16
Miguel llega a la media hora con provisiones, y, al verle con comida, me parece más atractivo. Sobre todo, porque ha escuchado mi sugerencia, que procuré dejar caer como si no me importara demasiado, sobre ir a algún local de comida china.
Cuando deja caer los rollitos de primavera ante nosotras, estoy a punto de darle un abrazo. Y eso que hemos quedado en que no soy demasiado cariñosa.
Nos hemos bajado al recibidor del hotel y nos hemos apropiado de una de las mesas del fondo. No hay nadie más (es un lunes por la noche de abril, no creo que sea una fecha clave para el turismo en Valladolid), y se respira una tranquilidad que no me esperaba.
—Cuando aceptaste llevarnos, no te esperabas esto, ¿a que no? —pregunta entonces Filomena, leyéndonos la mente a todos.
—Cuando aceptasteis que os llevara, no os esperabais esto, ¿a que no? —contraataca él, y me guiña un ojo de manera amistosa.
Yo no puedo evitar sonrojarme tras la sonrisa.
—Bueno, contadme sobre esa… bruja —pido entonces, una vez he dado cuenta de mi primer rollito de primavera.
—Vaya, se ha atrevido a decir la palabra —silba Miguel, impresionado.
—¿Tú también te has dado cuenta? —pregunta Filo.
—Por supuesto. De cualquier otro tema, habla con toda la seguridad del mundo. Lo tiene todo controlado. Y, de repente, ¡pum! La palabra «bruja» se le atraganta.
—También le cuesta «amarre», a veces. Y dentífrico.
—¿Dentífrico?
—¡Sí! Dice «dentrífico» . Es graciosísimo.
—Oye, que estoy delante —farfullo.
—Ah, perdón. Eres graciosísima, Tam Tam.
Y solo necesito un vistazo a la sonrisa de Miguel para saber que he arrugado la nariz al escuchar mi mote.
—Vale, si habéis terminado de meteros conmigo, ¿volvemos a la bruja?
Filo asiente varias veces, como ordenando sus pensamientos.
—Sí, claro. Es… muy poderosa. De las más famosas de España. A su nivel solo se habla de una en el País Vasco y otra en Valencia. Pero no me fío tanto de ellas.
—A mí me la recomendó Clara personalmente —comenta Miguel.
—¿Clara? ¿Quién es Clara? —pregunto contrariada.
Juraría que su ex se llamaba Raquel…
Él sacude la cabeza, sonriendo de nuevo:
—Ay, perdona. Dorotea. Es que es mi tía, ¿sabes? Se me olvida llamarla por el nombre de bruja.
—¿Dorotea es tu tía ?
Por la expresión que pone Filomena, juraría que le acaba de confesar que tiene una relación de parentesco cercano con Felipe VI, o que está casado en secreto con Madonna.
Aunque, por supuesto, para Filo es mucho más alucinante que tu tía sea una bruja profesional.
Yo, sin embargo, tengo el foco puesto en otra parte, así que llamo la atención de Miguel poniendo mi mano frente a su cara:
—No, espera un momento… ¿Cómo que nombre de bruja ?
Él me mira con los ojos bien abiertos y ladea la cabeza.
—Las brujas suelen tener un nombre común y otro… de bruja. Es como un nombre artístico. ¿No lo sabías?
—¿Tengo pinta de saber algo , Miguel? —suelto sarcástica.
—Tienes pinta de saber muchísimas cosas, Tamara.
Otra vez una respuesta que no me espero y que hace que me ponga colorada como un tomate. Carraspeo.
—Vale. Entonces, ¿cómo se llama esta?
—Breogana —dice Filo entonces.
Miguel frunce el ceño.
—A mí me dijeron otro nombre. Pero no lo recuerdo. A ver si no va a ser la misma…
—Seguro que sí. A veces se lo cambian. Yo la conozco por Breogana, vaya, pero hace muchísimo tiempo que no sé nada de ella. Puede habérselo cambiado desde la última vez que la vi.
—De todas formas, qué nombre más raro. No lo había escuchado nunca.
—Es una mezcla entre Breogán, el héroe gallego, y la famosa Morgana. A mí siempre me ha molado.
