18
Lo primero que hago es llamar a mi jefe para decirle que me encuentro mal y, para mi sorpresa, resulta ser muy comprensivo.
Me dice que me mejore y que tome los días que hagan falta, y refuerza mi pensamiento de que me quiero quedar allí trabajando hasta que me jubile.
Ya me inventaré qué hago con eso de llevar justificante; aunque, tal y como me lo ha planteado, no creo ni que sea necesario.
Se fía de mí, aunque no debería porque le estoy mintiendo con toda la jeta del mundo. Qué bonito, en realidad.
Cuando bajamos a desayunar, Miguel ya está allí guardándonos el sitio. Para mi sorpresa, lo primero que me sale al verle es sonreír, porque es indudable que en el poco tiempo que nos conocemos ya ha demostrado ser una persona en la que se puede confiar.
Es impresionante cómo una persona te puede demostrar más en unas horas que otras en varios años. Tres, para ser exactos.
Sacudo la cabeza antes de sentarme a la mesa con un zumo de naranja y un platito con cruasanes.
—¿Habéis dormido bien? —pregunta Miguel a modo de saludo—. ¿Os han dejado las fieras?
—Se han portado superbién —digo con cariño.
Me da un poco de angustia haberlas dejado arriba solas, aunque sea por un ratito, pero me digo a mí misma que no va a ser mucho tiempo y que pronto encontrarán un hogar.
Filo, a mi lado, resopla:
—Lo dice ella porque duerme como un tronco. Da igual el ruido que hagan: no se entera. Sí que han lloriqueado un poquito.
—¿En serio? ¿Y por qué no me has despertado?
—Claro, como tienes tan buen despertar…
Me pongo colorada, porque me da vergüenza dar esa imagen delante de Miguel, pero al mismo tiempo consigo fulminar a Filo con la mirada. El chico, sin embargo, se ríe.
—¡Eres igual que yo, entonces! Cuando era adolescente, mi madre podía pasar la aspiradora por toda la casa sin que yo me diera ni cuenta.
—No me fastidies —sonrío.
—Te lo juro. Me he dormido en clase más veces de las que puedo recordar, y tengo que ponerme la alarma en la otra punta de la habitación y a todo volumen para despertarme.
—¡Así que la alarma que sonaba antes era tuya! —chilla Filomena entonces, dando un salto para ponerse de pie y señalarle con un dedo acusador.
—Perdón, perdón —se carcajea—. Si soy sincero, creo que es una de las razones por las que Raquel me acabó dejando.
Y sin más, el tono cambia. La última palabra le sale con menos fuerzas y, de repente, no hay rastro del chico confiado y dicharachero que hemos conocido hasta ahora.
Eso sí, dura solo un instante: al segundo siguiente vuelve a sonreír y siento como si hubiesen apagado la luz para luego volver a encenderla.
Me pasa, eso de intentar enfocar un tema con humor y darme cuenta a media frase de que no tiene ninguna gracia.
Reprimo el impulso de poner mi mano sobre la suya, sintiéndome poco menos que una acosadora solo por pensarlo. Vamos a ver, ¡si no conozco a este chico de nada!
Esto de compartir rescates de gatas con peña aleatoria me afecta más de lo que debería.
—Subo con vosotras para ayudaros con las bichitas, ¿vale?
—¿Las? ¿Tú también crees que son hembras? —pregunto, alzando una ceja y como si yo misma no pensase también en ellas usando el femenino.
—Me fío de Filo. Nadie que esté tan convencido de algo puede estar equivocado.
Y, dicho esto, enfila las escaleras dejándome a mí pensando y con una vista bastante magnífica de lo que me doy cuenta de que es… un culazo, la verdad.
«Sin termorreceptores y con culazo… A ver si voy a estar en problemas».
***
La veterinaria resulta ser majísima, aunque tengo que reconocer que las presentaciones han sido tensas porque yo ya le tenía un poco de rencor al habernos pospuesto tanto la cita.
A ver, entiendo que no todo se puede pausar por hacerme caso a mí, pero es que no estamos hablando de mis necesidades, sino de las de dos seres diminutos a los que hemos conseguido mantener vivos de milagro.
