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Tardamos un poco más de media hora en llegar a Valladolid, y unos diez minutos en presentarnos en el veterinario, que nos encontramos… cerrado.
Se nos cae el alma al suelo al darnos cuenta y, cuando llamamos, a la tercera intentona nos dicen que tenemos que esperar a por la mañana.
El reloj marca las nueve de la noche y nosotros no nos lo podemos creer.
Lo más curioso de todo es que Filomena está verdaderamente enfadada . Rara vez la he visto así.
—¿Y qué se supone que tenemos que hacer? —le dice al altavoz, los tres arremolinados a su alrededor.
—Podríamos atenderos mañana a las diez de la mañana. Antes no tenemos sitio. Lo siento mucho.
Y dicho eso, y como si se oliera que le vamos a plantar más batalla, cuelga. Y Filomena suelta un gruñido frustrado antes de guardar el móvil.
Como la conozco y me huelo lo que está a punto de pasar, alzo ambas manos para pedir calma.
—Vale. No es el fin del mundo. De todas formas, teníamos que pasar la noche en algún sitio, no creo que la…
mujer nos fuera a recibir de madrugada en Combarro.
Así que, en vez de gestionar el hotel allí, lo haremos aquí.
Descansamos, dejamos a los gatitos en el veterinario con la conciencia tranquila y hacemos la segunda parte del viaje mañana.
Miguel no despega los ojos de mí en todo el discurso y, cuando termino, asiente como si nadie pudiera tener más razón que yo.
Esconde las manos en los bolsillos de los vaqueros, y es el único de los tres que está en manga corta.
Añado eso a la lista de las poquísimas cosas que he aprendido de él en estas últimas horas: no tiene termorreceptores, porque la brisa de la noche en Valladolid es fría y no deja tregua.
Está bien saberlo.
Pero es peligroso.
Siempre me han gustado los chicos sin termorreceptores.
El caso es que nos basta una búsqueda en Google para encontrar un hotel barato en Valladolid y nos dirigimos hacia allí con un coche bastante destartalado, tres maletas y la bolsa de deporte de Miguel (hombres…) y dos gatitos que ya están un poco más tranquilos envueltos en la sudadera del chico.
En cuanto llegamos, Filo y yo hacemos el check-in mientras Miguel se marcha en busca de un supermercado veinticuatro horas en el que comprar tanto nuestra cena como la de los gatitos, que no sabemos cuántas horas llevan sin comer.
Mi angustia porque nos pusieran algún problema por meter a los dos animalillos en la habitación desaparece por completo en cuanto la recepcionista los ve.
De hecho, tardamos más de media hora en completar el registro y recibir las tarjetas de las habitaciones porque la mujer no para de distraerse y querer acariciar a los michis.
No la culpo. Son tremendamente adorables. Yo misma tengo al negro en brazos y soy incapaz de no quedarme embobada mirándolo.
Siempre me han gustado los gatos; los animales, en general. En casa solo pudimos tener un hámster, y vivió poco (menos incluso de lo que suelen vivir). Mi teoría es que mis hermanos pequeños lo estresaron a niveles imposibles.
Una vez le pusieron un disco de Bad Bunny para hacer la broma, y después se fueron de la habitación y se les olvidó apagarlo. No había nadie en casa y el pobre bicho estuvo escuchando a Bad Bunny ocho horas seguidas. Poco después, falleció.
¿Coincidencia? No lo creo.
El caso es que por fin conseguimos dos habitaciones y podemos subir a la que compartiremos nosotras a dejar las cosas y, con suerte, darnos una ducha o tres. Tengo la sensación de que necesitaré varias para quitarme todas las emociones del día de encima.
El cuarto es enano, aunque funcional, y eso es todo lo que necesitamos.
Por el precio que hemos pagado y la hora que es, me extraña que no nos hayamos encontrado dos mantas en el suelo y un cubo en la esquina.
Lo que sí que tiene son dos camas juntas, sin posibilidad de separarlas, pero no será la primera vez ni la última que Filo y yo durmamos en la misma cama.
Lo único malo de dormir con ella es que, depende de la noche, o se queda quieta como un cadáver y tienes que comprobar que respira o se mueve tanto que parece que está haciendo una invocación al rey de la sabrosura para que este año tengamos buenas cosechas.
Nunca sabes lo que te va a tocar. ¿Cómo era eso que decía Forrest Gump…?
