Soltando amarres 11
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FILOMENA

Esto es alucinante. Estoy tan contenta y me lo voy a pasar tan bien y vamos a descubrir tantas cosas que no puedo parar de dar saltitos en el metro.

Tamara me mira como si quisiera asesinarme, pero en el fondo de esa mirada siempre hay algo cálido que me indica que me acepta tal y como soy y por eso me siento tan cómoda con ella. Hace que todo se pare, que sepa que va a estar bien. Y por eso ahora quiero representar ese papel para ella.

Dejar de ser la que le sacude la vida y ser la que se la estabiliza.

O la desestabiliza tanto que se estabiliza. Algo así. Nunca se me han dado bien los detalles, pero llevo muchos meses intentando encontrarle solución a la tristeza de sus ojos y estoy muy contenta de que pronto vaya a desaparecer.

Además, Miguel me cae genial desde el mismo momento en que nos saludamos.

Es un tío ancho, de pelo rizado y corto, con los ojos grandes y una sonrisa aún más grande enmarcada por una mandíbula cuadrada.

Me recuerda a una especie de Rompe Ralph, pero si Disney no se hubiese pasado tres pueblos con el ancho del personaje.

Como si tuviera unas dimensiones más normales, y menos vello facial.

Porque tenía bigote, ¿no? ¿O lo estoy recordando mal? Bueno, él no tiene. Bigote, digo.

El caso es que, sobre todo, lo que me gusta es su aura. Es brillante, pura y sincera, y eso no se puede decir de mucha gente.

De hecho, cuando entré en el grado superior, la única persona cuya aura desprendía más luz que oscuridad era Tamara. Estaba sentada en una esquina de la clase, pero no como si le aterrara hablar con el resto del mundo: más bien como si no le interesara lo más mínimo.

Sin embargo, a mí sí que me estaban incomodando las auras tan negativas de nuestros compañeros, y por eso me levanté a esparcir un poco de incienso que me permitiera respirar.

Después de eso, Tamara se acercó a mí, se sentó a mi lado y a partir de ahí siempre pude respirar bien. Sin necesidad de ningún tipo de incienso.

Después del ritual de purificación que le realizo al coche bajo la atenta mirada de mi amiga y de Miguel, al que le parece una idea «maravillosa» (según sus propias palabras), me siento cansada pero satisfecha de haber podido protegerla.

Pero, sobre todo, cansada.

—Tam Tam, ¿te importa sentarte delante? Voy a intentar echar una cabezadita.

Mi amiga se aferra a mi manga y usa ese agarre para acercarse a mí, con mirada amenazante incluida:

—¡Tendrás morro! Para que le dé yo conversación a este desconocido, ¿no? ¿De quién fue la idea, a ver?

—¿De quién es el amarre?

Y no me hace falta mirarla para saber que acabo de darle el argumento definitivo, así que en cuanto me suelta abro la puerta de atrás de este coche rojo que parece tener más años que yo y me acomodo en el asiento trasero, sintiéndome plena.

Esto solo es el principio de la aventura de nuestras vidas.