos limpiado.

Y, de alguna manera, la gatita negra se ha quedado dormida en mi pecho y Miguel ha cogido a la otra y…

ninguno parece tener la más mínima prisa por comer.

—Es un buen chico —me susurra, para que el aludido no me oiga.

—Lo es. —Asiento, porque no tiene sentido negar la evidencia.

—Y te hace reír.

—¿Perdona…?

—Te hace reír como hace mucho tiempo que no te ríes, Tamara.

Me quedo mirándola con los ojos como platos, sin saber cómo procesar esa información. Sin querer procesarla, más bien.

—No digas tonterías. Yo me río mucho.

—Ajá. Claro que sí.

Chasqueo la lengua, dando por finalizada la conversación, y entonces es Miguel el que, como si adivinara que hacía falta interrumpir, alza la voz para decir:

—Deberíamos ponerles nombre, ¿no?

—¿A las gatitas? —pregunto contrariada.

—No, a este nuevo continente que hemos descubierto. A las gatitas, claro.

Suelto una risa que suena más bien a rebuzno, pero la interrumpo en cuanto noto la mirada guasona de Filo clavada en mí.

Carraspeo.

—No sé… ¿Tiene sentido? Si vamos a dárselas a otra gente…

—Bueno, pero estos días son nuestras. Y me gustaría dejar de llamarlas «gatita atigrada y gatita negra». ¿A vosotras no?

—A mí me parece una idea fantabulosa. —Filo da un par de palmas—. Venga, ¿propuestas?

Miguel alza la gatita entre sus manos para mirarla directamente a la cara. Ella se le queda mirando también fijamente, y yo tengo que luchar contra una sonrisa solo para que Filo no me dé más la brasa.

La negra, en mis brazos, está profundamente dormida. La verdad es que, por lo poco que la conozco, parece que le gusta dormir tanto como a mí. A ella sí le sonrío sin miedo.

—¿Cómo era que se llamaba a las brujas en Galicia? —susurro sin pensármelo demasiado.

—Meigas —responde Filo al instante.

—Pues a esta creo que le pega Meiga, ¿no creéis? En honor al viaje.

—Me parece un nombre genial —dice mi amiga, avanzando un paso para rodearme los hombros con su brazo y mirar al animalillo.

—Es precioso —asiente Miguel—. ¿Y tú, tigrecilla? ¿Cómo te llamamos a ti…?

Vuelve a mirarla, esta vez en su regazo, y le acaricia la cabecilla con el dedo índice. Ella se deja hacer, encantada, y casi puedo oír su ronroneo desde aquí. Y no la culpo, la verdad.

Entonces, Miguel chasquea los dedos, como sacudido por una genialidad.

—¡Ya sé a qué me recuerda! A la piedra esa de tu péndulo. ¿Obsidiana, era?

—Sí, obsidiana —sonríe Filo—. Pues la verdad es que su pelaje se parece.

—Pues la llamaremos Diana. Pero de Obsidiana. —Nos guiña un ojo, satisfecho.

Y, de alguna manera, ahora me creo eso que dicen de que los nombres tienen poder, porque me da la sensación de que acabamos de hacer algo sumamente importante.