19
Esta vez soy yo la que se pone atrás para estar cerca del transportín, que hemos acomodado en el otro asiento y al que le hemos puesto hasta el cinturón de seguridad.
La veterinaria nos ha dado unos cuantos sobrecitos de comida para bebés (al parecer, no le estábamos dando la adecuada) y un paquete de arena minúsculo para echar en una especie de tapa de fiambrera, además de un montón de instrucciones.
Su idea es que las alimentemos varias veces al día, con unas cantidades exactas que nos hemos apuntado en el chat de grupo, que les demos bastante agua con un cuenquito que también nos ha prestado y que les pongamos la arena a disposición a menudo para que hagan sus necesidades.
—No querréis tener que limpiar el coche luego —nos advierte, y a todos nos parece algo muy razonable.
Nos quedan cuatro horas y media de trayecto, lo que me parece una barbaridad, así que decidimos hacer la primera mitad, parar a comer y después el resto.
Arranca el coche y es como si así se cerrara una burbuja que había empezado a echar de menos.
—¿Quieres que conduzca yo? —ofrezco.
—No hace falta. No me molesta conducir. De hecho, me relaja.
—¿Más? —se me escapa, y él se ríe.
—Aunque no lo parezca, estoy nervioso.
—¿Por qué?
—Alguien me dijo que iba a tomar una decisión que no me correspondía. Creo que lo mínimo que me toca es ponerme nervioso.
Lo acompaña de un asomo de sonrisa, aunque me resulta más complicado discernirla desde aquí.
—¿No lo tienes claro, entonces?
Lo que yo no tengo es la más remota idea de por qué le he hecho esa pregunta, si normalmente no me meto tanto en la vida de nadie, pero el caso es que ya es demasiado tarde para echarme atrás.
—No tanto como lo tenía antes de salir de casa.
El silencio que deja parece contener universos, y a mí se me seca la garganta, pero entonces él carraspea y lo rompe, y yo respiro de nuevo:
—El caso es que empiezo a pensar que quizá no es la solución a todos nuestros problemas. Pero es que, cuando quieres tanto a alguien y la pierdes…, ¿no hay que hacer cualquier cosa para recuperar ese amor?
Otro silencio, pero esta vez simplemente está vacío, porque ninguno de los dos parecemos saber cómo llenarlo.
Es otra voz la que lo hace :
—¡Ya sé! Preguntémosle al péndulo.
Casi me muero del susto.
—Filo, no me puedo creer que estés despierta. Pensaba que habías caído redonda en cuanto iniciamos la marcha.
—Ah, sí, pero el chisme resucita hasta a un muerto. Que, por cierto, es algo sobre lo que no podemos preguntarle al péndulo. De muertos.
Miguel se ríe.
—¿Y de dónde vamos a sacar un péndulo?
—Siempre lo llevo encima, para emergencias.
Y, dicho esto, se pone a rebuscar en su pequeño bolsito.
—¿Sabes lo que no lleva? —pregunto yo, sarcástica—.
Ibuprofenos, para cuando le duele la cabeza o la regla.
Tiritas, para todas las heridas que se hace porque se choca hasta con seres imaginarios.
Pañuelos, aunque vayamos a salir de fiesta y siempre me los tenga que pedir a mí.
Las llaves de casa, en muchas ocasiones, porque no le caben.
Pero el péndulo y las piedras, esos sí que no pueden faltar. Para emergencias.
Miguel me mira con diversión por el rabillo del ojo y yo pongo los míos en blanco, aunque luchando contra una sonrisa.
—No necesito llevar nada de eso, Tam Tam, porque siempre te llevo a ti.
Y por mucho que me pueda fastidiar tener que llevar siempre dos paquetes de pañuelos en el bolso, tengo que reconocer que sus palabras me ablandan un poco.
—¿Cómo funciona lo del péndulo?
Miguel parece genuinamente interesado, aunque con los ojos bien fijos en la carretera y las manos bien aferradas al volante.
Tiene las manos grandes, aunque no es que no me haya fijado antes en eso.
Me gustan las manos, en general. Las de los hombres, en particular.
Las de Miguel, en más particular todavía.
Parecen duras y… cálidas, también. Aunque no es que esté pensando nada más allá de eso. Claro que no.
—Le vas haciendo preguntas —respondo yo, porque Filo sigue enfrascada en lo suyo—. Tienen que ser de sí o no. Y eso te ayuda a… algo, supongo.