Bueno, no ha sido tan horrible ni han corrido verdadero peligro. Pero aun así .
El caso es que nos felicita por el trabajo, parlotea durante un rato sobre si ella hubiera comprado o no un paquete de arena para que hicieran sus necesidades, pero que, claro, cómo lo íbamos a saber si nunca hemos tenido gatos, y se pone a revisarlas.
La atigrada chilla como una loca durante el examen de ojos, el de dientes y cuando le presionan la tripita.
La negra, sin embargo, se mantiene tranquila, sin emitir un solo sonido. Me parece fascinante.
—Estas bellezas están en perfectas condiciones. Las habéis tratado como dos reinas.
El tono satisfecho de la veterinaria y el orgullo que me provocan sus palabras casi me hacen pasar por alto lo que nos ha revelado con ellas:
—¿Son hembras?
—Sí. Las dos. Y hermanitas, por lo que parece.
Además de peleonas… Sobre todo, la tigresilla.
En fin, voy a comprobar a ver si por algún milagro tienen chip, aunque ya os digo que me sorprendería muchísimo, dadas las circunstancias.
Es pronto para ponerles el chip, y esto tiene toda la pinta de camada abandonada por atropello de la madre. Pasa muchísimo.
Se me encoge el corazón y mis ojos viajan hacia las gatas. Tan poquito tiempo de vida y ya han pasado por tanto… Si antes me parecía que el tema de mi amarre era una chorrada, ahora ni te cuento.
—Nada, sin chip. Parece que estáis solas, chiquitinas.
—Jo —suelta Filo, que está acuclillada al borde de la mesa de consulta y las mira desde cerca, con pena infinita.
«Jo», se hacen eco mis pensamientos mientras dejo escapar el aire.
—Y ahora, ¿qué hacemos? —pregunto entonces, y no sé en realidad a quién está dirigida la pregunta.
—¿Qué queréis hacer? Puedo llamar a una protectora con la que trabajamos, pero están a tope… Lo más probable es que no puedan aceptar dos gatos más. Quizá podríamos encontrar casa de acogida, pero tardaríamos unos días, me imagino.
—¿Casa de acogida? —pregunta Miguel, que se ha mantenido en silencio todo este tiempo.
—Son personas que no pueden o no quieren adoptar, pero ofrecen su casa para tener a los gatitos una temporada hasta que alguien sí que pueda. Héroes y heroínas, si me preguntas.
—¿Y podríamos… podríamos conseguir una de esas en Valladolid? ¿Hoy?
Insisto porque no puedo imaginarme marchándome de aquí y dejarlas a ellas a su suerte. Me siento tan responsable por sus pequeños cuerpecitos que, sin darme cuenta, me he ido acercando a la mesa.
La veterinaria resopla, con expresión compungida.
—Hoy, imposible. Pondremos el anuncio en redes, pero lo más probable es que tarden uno o dos días en responder. Y, mientras tanto, ¿no podríais quedaros con ellas…?
La súplica en su voz me termina de romper el corazón. El silencio se hace con la sala, solo interrumpido por los maullidos de la bebé atigrada, que parece enfadada porque de repente nadie le haga caso.
—Estamos de viaje…
La veterinaria suspira.
—Es que no sé qué deciros, chicos, solo sé que las protectoras están a tope y aquí tampoco tenemos sitio.
Trago saliva. Miro a Filomena y a Miguel, que por algún motivo parecen estar esperando a que sea yo la que tome una decisión.
Y termino por asentir:
—Hagamos una cosa… Nosotros estamos de camino a Galicia. Si nos puedes prestar un transportín, nos las llevamos y pasaremos mañana otra vez por aquí. Si no habéis conseguido casa de acogida para entonces, seguiremos con ellas hasta Madrid para buscarles una allí. ¿Qué os parece?
Y lo que recibo son tres sonrisas radiantes que me hacen pensar que he tomado una buena decisión. Aunque sea una un poco loca.
«Mírate, la chica aburrida. Fluyendo. Saliendo de tu zona de confort. Tratando de ser, tú también, una heroína».