Soltando amarres 8
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Esta vez, y gracias al cielo, me despierto sin alarmas y sin nadie aporreándome la puerta.

La luz entra tímida por la ventana del no tan luminoso piso (pero que nos sale gratis, así que bien podría ser una cueva con murciélagos, que me parecería estupendísimo) y me da en la cara, y es así como me gusta despertar.

Con calma. Yo sola.

«Sola…».

Me trago el suspiro, porque estos días es lo único que hago: suspirar. Y con cada suspiro se me va la vida.

Le doy vueltas a todo lo que ha pasado: lo del amarre, lo de la bruja, mis infinitas rayadas con Jose.

Siento como si todo lo que está pasando no fuera más que el resultado de haber quitado un tapón, porque si pienso bien, si me permito detenerme en todo lo que ha pasado en mi relación en el último año, no tengo muchos motivos para estar con mi novio.

Más allá de la esperanza de que se vuelva alguien que no es y me trate como nunca, jamás, lo ha hecho.

Lo del amarre solo me ha dado la excusa para quitar ese tapón. Supongo.

Quizá lo que tengo que hacer no es nada mágico: tengo que dejar a Jose y punto.

Pero, de alguna manera, la sola idea se me hace muy cuesta arriba.

Soy una persona que odia el conflicto: solo pensar en ello provoca que me suden las manos.

Y quizá de ahí viene mi parte de culpa en que la relación esté como está: si bien de vez en cuando le he dejado caer que hay ciertas cosas que me gustaría que fuesen de otra manera, tampoco he llegado a confrontarle jamás.

No le he dicho claramente que necesito ciertas cosas, o que me duelen otras.

Al principio, porque no quería: me parecían de sentido común.

Lo de irse a ver el fútbol, solo, en mi cumpleaños, por ejemplo. ¿Quién hace eso?

Pero luego ya fue porque no encontraba la manera de abrir la boca cuando ya la había cerrado tantas veces. Y después se volvió costumbre, mi propia rutina envenenada.

Una bola de nieve de fallos que ahora me está persiguiendo colina abajo.

Tumbada aún en la cama, tomo una decisión: voy a hablar con Jose.

Para dejarlo, quizá. O, al menos, para cambiar las cosas. Que todo lo que está pasando sirva para algo, aunque sea para demostrarme, a mí misma y a Filomena, que no se trata de un amarre, que puedo salir de esta relación cuando yo quiera.

Así que alcanzo el móvil sobre mi mesilla de noche, lo desenchufo del cargador y me meto en la conversación con Jose.

Nuestros últimos mensajes son de ayer por la mañana, cuando me preguntó si me apetecía pasarme por su casa y yo le dije que tenía planes.

No le confesé, por supuesto, que esos planes eran ver a una bruja, que me leyera un pedo y luego cogerme uno con Filomena en la semioscuridad de nuestro salón con tres alfombras.

Le escribo el famosísimo «Tenemos que hablar» y le pregunto si puedo ir a su casa en un par de horas.

Así me dará el tiempo suficiente para ducharme, desayunar con calma y pensar, más o menos, qué le voy a decir.

«Esto es bueno», me digo, demasiado poco convencida para mi gusto. «Esto tiene que pasar. Esto va primero, Tamara, antes que tratar de romper un conjuro que no existe».

Y cogiendo aire, eligiendo cogerlo en vez de suspirar, me levanto de la cama de un salto.

***

El portal de Jose me resulta mucho más familiar que el nuestro, porque a estas alturas lo he pisado mucho más.

Jose lleva viviendo aquí desde que empezamos la relación, aunque sus padres se fueron hace solo unos diez meses.

Y yo llevo viviendo poco más de tres con Filomena, así que supongo que es normal.

A estas alturas tengo llaves, aunque cuando me las entregó no fue en un acto romántico, sino más bien de pereza, al darse cuenta de que así no tenía que levantarse del sofá para abrirme el portón y luego la puerta de su casa.

