Soltando amarres 13
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A menos de cuarenta minutos de empezar el trayecto, ya tenemos que parar en una gasolinera. Al parecer, Miguel no es ni de lejos tan precavido como yo, y se le había olvidado por completo echar gasolina.

Filo se levanta, sin molestarse lo más mínimo, y sale del coche estirando mucho los brazos.

Observándola, cualquiera diría que acaba de salir de una hibernación en lugar de menos de una hora de siesta.

Eso sí, su conjunto de vaqueros oscuros y jersey fino de color beis está aún impoluto, sin una sola arruga, y sé que si le pregunto cómo lo ha conseguido me contestará con su palabra favorita: «magia».

—Qué, ¿es majo el chico?

—No para de hacer preguntas —refunfuño, mirando a Miguel de reojo, que está silbando a la vez que echa gasolina—. Es muy… invasivo.

—¿Te ha hecho alguna pregunta incómoda?

Cambio el peso de pierna, dubitativa.

—Emm… No, en realidad no. Pero quiere saber muchas cosas. Sobre mi curro, mis aficiones, mi familia… Y da igual lo que le diga, sigue queriendo hablar. Pensaba que al tercer «nada» se habría cansado.

—¿Por qué se iba a cansar, nena?

—Porque soy una tía aburrida, Filomena. Por eso. Haz el favor de mantenerte despierta media hora y salvarme de esa conversación. Pega mucho más como colega tuyo que mío.

—Tú y tus manías de encasillarte y encasillarme —resopla—. No prometo nada. Sabes que me duermo en los coches.

Y, en efecto, aunque cuando volvemos a subirnos al vehículo Filomena se sienta bien erguida, dispuesta a mantener durante un buen rato la conversación, en menos de veinte minutos está con la boca abierta, un hilillo de baba colgando de la comisura izquierda de su boca.

—Me cago en su estampa… —refunfuño.

—¿Qué dices?

Miguel desvía la mirada de la autopista una milésima de segundo para clavar sus ojos oscuros en mí, con un ápice de preocupación.

—¿Yo? Te preguntaba que… por qué vas tú a ver a la… a la mujer esa.

—¿A la bruja? —Sonríe ampliamente—. Así que tú no me lo dices, pero pretendes que yo sí…

—Si quieres. Y, a cambio, te lo digo yo. Si puedo.

«No te ha durado el misterio ni dos horas», me lamento.

Después de mis palabras, siento la necesidad de explicarme, porque creo que no se me ha entendido bien, pero no debe ser el caso porque Miguel se lanza a hablar de manera automática:

—Voy a pedirle ayuda. Quiero recuperar a mi ex.

—¿A tu exnovia?

—No, a mi exfrutero. Es que el nuevo nunca acierta con los melocotones.

Lo dice tan serio que, por un momento, me lo creo. Debe ser influencia de Filo, que solo por estar en el mismo espacio que yo hace que me vuelva la persona más aleatoria del universo, pero me quedo boqueando sin saber qué decir hasta que Miguel prorrumpe en la más estruendosa de las carcajadas.

«Este chico se ríe como si nadie le fuera a mirar mal jamás», me da por pensar.

—Claro que a mi exnovia. Se llama Raquel. Estuvimos juntos cinco años y es el amor de mi vida.

«Es el amor de tu vida, ¿y te dejó?», es lo que pienso, pero no lo digo.

Al fin y al cabo, no conozco a este chico de nada. Y si ya me cuesta meterme en la vida de mis seres queridos, jamás se me ocurriría hacerlo con alguien que ni siquiera forma parte de la mía.

—Vaya, que quieres hacerle un amarre —concluyo en cambio.

—A poder ser, sí. Uno pequeñito. Ya nos queremos mucho, así que no hace falta más.

Más dudas se alzan en mi mente, sobre todo teniendo en cuenta que está haciendo un viaje de más de seiscientos kilómetros para un «amarre pequeñito», pero me las sacudo con un movimiento de cabeza.

