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Odio a los desconocidos.
Bueno, no los odio. Solo es que quizá no los… prefiero.
Tengo pocos amigos. Mi círculo ahora mismo, más allá de alguna comida familiar ocasional con mis padres y mis hermanos pequeños, se reduce a Jose y a Filomena. Y es una decisión meditada.
Me resulta demasiado agotador el esfuerzo que supone mantener más amistades.
Por tanto, lo que me ha hecho Filo podría considerarse, como mínimo, alta traición.
Para empezar, jamás me embarcaría en nada parecido a un BlaBlaCar por voluntad propia.
Jamás en la vida. Mucha gente se tiene que estar muriendo en el otro extremo del trayecto, y mucho tiene que salvarles la vida mi presencia, para que a mí me encierres en un vehículo con varios desconocidos y encima me obligues a entablar conversación.
Lo detesto tanto que, solo de pensarlo, en cuanto me acomodo en el asiento del copiloto me da un escalofrío.
Al menos, el tal Miguel parece buena gente.
Además de tener un par de años más que nosotras y estar más relajado que nadie.
He de reconocer que, de entre todas las personas desconocidas, del sexo masculino, con las que podría negarme a montarme en un coche, quizá sea la menos amenazante.
Pero eso no tiene por qué significar nada.
Unas facciones bondadosas pueden ocultar al peor monstruo del universo. Ya se sabe, en las noticias los vecinos siempre se sorprenden de que la persona más anodina de su edificio haya resultado ser un mortal asesino. «Siempre saludaba», dicen con tono sorprendido.
«¿Siempre saludas, Miguel?», me imagino diciéndole, y lo descarto porque me resulto tremendamente escalofriante a mí misma.
Entonces, ¿qué le digo? ¿O no le digo nada?
Joder, es que… ¿qué conversación voy a tener yo con él? ¡Si no le conozco de nada!
Y es un tío. Un tío que sonríe mucho. Un tío que sonríe mucho y va a ver a una bruja por voluntad propia, sin una amiga loca que le obligue.
¿Qué podríamos siquiera tener en común?
No sé de qué vamos a habla…
—¿Sois de aquí?
Así, con esa pregunta, rompe el hielo de manera tan natural que me parece que, en lugar de romperse, se ha derretido.
El ronquido sonoro de Filomena nos confirma que yo soy aquí la única que le va a contestar. Encima, me toca responder por las dos. Qué faena. Me paso la lengua por los labios, tratando de estar menos incómoda.
—Yo… sí, yo soy de aquí. Bueno, en realidad, de Alcalá de Henares, pero llevo un tiempo viviendo en Madrid. Filo es de Cantabria, y se vino aquí de adolescente. Nos conocimos en un grado superior hace unos años.
Ahí está: bien planteada, de manera eficiente, toda la información sobre nosotras que le hace falta saber.
—¿Sois novias?
Y, sin embargo, casi me atraganto con la pregunta. Para cuando recupero la respiración, me doy cuenta de que casi me atraganto, pero con mi propia risa.
—Qué va. Somos como un matrimonio viejo, pero no somos novias. ¿No te dijo para qué vamos a ver a…?
Me callo. Y, otra vez, soy incapaz de que me salgan las palabras adecuadas. Ni «amarre», ni «bruja» … Al menos no con este tío al que acabo de conocer.
—Me mencionó que teníais que ir, pero no quién necesitaba algo, ni el qué.
—Ah, entiendo. Quizá te lo cuente más adelante, entonces.
No sé de dónde me ha salido hacerme la misteriosa, pero el caso es que él no lo cuestiona. Por el contrario, sigue con su retahíla de preguntas y pronto me doy cuenta de que mi preocupación por no tener conversación era bastante infundada. Miguel parece tener una cuerda infinita.
—¿Y a qué te dedicas?
—Soy administrativa en una empresa. Un trabajo aburrido, lo sé. ¿Y tú?
—Soy parte del equipo creativo de una empresa que hace guiones para diversas franquicias de videojuegos.
Lo dice con una sonrisa tan grande en la cara que casi me hace envidiar su pasión por el trabajo. Casi.
—Eso no es aburrido —puntualizo.
—A veces, sí. Creo que somos nosotros los que lo hacemos divertido.
—Mmm… No estoy de acuerdo. Hay cosas divertidas y cosas aburridas. Algunas están en el medio, sí, hay gente que ama limpiar y gente que lo detesta, pero si tuviéramos que preguntarle a una audiencia qué trabajo, de entre el tuyo o el mío, encuentran más divertido, ¿quién ganaría?
Se queda en silencio un segundo, pero una sonrisa tironea de sus labios.
—¿Siempre lo analizas todo tanto?
La pregunta me pilla un poco de sorpresa, quizá porque nadie me la había hecho nunca. Ladeo la cabeza mientras me lo pienso.
—Sí, creo que sí. También creo que es consecuencia de ser la mejor amiga de Filomena. Si dijera que sí a todas sus locuras sin analizarlas antes, ya estaríamos muertas.
Suelta una carcajada, y es tan estruendosa que doy un respingo. Luego, sonrío.
—Muertas, ¿eh? Nada de «en la cárcel», o «en problemas»… Muertas, directamente.
—Es que tú no sabes a la persona que has metido en el coche. Esta tía es… mucho .
—¿Ah, sí? Fíjate que eso es exactamente lo que estaba pensando de ti.
Mi corazón se salta un latido. Miguel lo ha dicho con tranquilidad, con la mirada distraída mientras cogía la tercera salida en una rotonda enorme, pero es que jamás me habían dicho nada parecido. Jamás había pensado que, en una comparación con Filomena, yo podría parecer la que es… mucho .
«Eso es porque todavía no la conoce», pienso de manera automática «En cuanto se despierte y le diga tres cosas a su manera, cambiará de opinión».
Aunque, de algún modo, me da pena que esa posibilidad exista. Me gustaría disfrutar de esta realidad alternativa unos segundos más, a poder ser.