Aun así, me gusta tenerlas: les he puesto un llavero cuco de un gatito negro y ahora también cuelgan del mismo llavero las llaves de mi casa. Son como una parte de mí de la que no estoy preparada aún para desprenderme.

Esta vez Jose me recibe en la puerta, y eso sí que es una novedad: tiende a esperarme en el sofá y a bajar el volumen de la tele cuando me ve aparecer. Pone la mejilla para recibir un beso a modo de saludo y, entonces, sigue con lo que sea que estuviese viendo.

Pero supongo que las palabras «tenemos que hablar» sí que deben ser la única magia que existe, después de todo.

También está más guapo que de costumbre. Siempre me ha parecido un chico atractivo, eso desde luego, pero al final uno se acomoda en su relación y es normal que haya pasado de verlo más arreglado a más de «estar por casa». En eso no le culpo, porque a mí me ha sucedido exactamente lo mismo.

Y, sin embargo, aquí estoy, también más arreglada que de costumbre.

Me he puesto la blusa más nueva que tengo, un poco de base de maquillaje y de máscara de pestañas, e incluso llevo el pelo limpio y suelto; no es raro en mí aparecer con mi moño alto, que es como estoy más cómoda, pero no como estoy más guapa.

Me mira de arriba abajo; yo observo su camisa recién planchada y creo que estamos los dos en la misma página. Sabemos que se avecina una conversación importante.

Y solo hemos tenido una de estas, una vez. La vez que, llevando apenas tres meses, corté con él.

En esa ocasión, se percibía menos tensión en el ambiente, entiendo que porque él no se lo esperaba.

Empezó como una cita normal, o muy parecida a otras que habíamos tenido, y entonces le solté el «tenemos que hablar».

Le dije que no congeniábamos, que no lo acababa de ver y que lo mejor era dejar de quedar.

Alucino conmigo misma en esa época. No hacía tanto que había salido de una relación bastante mala, que no llegó ni a ser una relación (por eso no lo cuento como novio), y aun así tuve la sensatez suficiente como para ver un patrón que no me estaba molando y cortarlo de raíz.

Él lloró. Y no es solo que nunca lo hubiera visto llorar (después de todo, lo conocía de bien poquito), sino que ni siquiera habría podido imaginármelo llorando.

Me rompió el corazón hacerle daño al suyo, pero la decisión estaba tomada.

No obstante, al par de semanas me empecé a arrepentir y no llegaron a pasar los dos meses antes de que me pidiera volver, con un ramo de rosas y unas palabras muy bonitas, y yo le dijera que por supuesto que sí.

Desde entonces, la verdad es que nunca había imaginado este momento. Este segundo «tenemos que hablar», esta seriedad, la importancia que se palpa en cada respiración.

No sé si me resulta triste o… emocionante. O las dos.

Yo qué sé. Son muchas emociones en apenas una semana.

Y lo peor de todo quizá sea que Jose ha estado al margen de todas ellas.

—¿Todo bien?

Sus palabras me pillan de sorpresa, más que nada porque no me esperaba atisbar en ellas tanta preocupación. Trago saliva mientras asiento y me dirijo a la cocina.

De alguna manera, no me apetece tener esta conversación en el salón, que es donde pasamos la mayor parte del tiempo cuando estamos juntos. Me parece mejor llevarla a otra parte, a una que no comparta tantos momentos. Quizá eso me ayude a ser objetiva, no lo tengo claro.

—Jose, ¿tú eres feliz?

Mi novio parpadea varias veces mientras se cruza de brazos y se apoya en el marco de la puerta.

La camisa le queda francamente bien: es granate, y ese color siempre le ha favorecido.

Lleva el pelo negro peinado ligeramente hacia atrás y, aunque hace unos días que no se afeita, siempre ha sido así como más me ha gustado.

Frunce un poco el ceño tras unos segundos.