—¿Y tú, Tam Tam?

Frunzo el ceño.

—Tam Tam solo me lo llama…

—Tu amiga. Me he dado cuenta de que no te hace demasiada gracia. Al escucharlo arrugas la nariz, pero no dices nada porque es ella, ¿no? Es muy tierno.

No sé por qué, pero enrojezco.

Estoy segura de que no tiene que ver con que esté insinuando ninguna relación romántica entre ambas (ya le he aclarado que no existe).

Supongo que ha captado rápido el vínculo que existe entre nosotras.

Aun así, de alguna manera nunca se me había ocurrido que pudiera poner ningún tipo de expresión específica cuando Filomena me llama Tam Tam.

Sí que es verdad que siempre me ha sonado a tambor de guerra, pero…

no sé. Me gusta pensar que no me desagrada del todo porque viene de ella.

—Tamara, entonces —dice Miguel, resuelto, sacándome de mis pensamientos—. Dime, Tamara, ¿tú qué le vas a pedir a la bruja?

—Pues te vas a reír…

—Oh, estoy convencido.

Suelto un bufido divertido antes de darme cuenta de que estoy lo suficientemente cómoda como para confesarlo:

—Voy a que me quiten un amarre.

—¡¡¡Eeeeeh!!!

Si algo no me esperaba era que su reacción consistiera en chillar y alzar la mano derecha para que le chocara los cinco.

Con la vista clavada en la carretera, porque me invade el súbito miedo a morir en esta autopista de camino a ver a una bruja, golpeo mi mano con la suya lo más rápido posible para que vuelva a (por favor) agarrar el volante con las dos.

Nos rodea entonces el primer silencio desde que empezó este viaje y, aunque solo llevamos una hora, se me hace extraño.

Es como si ya me hubiese acostumbrado a sus palabras.

Sin embargo, como siempre me ha gustado el silencio, consigo atesorarlo durante los aproximadamente diez minutos que se mantiene.

Y es que, aunque Miguel parece la persona más social del mundo, y está claro que le encanta hablar, no tiene pinta tampoco de encontrarse incómodo en los silencios.

Aun así, acaba por abrir la boca:

—Creo que el destino quería que compartiéramos viaje, Tamara.

—¿El destino?

No puedo evitar que mi voz esté cargada de escepticismo.

—Claro, todo pasa por algo.

—No sé yo…

Carraspeo para quitarle importancia y ayudar a bajar el nudo que se ha asentado en mi garganta.

—¿No sabes? ¿Qué es lo que no sabes? ¿Si ha sido el destino?

—No sé si tengo la confianza suficiente contigo como para decirte lo que pienso sobre eso.

Me sorprendo a mí misma con mi sinceridad. Pero Miguel parece encantado.

—No la tienes, pero no te hace falta: yo te la regalo. Así que dime lo que sea.

—Igual nos dejas tiradas en la cuneta.

—¿Con lo que cuestan los peajes en Galicia? Ni de broma. Me viene demasiado bien compartir gastos. Así que dispara.

Cojo aire profundamente y me prometo a mí misma que después me machacaré mucho por haber soltado lo que estoy a punto de soltar. Solo que ahora estoy… cansada, quizás. Y por eso no me apetece levantar ninguna barrera.

—No creo que sea el destino, para nada. El destino es que tú superes a tu ex y que yo me aguante con mi novio. Lo que nos ha juntado han sido nuestras propias ganas, o en mi caso las de Filomena, de precisamente jugársela al destino.

Asiente despacio, y aparentemente no le ha afectado que le haya insinuado (dicho, más bien) que debería superar a su ex. Es curioso, cuando menos. A la gente suele dolerle mucho ese tipo de afirmaciones.

—Puede que tengas razón. Pero, estemos siguiendo al destino o esquivándolo como dos malhechores…, ¿no es el destino por lo que estamos aquí?

Y por primera vez en mucho tiempo, no encuentro ningún motivo, ninguno, para replicar.