14
El viaje está empezando a ser agradable.
En cierto momento, me ha dado por preguntar a dónde vamos, exactamente, de Galicia, y me he sorprendido mucho a mí misma por no saber esa información.
Lo habitual es que, si me voy de viaje, me interese al menos por el destino.
Vamos, me parece lógico. No soy la típica maniática que intenta controlarlo todo, más bien me parece estupendo lo que decida el resto, pero sí que me deja más tranquila saber lo que va a pasar.
No vivo al día, como Filo, o como parece que hace Miguel.
Es este, por supuesto (Filo sigue roncando, con la cabeza hacia atrás, como un titán del anime ese de los titanes), el que me aclara que nos dirigimos hacia Combarro, el pueblo de las brujas de Galicia.
—No lo había escuchado nunca.
—¿No? Es muy típico. Cuando se piensa en brujas en España, muchos señalan Zugarramurdi, pero Combarro es el verdadero lugar al que ir. Está lleno de cruceiros , que son cruces de piedra colocadas estratégicamente para proteger a sus habitantes de las meigas.
—Las meigas… Son las brujas gallegas, ¿no?
—Sí. Aunque, bueno, depende de a quién preguntes o dónde lo mires.
Se suele decir que hay meigas, que son las brujas malas, y bruxas , que son las brujas buenas que contrarrestan sus males.
Pero, depende de en qué zona estés o con quién hables, te pueden decir que las meigas, en realidad, nunca fueron malas.
Mi abuela era de un pueblo de Vigo y siempre me decía aquello de «Habelas, hainas» con una sonrisa, como si fuera algo bueno.
—¿Tienes familia gallega?
Me doy cuenta en ese momento de que no le he devuelto muchas de las preguntas que él me ha hecho a mí. Pero a Miguel no parece importarle.
—Mis abuelos. Y siempre he pasado los veranos en el pueblo. En realidad, si te soy sincero…, el viaje me hace ilusión porque hace mucho tiempo que quería visitar Combarro. Tiene que ser un sitio chulo.
—¿Qué te hace más ilusión, el amarre o el sitio?
Me sorprendo a mí misma bromeando, y él suelta una pequeña risa.
—El amarre, el amarre. Pero las vistas siempre se agradecen.
A sus palabras las acompaña una mirada de reojo hacia mí, y por algún motivo el corazón se me para por un segundo.
No tengo mucho tiempo para procesar nada porque, antes de que pueda siquiera formar cualquier opinión sobre lo que acaba de decir, sus facciones cambian a unas de alerta y pone el intermitente antes de dar un volantazo para coger una salida en el último momento.
—¿Todo bien…?
—Tengo que ir al baño —dice con expresión de angustia, y a mí se me hace muy pero que muy raro.
Cuando detiene el coche en una gasolinera (otra… siento que hace dos minutos que salimos de la anterior), sale disparado como alma que lleva el diablo (o las meigas, supongo) hacia allí.
Filomena se despierta de golpe, como un resorte, y, aunque como siempre me pregunto cómo narices ha hecho para dormirse en tan poco tiempo, no me da tiempo a recriminarle nada:
—¿Qué pasa? ¿Hemos tenido un accidente?
Resoplo.
—Claro, por eso estamos aquí paradas, ilesas. Así son los accidentes.
—¿A dónde ha ido Miguel, entonces?
—Al baño. De repente no sé qué le ha dado que ha tenido que ir al baño urgentemente.
—¿Sabes cómo le llamo a eso? Accidente.
Le saco la lengua ante su sonrisita de suficiencia y me cruzo de brazos. Pero Filomena no ha dejado el tema: se lleva la mano al mentón, pensativa.
—¿Dices que le han venido las ganas así, de repente…? Sospechoso. Me pregunto qué fuerzas místicas le han llevado a eso.
Dedico una mirada de reojo a la botella de Monster que reposa en el medio de los asientos y de la cual ha estado bebiendo el chico.