—Ya veo.
—Creo que en este caso es mejor usar el péndulo de obsidiana… Promueve, entre otras cosas, la claridad mental, y nos viene al pelo.
—Ah, que tiene varios péndulos… —comenta Miguel, silbando y volviendo a mirarme de reojo.
—Y seguramente no lleve ni el DNI —asiento yo, muy seria.
Ignorándonos brutalmente, Filomena saca un collar con una cuerda metálica del que pende (nunca mejor dicho) una piedra de color negro.
La obsidiana está tallada y acaba en punta, como una especie de flecha.
No es la primera vez que veo un péndulo ni la primera vez que Filomena me hace una sesión con uno (todas han sido en contra de mi voluntad), aunque este es la primera vez que lo saca. Me pregunto por qué.
—Está bien. Estoy lista. Lo primero es que le pidas al péndulo que nos muestre un «sí». Y luego que nos muestre un «no»: de esa manera sabremos el resto de respuestas.
Miguel se pasa la lengua por los labios y luego carraspea:
—Vale, a ver… Señor péndulo, encantado de conocerle. Soy Miguel y deseo que esté teniendo una mañana estupenda. Espero, de hecho, que esté satisfecho con mi conducción, debo decirle que me saqué el práctico a la primera.
—¿Y el teórico? —pregunto.
—No se habla del teórico —me advierte, y yo me río—. En fin, el caso es que apreciaría, si le parece bien, que nos muestre un «sí» para que podamos empezar esto.
Tanto Filo como yo observamos el péndulo en silencio. Los segundos se arrastran. Miguel emite un gemido de protesta:
—Chicas, me vais a tener que retransmitir lo que pasa, que no puedo mirar directamente.
—Espera…
La voz de Filo se ha vuelto más grave, porque está concentrada. Es bastante difícil meterse con ella cuando está tan enfocada en algo, cuando muestra tanta pasión por sus creencias… Quiero decir, ¿lo hago igual? Sí. Pero me resulta más difícil.
Entonces, el péndulo se empieza a menear de un lado al otro, y Filo suelta una exclamación ahogada.
—Vale. De un lado al otro es «sí». A ver el «no».
—Señor péndulo, excelencia… si su merced quisiere, a mí me gustare observar un «no» de sus grandiosas partes.
Contengo una risilla, sobre todo por el tono serio de Miguel, al que, aunque es evidente que no le disgustan para nada estas cosas, también se ve que es capaz de tomárselo con humor.
Es un chico muy… peculiar.
Y, entonces, el péndulo comienza a moverse en círculos.
Filo se emociona de manera visible. Yo me muerdo la lengua para no decir en voz alta que es evidente que ha sido el movimiento del coche.
Me extraña, de hecho, que sea capaz de quedarse quieto en algún momento.
¿No desafía eso alguna ley de la física?
La verdad es que era mi asignatura más odiada en el instituto, así que no tengo ni idea.
—Vale, vale, ¡vale! —chilla—. En círculos significa que no. Ahora ya puedes hacer tus preguntas.
Miguel se las piensa, y Filo no le mete prisa.
Puede llegar a ser muy paciente cuando hace cualquiera de estas lecturas.
Solo una vez consentí que me echara las cartas del tarot, y creo que estuve veinte minutos solamente para elegir qué pregunta me venía mejor.
Sobre todo, porque quería escoger un tema que me permitiera echar por tierra sus teorías cuando nada de lo que me predijese se cumpliera.
Y la cagué. Se cumplió todo. En esa época acabábamos de terminar el grado, pregunté cómo me iba a ir a nivel laboral y me pronosticó que pronto me llamarían y que iba a tener que tomar una decisión importante.
A las dos semanas, me llamaron para hacer dos entrevistas, el mismo día a la misma hora, dos empresas muy similares.
Elegí la que estaba más cerca de mi casa porque tenía mejor pinta. Me cogieron.
Ahí es donde sigo actualmente.
Las cartas también pronosticaron que iba a ser muy feliz con mi decisión. Maldita sea.
—¿Puedo preguntar algo de prueba para comprobar que está bien… configurado?
—¿Y que no hay que apagarlo y volverlo a encender? —bromeo, y Filomena me fulmina con la mirada.
—Más o menos.
—Sí, puedes —accede Filo.
Miguel carraspea.
