Soltando amarres 6 #2
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6 #2

—Tranquila, Tamara. Estos conjuros son mucho más habituales de lo que piensa la mayoría de la gente.

Y tienes suerte, porque soy especialista en descubrirlos.

Si es un conjuro de hace tanto tiempo, es probable que ya esté tan atado a ti que sea difícil que quede a la vista, pero en peores plazas hemos toreado.

Da una palmada y se levanta, y luego me indica por gestos que me tumbe en una superficie en la que no había reparado hasta el momento por encontrarse al lado de la puerta, haciendo esquina con la última estantería.

Es una especie de camilla de masajes bastante gastada, con el agujero para la cabeza cubierto por un cojín con forma de hoja que juraría haber visto en el Ale-Hop hace un tiempo, y una toalla encima.

—No esperarás que me tumbe ahí.

Lo digo como una afirmación y pasando ya a tutearla, porque siempre intento ser amable con las personas mayores que yo, pero esto ya está empezando a parecerme un cachondeo.

—Tú verás. Los treinta euros de la sesión no son reembolsables.

Filo se inclina hacia mí para susurrarme al oído.

—Si no vas a estar bien, nos piramos. Que pagué con PayPal.

Y, cuando se vuelve a apartar, me guiña un ojo.

Pero sé que ella quiere que lo haga. Y yo, de alguna manera, quiero hacerlo. Más que nada por sacarme esta idea de la cabeza. Por confirmar que no existe ningún amarre y que, desde luego, no hay ningún hechizo maligno y venenoso que me obligue a aguantar a Jose. Lo aguanto porque quiero.

«Precioso y romántico pensamiento», dice una voz en mi cabeza, retumbando como si no hubiera nada más, como el eco de mis propias preocupaciones.

Así que cojo aire, me cuadro de hombros e invoco algo muy parecido a un demonio: mi propio valor. Que las pocas veces que ha salido a relucir siempre me ha traído problemas.

—La toalla está recién sacadita de la secadora—me anima Dorotea.

Y, de alguna manera, pensar que le va lo suficientemente bien como para poder permitirse comprar y mantener una secadora me termina de dar los ánimos que necesito para tumbarme.

—Te voy a levantar un poco la blusa, ¿vale?

«¿Es esto un ritual o un adolescente pajillero tocando a una chica por primera vez?», pienso, sarcástica.

—El consentimiento es importante —dice entonces, y tengo la ligera sensación de que me ha leído el pensamiento.

Así que asiento sin decir nada.

Me levanta la blusa hasta justo debajo del pecho y, unos segundos después, noto una especie de pringue extendiéndose por mi abdomen.

Me niego a mirar. No me apetece ver qué especie de porquería tengo ahora mismo encima; ya tendré bastante con intentar quitármela después cuando me duche.

—Es un ungüento de albahaca y romero, para limpiar las energías —me explica con calma.

Filo se coloca a mi lado y me aferra la mano, y por un segundo me siento aún más ridícula que antes, pero tampoco la suelto porque de alguna manera me reconforta.

—Mientras hace efecto, vamos a repasar los síntomas que sufren aquellos que viven un hechizo. ¿Consideras que ha habido un cierre de caminos en tu vida? Las personas malditas tienden a sentir que se aíslan de manera involuntaria.

—Tamara se aísla de manera voluntaria , así que dudo mucho que aplique en su caso.

Fulmino a Filo con la mirada, pero no la contradigo, porque tiene toda la razón.

—Una vez tuve tres amigos a la vez y me agobié —me limito a comentar, a modo de explicación.

Dorotea asiente con la misma seriedad que si le hubiesen dicho el resultado de unos análisis.

—Está bien. ¿Algún sueño extraño o perturbador en estos últimos años?

Me lo pienso, sorprendida de mí misma por estar tomándome el interrogatorio más o menos en serio.

—No sabría decir. Suelo tener muchas pesadillas, pero casi todas tienen que ver con volver al instituto y olvidar que tenía un examen, o no llevar la mochila.

—Uy, esos son los peores —susurra Filomena, aterrorizada.

—Si sueño, es una pesadilla o un sueño de mierda. —Me encojo de hombros—. Si no lo paso mal, estoy haciendo algo totalmente aburrido como organizar el cajón del mueble del baño.