—Las fuerzas místicas de las bebidas energéticas.
Al cabo de cinco minutos, distinguimos de nuevo a Miguel saliendo de la gasolinera. Pero, en lugar de volver hacia nosotras, se detiene al lado de los surtidores, mirando con el ceño fruncido un punto en la lejanía.
Pasan los segundos y no se mueve ni un milímetro.
—¿Y ahora qué le pasa? ¿Se ha desprogramado? —pregunto, empezando a irritarme.
Este viaje está siendo mucho más complejo incluso de lo que parecía.
—Parece que ha visto algo…
Salimos del coche justo en el momento en el que Miguel empieza a avanzar con cautela hacia los arbustos que rodean la gasolinera.
«Se le ha ido la olla. Es otro loco, ¡lo sabía!».
—Mirad esto… —nos indica cuando nos acercamos, ya preocupadas.
—¿El qué…?
Me callo en cuanto un movimiento entre los arbustos hace que cierre la boca.
—Hay… He visto algo. Mirad.
Fuerzo la vista. Sí que es verdad que algo se mueve en la base de los arbustos.
—¿Un… un animal?
—Creo que son gatitos.
— Gatitos , ¿en plural?
Sé que estoy sonando absurda, pero es que para variar no me puedo creer la situación que estamos viviendo.
Sin embargo, y aunque yo esté paralizada, Miguel y Filomena no; incluso esta última, a pesar de haberse despertado hace algo así como treinta segundos, parece más alerta que nunca. Los dos salen disparados hacia delante.
—Chicos, ¡cuidado! Que estamos en medio de la nada. A saber qué bicho os vais a encontrar.
No me escuchan, para sorpresa de nadie. Y mi corazón comienza a acelerarse. La situación comparte el surrealismo que he venido viviendo, pero por primera vez se entrelaza con algo más peligroso. No me puedo creer que estemos haciendo esto.
Eso yo, porque ellos seguramente estén tan tranquilos.
—Tened cuidado, por favor —susurro, aun sabiendo que nadie me está escuchando.
Mi angustia crece durante unos larguísimos minutos, en los que los veo agachados, avanzando y retrocediendo; hablando entre ellos, pasándose la mano por la cara.
En cierto momento, Miguel saca su móvil del bolsillo y se lo lleva a la oreja.
¿Qué está haciendo? ¿A quién llama?
A los treinta segundos, vuelve a colgar y juraría que su expresión indica que esa llamada no ha ido del todo bien.
Nos separan diez metros, pero parece un abismo. Alzo la voz:
—¿Qué pasa? ¿Todo bien?
Lo grito con toda la fuerza de mis pulmones, pero no parecen escucharme. O quizá están demasiado absortos en lo que sea que están haciendo.
Mi angustia crece: no me gusta nada no saber qué pasa. Y todo porque no me atrevo a acercarme.
Aunque la realidad es que… quiero ayudar.
Me miro las manos, pensativa. Tiemblan un poco. Siempre he sido una cobarde, y supongo que todo mi cuerpo lo sabe.
Pero luego frunzo los labios y tomo una decisión.
Abandonar mi puesto es como abandonar un lugar seguro y no me gusta nada de nada, pero una vez doy el primer paso siento que es lo que tenía que hacer.
Me pregunto cuánto miedo puedo tenerle a la vida para no querer vivir nada, ni siquiera cuando es evidente que estoy fuera de peligro.
Esos diez metros se me hacen eternos, pero los supero, y la sonrisa que me dedica Filomena cuando me acerco es la mejor bienvenida. Pocas cosas se comparan a sentir el orgullo de tu mejor amiga.
Miguel me observa también, su sonrisa equiparada a la de Filo, y me explica:
—Te contamos la situación: hay dos gatitos. Parecen bebés, no hay rastro de la madre. Hemos llamado a una protectora de Valladolid, porque estamos por Tordesillas y es la más cercana, y nos han aconsejado que intentemos cogerlos y los llevemos al veterinario.