—¿El cielo es azul?
El péndulo se sacude de lado a lado. Muy a mi pesar, siento algo así como emoción.
—Sí.
—¿Tengo un lunar en el trasero?
Filo y yo fruncimos un poco el ceño, pero el péndulo parece dudar menos que nosotras porque se pone a dar vueltas.
—No.
Miguel asiente.
—¿Tamara ronca cuando duerme?
Me envaro. Pero, antes de que pueda decir nada, el péndulo vuelve a dar vueltas.
«¿Por qué quiere saber eso?».
—No —dice Filo. Y luego añade—: Es como si hubiera muerto. Se desconecta como un ventilador cuando tiras del cable.
—Eso no es verd…
—Una vez le tuvimos que poner un espejo frente a la boca para ver si seguía respirando.
Me callo, porque es verdad. Y Jose a veces dice que le doy mal rollo. Pero eso no me atrevo a comentarlo en voz alta.
—Vale, estoy preparado para las preguntas de verdad.
—Adelante.
Deja escapar el aire por la nariz. Su aspecto es el de alguien que se prepara para algo importante.
Y me doy cuenta de que creo que es un punto medio entre Filo y yo: sí que cree en estos asuntos, en estas cosas tan místicas, pero no tan fuertemente como mi amiga y, desde luego, también recurre al humor como yo.
—¿Estoy haciendo lo correcto?
—Eso es un poco general —aclara Filo—. Podría interpretarse como hacer lo correcto conduciendo, por ejemplo, y el péndulo te diría que sí. Tienes que ser más concreto.
Miguel asiente, y aprieta el volante con más fuerza.
—¿Hago bien yendo a intentar que la bruja más poderosa de España le haga un amarre a mi exnovia para recuperarla?
Silencio y la expectativa lo llena todo. Lo único que lo corta son dos pequeños maullidos, un poco somnolientos, como si alguna de las gatitas nos quisiera recordar que siguen ahí. Meto la mano en el transportín para acariciarlas, agradeciendo la distracción.
Y, entonces, el péndulo comienza a girar.
—No —sentencia Filo, muy seria.
Miguel asiente. No dice nada más. Los tres nos sumimos en un silencio pensativo, pero Filo sigue sujetando el péndulo encima de su pierna.
—¿No quieres preguntar nada más?
Se lo piensa y vuelve a asentir, aunque esta vez más lentamente.
—¿Hay algo… hay algo que debería hacer en su lugar?
Y, esta vez, el péndulo parece no pensárselo dos veces: se sacude hacia los lados con tanta energía que tengo que centrar la vista en la muñeca de Filomena para comprobar que no lo esté agitando.
—Sí. Aunque también es muy general…
—Me vale —la corta, con una sonrisa amable.
Y, entonces, Filo asiente. Lo que no me espero es que luego me mire.
—¿Quieres preguntarle algo tú?
—¿Yo? ¿No hay que volver a configurarlo…? ¿Resetearlo o algo así? ¿Cambiarle las pilas?
Miguel sonríe con ganas. Filo resopla.
—Creo que tenemos todos las energías muy mezcladas dentro de este coche y que puede no hacer falta. Pero solo hay una manera de comprobarlo.
Me lo pienso. ¿Quiero preguntarle algo? En realidad, estoy bastante confusa. El último día ha sido tan caótico que casi se me olvida el verdadero objetivo de este viaje.
Jose apenas me ha hablado. Le he dicho que me he ido unos días con Filomena y, aunque ha protestado un poco, tampoco lo ha hecho con muchas ganas.
Anoche me preguntó qué tal y no necesité ni mentirle.
Lo único que no sabe es a dónde vamos y con quién.
Que sé que en realidad es la información más importante.
Y que ni siquiera me lo haya preguntado supongo que me dice muchas cosas.
Igual lo lógico sería que indagase sobre mi amarre, o sobre mi relación. Debería ser lo primero en mi cabeza, lo principal. Pero el caso es que no me sale, o quizá es que no me apetece saberlo. O que le tengo miedo a una posible respuesta.
Así que finalmente acabo preguntando:
—¿A estas gatitas les va a ir bien?
Y cuando el péndulo se agita de un lado al otro, los tres sonreímos y el ambiente se relaja un poco.
—Pues eso es lo importante —susurro, y no hace falta decirle nada más a Filomena para que guarde el péndulo sin añadir una sola palabra más.