—Igual eso es tu subconsciente intentando darte paz —sugiere Dorotea.

—O igual es que soy aburrida hasta en sueños —refunfuño yo.

—Las pesadillas recurrentes suelen ser señal de intranquilidad, y, si no hay nada que te preocupe activamente, tu subconsciente siempre está ahí para avisarte. Prosigamos con los síntomas… ¿Has sufrido algún accidente inexplicable?

Resoplo.

—Inexplicable, no. Explicables, muchísimos. Vivir con Filomena es como vivir con un Charmander que le da fuertemente a la cola cuando es feliz. Si el Charmander fuera feliz siempre . Y tu casa estuviera hecha de papel de cocina.

—¡Oye!

—Hemos tenido que llamar a los bomberos cinco veces. Si Filomena no fuese bollera, me pensaría que se había encaprichado de alguno.

—Una vez trajeron un perro.

Dorotea nos mira de manera alternativa y sé lo que está viendo: no es la primera vez que nos dicen que parecemos un matrimonio de viejas. Veo en sus ojos cómo considera por un segundo comentar algo, y cómo lo rechaza automáticamente después.

Supongo que hasta una bruja profesional tiene cosas más importantes que hacer que meterse en las dinámicas de Filomena.

—¿Algún síntoma físico inusual? ¿Visiones? ¿Voces paranormales?

—Cuando está de resaca parece un ser de ultratumba.

Lo peor es que mi amiga lo dice tan convencida que ni siquiera mi codazo consigue flaquear su expresión seria. No ha sido una broma. Para nada.

—El tequila me hace mal a la garganta —me justifico.

—Y a la memoria. ¿Te acuerdas aquella vez que te encontré intentando entrar en el portal de al lado…?

—Creo que esta señora tiene mejores cosas que hacer que escuchar esta historia —siseo.

—En realidad, me interesa muchísimo. Pero mejor en otro momento. Está bien. Creo que ya podemos empezar a leerte el aura. Tengo suficiente información.

Dicho esto, cierra los ojos y coge aire profundamente por la nariz, colocándose en perpendicular a mí, justo al lado de mi abdomen, que ahora mismo está expuesto y huele a Telepizza.

Al inspirar, alza las manos y las deja reposar sobre mi piel, lo suficientemente cerca como para que note su calor, pero sin llegar a rozarme.

Trago saliva, muerta de la anticipación.

Ahí está. El hechizo. Ahora pronunciará unas palabras en un idioma antiguo y…

—¡¡¡¡AAAAAAAAAHHHHH!!!!

No puedo evitar pegar un respingo ante el tremendo berrido que pega la mujer, que parece antinatural para su cuerpo menudo, y apenas tengo un segundo para procesarlo porque acto seguido lo que hace es aplastar mi estómago con todas sus fuerzas.

Me quedo sin respiración con los ojos como platos por la sorpresa.

Despega las manos, las alza para coger carrerilla y, con otro grito, me vuelve a presionar el abdomen.

«Uy», me atraviesa el pensamiento. «Esto no es buena idea…».

Pero ella hace lo mismo una y otra vez. Y mi mente trabaja a toda velocidad, pero no es la única que lo está haciendo porque tanto empujón está generando un movimiento que no quería. Ni ahora ni nunca, delante de nadie.

Dorotea grita, yo gimoteo y aprieto la mano de Filo; la miro con angustia porque no puedo pensar con tanto ruido, y entonces…

Es otro sonido el que surge, y esta vez no ha sido de su boca ni de la mía.

No ha sido un sonido que provenga nunca de la boca de nadie y, desde luego, no era uno que esperaba hacer en presencia de una completa desconocida. Pero, desde luego, ¿quién podría aguantar con tanta presión en el estómago, justo después de haber comido lentejas de bote del Mercadona?

«Ya está. Has llegado al fondo del pozo, Tamara».

Me pongo roja como un tomate, queriendo que la tierra me trague, buscando las palabras para pedir perdón, para explicar…

Esto es, hasta que la veo inspirar de nuevo, mucho más profundamente que antes. Lento, con los ojos cerrados y cara de máxima concentración. Como si esto… como si esto fuera lo que estaba buscando.

Luego asiente, ceremoniosa, antes de afirmar:

—Sí. Definitivamente es un amarre.