Soltando amarres 10
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Las brujas también descansan los fines de semana. Eso fue lo que aprendimos ayer.

Después de diez mensajes y tres llamadas sin respuesta, Filomena me miró con cara de lástima, arrugó la nariz y me dijo que esperásemos al día siguiente para contactar. Es lógico, no está en su horario laboral, pero… ¿es que las maldiciones tienen fecha y hora, acaso?

«Disculpe, señor demonio, tendrá que esperar al lunes a las ocho de la mañana para absorber esta alma. Todas nuestras brujas están en su muy merecido descanso».

¿Tendrán sindicatos? ¿Reivindicarán el precio de las materias primas, como la albahaca o los llamadores de ángeles esos? ¿¿Harán guardias??

Se me está yendo la pinza, eso es lo único que tengo claro.

El caso es que esta mañana en la oficina ha sido una absoluta mierda.

No solo me ha tocado cambiar la contraseña del ordenador, que me da la sensación de que cada vez tengo que hacerlo cada menos tiempo y ya no se me ocurre cómo hacer más variaciones de la mía para que no se me olvide y tenga que pedir auxilio al informático cada mañana.

Cosa que ha sucedido ya más de una vez y hace que esté bastante convencida de que el chaval piensa que me gusta.

Lo entiendo, nadie es tan torpe a propósito. Nadie excepto yo.

También, como están haciendo obras en una parte de la oficina, me han puesto al lado a Olivia, que es literalmente la persona más pesada que existe.

No para de teclear en su móvil (con el sonido de las teclas activado), de hablar por teléfono y, en los diez segundos que le quedan libres entre una actividad y otra, me pregunta cosas.

O del trabajo o personales, lo que sea. El caso es no dejarme ni un instante de silencio.

Y yo amo el silencio. ¿Por qué creéis que me gusta tanto dormir?

Para cuando llego a casa, casi se me ha olvidado todo el tema de la bruja y del amarre y de cualquier cosa que no sea amarrarme a la cama para echarme la siesta más impresionante que me haya echado jamás.

Esto es hasta que me encuentro a Filomena en el salón, esperándome.

Se levanta en cuanto me ve, y en lo primero que me fijo es en las maletas.

Tres maletas, ni más ni menos, ordenadas de mayor a menor tamaño, de pie en medio del salón. Encima de las tres alfombras.

—¿Me estás dejando? —es lo primero que me sale decir.

Ella se ríe.

—La amistad es un amarre natural que no tiene cura, Tamara. No te librarías de mí ni con toda la magia negra del mundo.

Y, de alguna manera, eso me hace sonreír.

—¿Entonces, las maletas…?

—Para el viaje. Nos vamos en tres cuartos de hora.

Me quedo petrificada en el sitio, mi mano aún aferrada al maletín del trabajo.

—¿Eh?

—Pediste los días, ¿no? Yo me he pedido toda la semana. A mi jefa le ha dado igual. Sabes que está muy a favor de la salud mental y le he dicho que lo necesitaba.

Filomena trabaja en un sitio muy… a su medida.

Es una consultora de temas muy alternativos, en la que colaboran con clientes muy grandes y hacen un poco lo que les da la gana.

Por eso pueden permitirse ser así de hippies .

Y ella está encantada, claro. Tanto como ellos de contar con su energía y sus ideas.

—No me he pedido nada al final… —Suspiro y me llevo la mano libre a los ojos para presionármelos, a ver si así consigo reducir el cansancio que amenaza con acabar conmigo—. ¿No podemos esperar a mañana? Así hablo con Rodrigo y…

—Mañana le llamas y le dices que estás enferma. Llevas trabajando un año y aún no te has pedido ningún día de baja por enfermedad. Este es tu momento.

—No me los he pedido porque no he estado enferma . Igual que ahora no lo estoy .

Filomena alza un dedo:

—Si nos ponemos estrictas, un amarre es una especie de maldición. ¿Y dirías que estás sana del todo si sobre ti pesa una maldición?

Los pensamientos se me atropellan en los labios, y no me decido sobre a cuál permitirle salir.

—Sí… ¿No? Eh… No creo. No creo, Filo.

—El caso, que no podemos esperar a mañana. Resulta que Dorotea me ha dicho que hay otra persona que también va a visitar a la misma bruja que nosotras, y se marcha en su coche dentro de cuarenta y cinco minutos. Se ha ofrecido a llevarnos si compartimos gastos.

Un silencio. Aunque entiendo por sus palabras que no tenemos tiempo para nada, ni siquiera para pensárnoslo un poco (y no hay nada que quiera más en el mundo), no soy capaz de reaccionar.

Sus palabras pasan una y otra vez enfrente de mis ojos.

—Espera, ¿que nos lleva otra persona?

—Sí, un tío. Se llama Miguel. Va al mismo sitio, y compartimos gastos y…

—¿Es esto una especie de BlaBlaCar místico?

El propio pensamiento me hace tanta gracia que tengo que sujetarme la barriga cuando me sacuden las carcajadas.

—El tren de la bruja nunca fue tan divertido —añade Filo, sonriente.

—Jesús. Yo ya no sé de qué me sorprendo.

—Yo tampoco. Anda, tira a ducharte, que a saber cuándo vas a oler una ducha próximamente.

—Este viaje pinta superbién.