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FILOMENA
Despertar a Tam Tam es un suplicio .
Llevo una hora con los ojos abiertos, sin poder volver a conciliar el sueño. Lo cual es hasta poco, porque normalmente a las seis de la mañana me despierto de manera automática, sin despertador, y ahora mismo son las ocho y media. Bastante he aguantado, la verdad.
Menos mal que tenía aún por leer el último número de Sabat , la revista favorita de las brujas feministas modernas. Lo que pasa es que, claro, las revistas se acaban en cierto momento, y Tamara Gómez Rimbaldi duerme con potencia.
¿Has visto alguna vez a alguien dormir a tope ?
No sé cuál ha sido la respuesta a esa pregunta, porque no puedo hablar contigo directamente: al fin y al cabo, no puedo atravesar este libro, pero en realidad da igual lo que te haya pasado por la mente: la respuesta es no.
Hasta que observas dormir a Tamara, nunca nunca has visto a nadie dormir en serio .
Cuando dice que no tiene aficiones, miente . Lo que pasa es que su afición es dormir, pero nadie le ha explicado nunca que se puede considerar como tal.
Para Tamara, dormir es sagrado.
Y no me refiero a solo por las mañanas, que estoy segura de que ya se ha quejado de cuando la despierto y no te ha aclarado que, a veces, es a la una de la tarde y es porque pienso que le ha dado un apechusque y la ha palmado sin que me diera cuenta.
No. Diría que se echa siestas cinco de cada siete días.
Y, como comprenderás, no estoy dando esta estadística a la ligera, sino basándome en una minuciosa investigación desgranada en palitos que he ido contabilizando en mi agenda.
Otras personas añaden marcas de polvos a su registro; yo añado siestas de Tamara.
Y, encima, a las once o así de la noche es como si se apagara. Su cuerpo va dirigiéndose inconscientemente o hacia la cama o hacia quedarse sopa en el sofá; da igual lo que estemos haciendo o lo interesada que hubiera parecido en la serie en los últimos treinta minutos.
¿Tiene algún problema? No. La he obligado a hacerse todos los análisis del mundo y está sanísima.
Lo suyo es simple y puro amor por dormir.
Así que, claro, con la temporadita que lleva, y asumiendo que una pequeñita parte de la responsabilidad de que sea dura puede que sea mía, no la quiero despertar.
Lo que pasa es que ahora me aburro .
Y la echo de menos. Es mi persona favorita.
Justo cuando estoy planteándome cuál sería la mejor manera de despertarla, si tocarle el hombro con delicadeza y ganarme casi seguro un puñetazo o hacer ruido y que me grite, hay quien decide por mí.
Porque las gatitas son las que se despiertan y comienzan a chillar, desconsoladas.
Y observo con los ojos como platos cómo Tamara, mi Tamara, la que una vez necesitó tres alarmas al mismo tiempo y un bofetón en la cara para despertarse, abre los ojos y se incorpora en apenas un segundo.
Al instante siguiente ya está con las gatitas, acunándolas entre sus brazos.
Es como ver una aurora boreal. Casi me da la sensación de que, si me muevo, se va a evaporar ante mis ojos.
—Tengo celos.
Se gira ante mis palabras, como si recordase con ellas que yo también estoy ahí, y me mira con el ceño fruncido.
—¿De qué?
—De las gatas. A mí no me abrazas por las mañanas.
—Cuando me despierto ya te has ido.
—Tampoco me dejas abrazarte antes de irme. Le has puesto un pestillo a tu habitación y, con ello, a nuestra amistad.
—Porque estoy dormida. Y ya hemos quedado en que abrazar a una persona dormida es invadir su intimidad. Y también es hacer que se despierte de mala leche.
—Tú siempre te despiertas de mala leche. Así, al menos, me gano también algo de amor.
—El pestillo se queda. Y a ti te vamos a apuntar a un cursillo de consentimiento. Tan woke para unas cosas y tan antigua para otras, hija.
—¿No te gustaban los mimos?
Me fulmina con la mirada y yo le sonrío. El odio se ha diluido un poco de su mirada, por lo que deduzco que se está despertando de verdad.
—¿Están bien? —pregunto entonces, deslizándome por la cama hasta caer a su lado.
La forma en la que las abraza, como si no quisiera dejarlas marchar, y cómo ellas se relajan en sus brazos me hace pensar que probablemente pronto tengamos dos bocas más que alimentar, pero no le digo nada porque sé que se agobiaría.
En el fondo, la conozco como la palma de mi mano.
—Parece que sí. Voy a darles un poquito más de latita, así van al veterinario con la barriga llena.
—O se te hacen caca en el regazo. Una de dos.
—Sí, sobre eso… creo que nos van a cobrar esa manta.
Y dirige una mirada de culpa hacia la cama improvisada de las mininas.
Me encojo de hombros.
—Pues, si nos la cobran, nos la llevamos. No hay nada que no pueda arreglar una buena limpieza de chakras… y el programa intensivo de la lavadora.
—Vale, pero tú te ocupas de ambas cosas, ¿eh? Que siempre me toca a mí la parte de la lavadora.
Le sonrío y me meto en la ducha sin añadir ni prometer nada. Me gusta este sitio. Este hotel, tan cutre, en el medio de la nada. Lo sé, no mires así la página, Valladolid no es la nada, pero entiendes lo que quiero decir.
A veces te encuentras en casa en los lugares más insospechados.
Las duchas tienen un efecto distinto para mí que para los demás. Siempre he oído que al resto del mundo le relajan, que les libran del estrés. A mí me sucede lo contrario: me tensan.
Quizá es porque tengo la costumbre de ducharme justo después de meditar y justo antes de irme al trabajo (o a estudiar, cuando tocaba): mi cuerpo identifica la ducha como la transición hacia algo en lo que me tengo que esforzar y se crispa.
O quizá es porque estoy nerviosa por lo que va a pasar hoy.
No voy a negar que me ha venido bien esta noche extra para mentalizarme. No todos los días llevas a tu mejor amiga a ver la bruja más importante de España para que le quite un amarre. Bruja a la que llevas mucho, muchísimo, tiempo sin ver.
Sí, es una situación muy delicada y espero que nadie salga perjudicado en el proceso.
Menos Jose. Él que se joda.