—¿Yo? Sí. ¿Tú no eres feliz?

—¿Eres feliz… con esta relación?

La pregunta le tensa de manera automática y estira la espalda, alerta. Si tenía alguna duda de lo que iba a pasar hoy, creo que ha quedado descartada. Incluso asiente levemente, de manera casi imperceptible, es posible que dándose ánimos para lo que está a punto de pasar.

Debería darme ánimos yo también a mí misma. Ya lo intenté dejar una vez y Jose consiguió que volviéramos. Está claro que no se me da bien.

—Claro que soy feliz. Tú me haces feliz. Eres mi vida, Tamara.

«Uf. La primera, a la yugular», me digo, y trago saliva.

—¿Tú crees? No te lo digo a malas, Jose, pero últimamente parece que, de entre todo lo de tu vida, yo soy lo más secundario.

—Eso no es verdad.

Lo dice con tanta seguridad que estoy convencida de que él se lo cree. El caso es que, bueno, nunca he sido el lápiz más afilado del estuche, pero ni siquiera yo soy lo suficientemente tonta como para que cuele.

—Piénsalo. El otro día teníamos una cita, y me la cancelaste porque tenías un plan con tus colegas…

—Un cumpleaños —me corrige.

—Y al día siguiente, cuando íbamos a pasar tiempo juntos, acoplaste a Antonio desde el minuto uno… Se podría decir que te acurrucaste más con él que conmigo esa noche.

Suspira, como si tuviese que explicarle algo muy simple a un niño muy pequeño.

—Antonio acaba de dejarlo con su parienta y estaba destrozado, cariño. Necesitaba apoyo y al final le dije que se viniera cuando quisiera. Pensaba que lo entenderías.

Vale. Empiezo a flaquear. Esto es una realidad.

De repente, no tengo nada tan claro. Y es que ahora mismo Jose parece la persona más razonable del mundo. Además de estar muy guapo con esa camisa y… ¿eso son pantalones de traje? No sabía que tuviera otra cosa que no fueran chándales o vaqueros.

Carraspeo. Y decido que tengo que usar el argumento definitivo, porque a este paso me voy a derrumbar en menos de dos minutos:

—¿Y mi cumpleaños qué? Te fuiste a ver el fútbol. Tú solo. Me felicitaste a las siete de la tarde. Ni siquiera nos vimos ese día.

—Estabas con tus amigas y quise darte tu espacio. Lo celebramos ese finde, ¿o no te acuerdas del restaurante al que te llevé? Me costó una pasta.

Lo dice con paciencia, pero también con un subtono molesto. Yo arqueo un poco el labio, porque por un lado lo que dice tiene sentido, pero por otro es como que me da un poco igual, porque no me vale. No es suficiente.

¿No?

Entonces, Jose suspira, deja caer los brazos y se acerca a mí.

Cuando estamos a apenas unos centímetros, alza la mano para acariciarme la mejilla con tanto cariño que me quedo sin respiración.

No recuerdo cuándo fue la última vez que me tocó así.

Como si fuera la cosa más preciosa del mundo, la más valiosa.

—Tamara, tú y yo… estamos hechos el uno para el otro. Somos de lo que hablan las canciones, eres el final de todos mis caminos. Lo sabes, ¿no?

«¿Lo sabes?».

Ahora mismo no sé nada, no tengo claro ni mi propio nombre. Y Jose aprovecha ese momento para bajar la mano hasta mi espalda y rodearme con el otro brazo. Me estrecha con fuerza, con pasión, como si con ese abrazo quisiera transmitirme todo lo que me quiere, todo lo que somos.

Y yo, un poco en contra de mi voluntad, cierro los ojos.

—¿Quieres que cambie algo? Lo cambiaré. Tú solo dímelo, ¿vale? Lo que quieras, lo haré. No puedo perderte. No podría sobrevivir.

Y con esas últimas palabras, dejo escapar el aire y me rindo.