9
Esta vez soy yo la que irrumpe en la habitación de Filomena antes de las ocho de la mañana. A las siete y cuarenta, para ser más exacta.
Pero, por supuesto, me la encuentro ya despierta, escuchando música de un discman que no sé ni cómo ha conseguido ni cómo sigue funcionando.
Eso sí, aunque estoy segura de que tiene la música a un volumen que dejaría a cualquiera con necesidad de un sonotone, abre los ojos en cuanto entro. Ella diría que me ha sentido. Yo, que he generado viento y le ha dado en la cara. Por ahí sí que no me pilla.
—¿Tam Tam? ¿Qué haces despierta?
—Fácil: no he dormido.
No me molesto en cerrar la puerta a mis espaldas. Avanzo hacia su cama, que es de matrimonio porque era la antigua habitación de su difunta abuela, y me dejo caer de cara en el hueco que hay a su lado en el colchón.
Me quedo sin respiración comiendo cama, pero es justo lo que necesito.
Filo dice algo, pero no la escucho bien.
Levanto la cabeza. Ella me mira con una mezcla de preocupación y curiosidad que bien podría tratarse de su expresión general cuando habla conmigo.
—Te preguntaba que por qué no has dormido. Te encanta dormir.
—He pasado la noche con Jose.
—Ah. —Se encoge de hombros—. Bueno, me alegro. Un buen meneíllo siempre…
—No hemos follado —le aclaro, alzando una mano—. O sea, él lo ha intentado. Y ya es raro que lo intente porque últimamente parece que no me tocaría ni con un palo, pero yo he dicho que me dolía la cabeza.
—Uh, buena excusa. Superoriginal, seguro que se la tragó enterita.
Pero, para la próxima, te sugiero algo más del rollo de «se me ha metido una termita en el chirri», «me han dicho que no puedo hacer esfuerzos innecesarios» o reírte tan fuerte que se le pasen las ganas. Ser creativa no cuesta dinero, Tam Tam.
La fulmino con la mirada y ella se limita a esbozar una sonrisa traviesa.
Aún lleva la ropa de deporte: unas mallas azules y una sudadera a juego de cuello tan ancho que le cae por un hombro, dejando al descubierto una pulcra camiseta blanca de tirantes. Qué asco da.
—¿Y qué ha pasado enton…?
—He decidido que vamos a romper este amarre.
Me observa, y sus ojos se agrandan un poquito por la sorpresa.
—¿Estás segura de esto?
—Cien por cien. Bueno, quizá noventa. Ochenta y cuatro u ochenta y cinco, diría. Como ves, tendremos que hacerlo rápido porque el porcentaje baja por segundos.
Me arrastro por su cama hasta quedar sentada y poder abrazarme las rodillas.
Entonces, ella alza una mano para acariciarme una, y yo me mordisqueo el interior de la boca.
—Tamara…
Solo me llama por mi nombre completo cuando es algo serio. Algo serio estándar , me refiero, de esas cosas que nos parecen serias al común de los mortales.
Y no quiero. No me apetece ponerme seria ahora mismo.
Si estoy tan atrapada en mi propia movida como para no ser capaz ni siquiera de rebatirle a Jose las faltas que ha tenido como novio; si no soy capaz ni siquiera de pedirle tiempo o de irme a casa en lugar de dormir con él, está claro que, al menos, tengo un problema. Que necesito distraerme.
Y Filomena es, de lejos, la persona más entretenida del universo. Así que necesito dejarme absorber por su locura. Al menos, el tiempo suficiente como para que me ordene la cabeza.
—¿Qué dijo la bruja?
—¿Dorotea?
—¿Conoces más brujas?
—Un montón. Tengo un grupo de WhatsApp con todas, de hecho. Pero la mayoría de lo que sucede ahí son intercambios de fotos de gatos y cadenas de reenviar, aunque no te lo creas.
—Pero si…
—Ya. A veces los médicos son también los más hipocondríacos, ¿no?
Lo dudo mucho, pero no me apetece discutir. Así que insisto en el tema que me interesa:
—¿Qué dijo que teníamos que hacer para romper el amarre? ¿Le tenemos que llevar algo?
Y, entonces, es el turno de Filomena de suspirar.
—Nos dijo que ella no podía romperlo. Que no era lo suficientemente poderosa. Sin embargo, mencionó que había una bruja en Galicia que sí podría. Que, de hecho, es especialista en hacer y deshacer vínculos de amor. ¿Quieres que consiga su dirección?
—¿Su dirección? ¿No bastaría con una videollamada?
—¿Cómo te va a oler los pedos a distancia, Tam Tam?
Lo dice de broma, pero se gana un codazo igualmente. Aun así, insiste:
—La magia no funciona así. Si quieres romper el amarre, tendremos que ir. Además, ¿no decías el otro día que tenías nosecuantos días de vacaciones pendientes y que te iban a caducar? Nos podríamos hacer un viajecito a Galicia. Te vendrá bien el aire fresco. Y las vacas.
—¿Las vacas?
—Son el mejor animal del mundo. Y tienen mejores amigas, ¿lo sabías? Son como nosotras, en realidad.
—De entre todas las cosas que han pasado esta semana, que mi mejor amiga me llame vaca no es ni de lejos la peor, así que te lo compro.
Y, sí, mándale un mensaje a Dorotea, por favor.
Mañana me pido los días que hagan falta en el trabajo.
Vamos a terminar con esto o, al menos, saldremos de aquí y veremos Galicia.
—Y las vacas.
Resoplo.
—... Y las vacas, sí.