Y de alguna manera, sin venir a cuento de nada, su tono se vuelve triste. Y ver a Filomena triste es rarísimo, como una especie de eclipse. Es en estas ocasiones en las que entiendo a los que dicen que es mejor no mirarlos directamente. Te hace daño en el corazón.
—Oye, Miguel —digo, para cambiar de tema y distraer a Filomena—. ¿A tu tía qué le parece que tengas intención de hacerle un amarre a tu ex?
El chico no parece molesto con la invasión de intimidad; se limita a fruncir los labios y alzar la vista al techo, pensativo.
—Pues… no estaba muy convencida, la verdad. Raquel nunca le cayó muy bien. Pero al final acabó reconociendo que es mi decisión.
No me doy cuenta de que estoy torciendo el gesto hasta que Miguel sonríe ampliamente:
—No estás de acuerdo con algo de lo que he dicho—sentencia con tranquilidad.
—Se le nota un huevo, ¿a que sí? —contribuye Filo.
Me encojo. No me gusta darme cuenta de que soy así de transparente, aunque supongo que hasta el momento me había dado bastante igual porque con Filo tengo toda la confianza del mundo. Aun así, me pregunto si Olivia, la pesada de la oficina, nota con tanta claridad lo mal que me cae.
Lo que está claro es que, si es verdad que lo nota, eso no hace que cese en su empeño de comunicarse conmigo mucho más de lo que a mí me gustaría.
—No es que no esté de acuerdo… —comienzo a protestar.
—Es que te parece que es una estupidez —interrumpe Filo.
—¡No! Joé, de verdad que no es eso. No es nada, en realidad. Vamos a ignorarlo.
—No, no. Quiero saber tu opinión. Venga. No muerdo.
Miguel lo dice con tanta calma que me cuesta pensar que algo pudiera llegar a sentarle mal, pero de alguna manera soy hiperconsciente de que no le conozco y, por tanto, podría sorprendernos en cualquier momento.
Miro a Filo y a Miguel alternativamente; la primera luce una sonrisa divertida, el segundo, una más tranquila, curiosa.
Y dejo caer los hombros a la vez que exhalo un suspiro.
—Está bien. Tú lo has querido. No me parece que sea tu decisión .
—¿El qué?
—Una relación. Es cosa de dos, no es solo tu decisión . Tu no decides estar con alguien, se acuerda entre dos personas. O tres, si eres poliamoroso o un personaje de Memorias de Idhún .
—Ahí tiene bastante razón —me ayuda Filo.
Y yo cojo aire antes de decir la peor parte:
—El caso es que, si le haces un amarre a tu ex porque ella ha decidido que no quiere seguir contigo, lo estás volviendo solo eso, tu decisión . Y no está bien que ella no tenga nada que decir al respecto.
El silencio es esperado, pero menos incómodo de lo que hubiera podido pensar. Si este es el momento en el que Miguel debería demostrarme qué clase de persona oculta dentro de él, está resultando ser todo lo tranquilo que parece. Aun así, trago saliva.
No tengo ni idea de por qué me importa tanto lo que este chico piense de mí.
Quizá porque, aunque solo le conozco de unas cuantas horas, ya me parece que merece la pena.
No solo porque haya detenido todo para salvar a unos gatitos (gatitas, según Filo): es más bien esa forma de escuchar a todo el mundo como si todos tuviéramos algo interesante que decir.
De repente se me ha secado la boca.
—No lo había visto así —reconoce—. Agradezco mucho que me des tu opinión. Pensaré en ello.
—Aún tienes tiempo hasta que lleguemos a Combarro. —Filo le da un codazo, y me doy cuenta de que ya son supercolegas.
Cuando dejo caer los hombros, me percato de que había tensado todos los músculos de la espalda. Dejo escapar el aire con alivio antes de decidir:
—En fin, lo mejor será que subamos a ver a las gatitas y a intentar darles de comer. Si no se han despertado, las despertamos, que quién sabe cuánto tiempo llevan pasando hambre.
—Sí, capitana —dice Filo, y con esas palabras disolvemos la comitiva y quedamos en desayunar juntos antes de ir al veterinario mañana.