En fin, que me dejo caer sobre una de las camas con un suspiro de cansancio y el gatito dormido en brazos.
—Les podemos hacer una camita en esa butaca de la esquina —comento.
El gatito atigrado está más bien alerta, explorando con patitas cortas la cama de Filomena. Mantengo un ojo puesto en él por si acaso; no creo que sea bueno que se caiga de la cama. Es tan pequeño…
—Ah, ¿vamos a dormir nosotras con ellas? ¿Y Miguel?
¿ Ellas ?
—Es un desconocido. Y ¿cómo sabes que son hembras?
—Míralas. Se les nota muchísimo.
Hago caso y observo a la supuesta gata con ojo crítico. No lo veo claro, pero tampoco tengo ganas de discutir.
Filomena entonces esboza una sonrisa que solo significa «problemas» antes de sugerir:
—Pues, si quieres, me quedo yo con las gatas y tú puedes dormir con Miguel…
Lo suelta así, como si tal cosa, antes de meterse al minúsculo baño y dedicarme una última sonrisa traviesa.
—Filomena, no empieces.
—¡No he dicho nada!
Su voz llega ahogada por la puerta del baño, aunque la privacidad es un amigo imaginario porque puedo escuchar a la perfección todo lo que está pasando ahí dentro.
Mi mente vaga hacia la conversación que tuvimos hace poco sobre sentirse cómoda en una relación.
Yo jamás he dejado que Jose me escuchara ir al baño; de hecho, me da muchísima vergüenza incluso pensarlo, pero con Filomena me resulta tan natural como respirar.
Y sé que, en general, no pasa nada, porque puede estar motivado por mantener el romanticismo o la mística de una relación…
pero el caso es que eso también lo hemos perdido.
Lo que no he perdido es la vergüenza. Me pregunto por qué.
Como también me pregunto por qué soy más novia de Filomena últimamente que de Jose. Y suspiro.
Al hacerlo, la gatita (¿por qué he empezado a pensar en ella en femenino si Filo no tiene ni idea de estas cosas?) suspira también en mis brazos.
Los tengo ya acalambrados por la postura, pero sujetar su cuerpecillo y notar su calor me da paz.
A mi lado, la atigrada ha llegado hasta mí y me olisquea la oreja.
La veterinaria dijo por teléfono que, si parecían estar bien, no eran un caso de urgencia. A mí me parece que no hay nada más urgente que comprobar que efectivamente lo estén.
Mi corazón se rompe al pensar en que algo malo les pudiera pasar. Y una parte de mí piensa sin querer en Miguel, en cómo las vio, en cómo no dudó en ir a socorrerlas.
Me parece un gesto muy noble; como también lo es que se ofreciera sin dudarlo a ir él al supermercado para que nosotras pudiéramos descansar un poco. Aun siendo él el que ha conducido hasta aquí.
«Tiene pinta de ser un chico que cuida mucho a los demás», me sorprendo pensando. «Me pregunto si la famosa Raquel lo cuidaría a él…».
La respuesta viene pronto a mi mente: mucho no lo cuidaría si, al final, le dejó. Y uno no deja a la gente que quiere, ¿no?
«Entonces, ¿tú no quieres a Jose?».
Descarto ese pensamiento en cuanto aparece, porque ya tengo suficiente por el día de hoy.
Dejo a la gatita negra en la cama por un momento y esta chilla, protestando por perder la calidez de mis brazos.
—Solo es un segundo —me sorprendo a mí misma susurrando.
La envuelvo en la manta que está sobre la cama y la llevo así, como un burrito, al butacón.
Luego, me sobreviene el pensamiento intrusivo de que se podrían caer, así que en su lugar cojo un par de cojines y los acomodo en el suelo antes de poner la manta encima.
Finalmente, tomo con delicadeza a la gatita atigrada y la pongo al lado de la que ya he establecido que es su hermana.
Sea de sangre o no, han compartido demasiado como para no considerarlas así.
Y, desde luego, en cuanto la atigrada nota el calor de la otra gatita, se tranquiliza y se acurruca contra ella.
Las observo un instante más, una bolita negra contra una bolita atigrada, sintiendo algo parecido a la suerte por primera vez en mucho tiempo. Cuando Filo sale del baño, se acuchilla a mi lado:
—Podemos decirle que yo no puedo dormir con nadie, que va en contra de mi religión. Y te vas tú allí. ¿No has oído hablar del cliché de solo hay una cama ?
Le doy tal codazo que la tiro al suelo.