—¿No es mejor dejarlos por si la madre…?
Filo niega con la cabeza.
—Según la protectora, entre que pueda aparecer la madre o pueda atropellarles un coche en la gasolinera, tienen más posibilidades con nosotros. La chica que nos ha atendido ha flipado con que Miguel los haya visto entre la maleza.
—He tenido un pálpito. —Y el chico se lleva la mano al corazón, muy serio.
Yo frunzo el ceño, porque no me creo ese pálpito, pero me paso la mano por la cara para evaluar la situación:
—¿Y no los habéis podido coger?
Niegan con la cabeza.
—En cuanto avanzamos a por ellos, se vuelven a esconder en los matorrales. Y, después, directos a la gasolinera como dos kamikazes.
—¿Por qué no lo intentas tú? —sugiere Filo—. Nuestra energía es muy chispeante, creo que los estresamos. Pero tú eres mucho más tranquila. A mí siempre me has calmado.
—Qué soy ahora, ¿ un valium ?
No puedo evitar que mi tono suene frustrado, pero termino por respirar hondo ante las sonrisitas de los otros dos.
Entonces, me agacho ante los arbustos. La realidad es que, por un lado, no sé por qué, me muero de vergüenza, pero por otro no puedo soportar la idea de que estos gatitos se queden a merced de los coches. Se me encoge el corazón de pensarlo.
Así que me acerco lo máximo que puedo a los arbustos, me pongo en cuclillas y bajo la cabeza para mirar a través de las ramas.
Y para mi sorpresa, porque no esperaba ver nada, hay dos pares de ojillos, chiquitísimos, que me observan desde la semioscuridad.
Más cerca de lo que pensaba, resguardados en una especie de hueco en el arbusto.
—Ey… ¿qué tal?
Me siento ridícula, sobre todo teniendo en cuenta que Miguel sigue siendo un desconocido y que me está mirando fijamente, pero la indefensión de esos bichitos puede un poquito más. Solo un poquito más, y es suficiente.
—No podéis quedaros ahí —sigo diciendo, con mi voz más tranquila—.
Sé que estáis asustados, y que a nosotros no nos conocéis de nada, pero…
os prometemos que os vamos a llevar a un lugar seguro.
A un sitio calentito donde nadie os va a hacer daño, y os van a querer mucho.
Solo tenéis… Solo tenéis que salir, ¿vale?
Me siento tan tan absurda después de pronunciar esas palabras que las mejillas me arden de la vergüenza, pero aun así espero. Miguel y Filomena no se mueven en absoluto y yo tampoco, y entonces sucede lo más parecido a la magia que voy a ser capaz de aceptarle al mundo.
Los gatitos se mueven y comienzan a salir del arbusto.
En cuanto lo hacen, comienzo a abrir la boca con un sonido ahogado de sorpresa, y me doy cuenta de que hay uno negro y otro atigrado. Y que los dos son muy muy pequeños. Deben tener como mucho tres meses.
«Y pensar que si Miguel no los hubiera visto…».
Trago saliva, y aunque Filo hace amago de moverse, yo la detengo con un gesto leve de la mano.
Los gatitos siguen avanzando, con pasitos torpes de bebé, hacia mí, que contengo la respiración como si estuviese en presencia de alguna divinidad. Quizá lo esté.
Y entonces el negro se frota contra mi pierna.
En ese momento, y sintiéndome otra persona totalmente diferente, agarro con un solo movimiento y con decisión a cada uno con una mano.
Comienzan a soltar chillidos de auxilio, pero yo me levanto sin pensarlo dos veces.
Le tiendo el atigrado a Miguel, porque sé que Filomena no soportará escuchar chillar a ningún animal y sería arriesgarme a que lo volviera a soltar.
—Vamos.
Y mi orden la recibe el chico con una mirada que no soy capaz de descifrar, pero que podría jurar, si me tuviera a mí misma en más alta estima, que se trata de admiración.