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—Pues no tenía ni idea de que eso fuera su especialidad, la verdad.
—Filomena, no me hables ahora.
—Tía, lo siento mucho si has estado incómoda. Desde luego ha sido digno de ve…
—Filomena, acaban de leerme un pedo. Déjame procesar.
Creo que este es el peor trayecto en metro de la historia de los trayectos en metro.
En cuanto consiga superar el duelo, mi amiga va a tener que contarme qué demonios sucedió y de qué demonios hablamos después del momento «lectura especial», porque el shock me invadió de tal manera que lo recuerdo todo borroso.
El resto del viaje hasta casa lo hacemos en silencio, transbordo incluido.
Filomena me mira con preocupación y, a veces, se le escapa algún asomo de sonrisa que sé que es una risa que se ha tragado.
No la culpo: ahora mismo estoy en negación, pero si le hubiera pasado a ella es probable que se hubiera convertido en el momento más gracioso de mi vida.
Entramos en casa con el mismo silencio, y el pequeño piso de la abuela de Filo me resulta hoy más acogedor que nunca. Dejo las llaves en el pequeño cestito del mueble de madera oscura y me observo a mí misma en el espejo.
—Es curioso. Me siento diferente.
No me doy cuenta de que lo he dicho en voz alta hasta que veo en el reflejo a Filo encogiéndose de hombros:
—Es normal. Estás más… vacía.
Y es entonces cuando la situación termina de golpearme y las dos estallamos en carcajadas.
***
La botella de vino de emergencias está abierta frente a nosotras, que estamos tiradas en el sofá, cada una en una dirección y sujetando las copas casi vacías.
Nuestra lista conjunta de Spotify es lo único que llena el espacio, y siempre me ha parecido digna de escuchar porque es una mezcla de música indie, reggaetón y High School Musical que de tan rara me parece maravillosa.
—¿En qué se ha convertido mi vida? —murmuro, notando los labios un poco más dormidos que de costumbre, por el efecto del alcohol.
—¿A qué te refieres?
Filo tiene la cabeza apoyada en el brazo del sofá y la mueve de un lado para otro lentamente, siguiendo el ritmo de la música. Ahora mismo suena Breaking Free , y, aunque pueda parecer anticlimático, no hace otra cosa que complementar a la perfección la escena en la que nos encontramos.
—Yo solo quería una vida tranquila. Un trabajo cómodo, un novio que me quiera y que mis gases siguieran siendo un misterio para cualquier persona que no fuese yo.
—¿No te tiras pedos delante de Jose?
—Yo no. Él hasta levanta la pierna a veces para que suenen más.
Lo digo con indolencia, porque en realidad es un tema que me da igual.
—Pues me parece mala señal.
—¿Que levante la pierna?
—No. Que, después de todo este tiempo, él sí que esté cómodo en la relación pero tú no.
—¿Hay que tirarse pedos para estar cómoda en una relación?
—¿Crees que, si estuvieras con otra persona, te los tirarías?
Silencio. Arrugo la nariz y apuro el contenido de la copa de vino antes de dejarla con un golpe seco en la mesita de cristal, al lado de la botella. Trago y pienso, pienso y pienso.
—No lo sé. Quizá.
—Pues ahí tienes tu respuesta.
Me muerdo el labio inferior y suspiro. Estoy acostumbrada a que nuestras conversaciones de madrugada y después de una botella de vino barata sean bastante filosóficas. Aunque quizá no me esperaba el desvío escatológico de esta, Filo siempre consigue hacerme reflexionar.
Es algo que me gusta de ella: puedo no creerme una sola palabra de lo que dice, pero siempre me hace pensar mucho sobre por qué no lo creo y eso me reafirma en mis propias convicciones.
Todo el mundo debería tener una amiga así.
Y, entonces, noto algo en el pecho que me impulsa a volver a abrir la boca.
—¿Sabes qué echo de menos?
Alza la cabeza y me mira interrogante, con ese parpadeo que sé que significa que espera que continúe. Respiro hondo y me siento extremadamente desnuda al decir:
—Acurrucarme con él. Los… los mimos. No creo que sea tampoco la persona más mimosa del mundo, pero me hacían…
me hacían sentir bien. Y aunque hace meses que no los tengo, que su tacto es más de colegueo que de amor…
, no sé, tengo en el corazón algo que me dice que pueden volver. Y por eso… por eso me quedo.
En mi cabeza sonaba algo menos triste de lo que acaba haciendo eco en mis palabras. Pero por la expresión de Filomena no pasa, ni por un segundo, la lástima. Se limita a impulsar el culo hacia atrás, hasta incorporarse, y sin pensárselo dos veces abre los brazos.
—Ven.
—¿Eh?
—Ven. ¿Quién dice que las amigas no se pueden dar mimos?
La miro con el ceño fruncido.
—Pues las habrá que se los den, pero nosotras nunca hemos sido de esas.
Y es verdad: en más de tres años de amistad, como mucho ha caído algún abrazo de vez en cuando y en ocasiones especiales.
Sí que es verdad que a ella la he visto ser más cariñosa con otras amigas suyas; incluso yo misma he tenido amistades a lo largo de mi vida con las que me he visto más cercana físicamente y hasta íbamos del brazo por la calle. Pero nosotras nunca…
—¿Y no crees que lo que hemos aprendido estos días es que quizá nos tenemos que cuestionar cómo han sido siempre las cosas y si queremos que sigan siendo así?
Frunzo los labios, pero relajo el ceño. Sigue con los brazos extendidos. Y yo termino por suspirar de nuevo.
—Pero que esto no te haga pensar que me he pasado a tu acera.
—Ya te gustaría a ti pasarte a mi acera.
—Ahí me has pillado.
Me levanto con cuidado, porque soy consciente de que cuando estoy algo borracha mis extremidades se mueven de manera más aleatoria y no sería la primera vez que tiro una copa, aunque estén supuestamente a salvo en la mesa de centro.
Luego me levanto y vuelvo a acomodarme en el sofá, esta vez a su lado, pegada a sus piernas.
La miro con desconfianza una última vez y ella se ríe, y quizá es esa risa la que hace que la situación no parezca tan rara y consiga que me deje caer en el nido que forman sus brazos.
Apoyo la cabeza en su hombro al mismo tiempo que Filomena me envuelve y comienza a acariciarme el brazo con ternura.
Y sí que es un poco raro, pero a la vez… hacía tanto tiempo que necesitaba esto... Qué triste. Mi vida es mucho más triste de lo que pensaba y eso lo hace más triste aún.
Cuando cierro los ojos para disfrutar de la sensación, una lágrima me sorprende cayendo por mi mejilla.
—Lo vamos a arreglar, nena —me susurra Filo, apretándome el brazo con cariño.
Y yo no me veo capaz de nada más que de asentir.