Soltando amarres 6
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Por algún motivo, llevo todo el viaje pensando en Pokémon .

¿Sabes cuando estás jugando a Pokémon y, de repente, uno de tus pokémon sube de nivel y coge y evoluciona? Y tú ni siquiera sabías que tenía evolución, quizá.

Bueno, eso me está pasando con Filo y la otra bruja.

Cuando ya tienes una imagen de tu amiga como la más rarita, la bruja máxima y suprema y, sobre todo, insuperable… ¿cómo se come eso de que estemos yendo a ver a una bruja de verdad ?

Es que no me esperaba ni que fuese posible.

A ver, no soy tonta, sé que estas personas existen y que la gente acude a ellas y demás…

Pero, de verdad, esto es lo que hace contigo el hecho de convivir con Filo.

He pasado muchísimo tiempo con ella y, cada vez que pienso que ya no me puede sorprender de ninguna de las maneras, aparece con algo nuevo que me deja descolocada.

Por eso pensar que hay alguien más… bueno, solo más , que ella me vuela la cabeza.

Lo que no me extraña nada es que nos estemos dirigiendo a Malasaña.

Desde luego, de todos los rincones de Madrid, es el que más me pega para que una bruja tenga su… ¿consulta?

Debería haberme aprendido bien los términos para no ofender a nadie.

«Madre mía, la vas a liar y vas a acabar con un amarre y un mal de ojo. Ya verás».

No es momento de entrar en pánico, porque ya estamos descendiendo desde Tribunal para luego dirigirnos hacia la derecha.

Allí, al lado de un local que se llama Pinta en Copas, al que fuimos una vez con unas amigas a decorar unos jarrones mientras bebíamos vino, hay un portal que parece de todo menos mágico.

Y la voz que responde al telefonillo bien podría ser la de mi tía Paqui un día de resaca.

—¿Estás segura de esto? —le pregunto a Filo, en un susurro, mientras subimos por las escaleras.

Es un quinto sin ascensor: otra mala señal. Una esperaría de la magia al menos un poquito de comodidades. La magia de la electricidad. No sé.

—¿Estás segura tú? —me pregunta ella, e intercambiamos una breve mirada.

Resoplo, y ella se ríe mientras se aferra a la barandilla.

—Tranquila, es la mejor bruja de Madrid. No hay nada de qué preocuparse.

Pero, cuando llegamos al rellano del quinto, oímos un grito que se nos cuela en los huesos y nos congela la sangre.

Estoy a punto de coger a Filomena y bajar las escaleras lo más rápido posible, rodando si hiciera falta, cuando la puerta de la izquierda se abre.

Y entonces una mujer de unos cincuenta años, con unas gafas enormes y una cinta para el pelo anchísima que le cubre medio cráneo, nos sonríe con alegría.

—¡Filo! ¡Cuánto tiempo! Pasa, pasa. ¿Esta es tu amiga? Tami, ¿verdad?

—Tamara —asiento; no me gusta que los desconocidos usen diminutivos. En realidad, solo se lo permito a Filo—. El grito de antes…

Me mira sin comprender, hasta que cae en la cuenta.

—Ah, eso. No te preocupes. Ha sido la anterior clienta. Está reposando.

Cuando entramos en el pequeño apartamento, todo pintado de rojo, a la izquierda distingo un pequeño saloncito lleno de sillones.

En uno de ellos está sentada una mujer de unos cuarenta años, con los codos apoyados en las rodillas y la cara descansando entre las manos.

La viva imagen de la desesperación y, sin lugar a dudas, la dueña del grito que antes se nos ha metido dentro del pecho.

Avanzamos hasta otra pequeña habitación, que hace las veces de su estudio y que consta de una mesa de madera antigua con múltiples cajones, a rebosar de absolutamente todo, y un par de sillas frente a ella.

—¿Qué le ha… qué le ha pasado?

Trago saliva, porque de repente me he quedado sin aire.

—¿A quién? —Parece genuinamente curiosa, como si no entendiera a qué viene mi consternación.

—A la mujer. La del grito. ¿Qué le has hecho?

—¿Yo? —Se señala el pecho con ambos pulgares—. Yo nada. Es una clienta habitual, suele venir a que le limpie las energías. Un procedimiento rutinario, no te preocupes.

Hace gestos con las manos en el aire, como si estuviera haciendo lo mismo con la mía, y yo retrocedo de manera instintiva, asustada. No me convence. Comienzo a temblar. Filo me agarra el brazo, pidiéndome tranquilidad.

—Y si no le has hecho nada… ¿por qué ha gritado así?

En cuanto consiga la confirmación que estoy buscando, me largo de aquí. Esta mujer no me va a engañar. No va a jugar conmigo. No me va a hacer lo mismo que a…

Chasquea la lengua.

—Ah, eso. Al final de la sesión su gestor le ha mandado la declaración de la renta. Le toca pagar otra vez. Es que ser autónoma en España es una mierda, ya sabes.

Tardo unos segundos en asimilar sus palabras, y paso del terror más absoluto a la incomprensión más profunda.

«¿Por qué tienes que toparte siempre con gente así?», me digo, aunque sé que, en esta ocasión, la culpa es mía por hacer caso a Filo.

Y, en el caso de Filo, la culpa también fue mía, por supuesto.

La tensión en el ambiente se podría cortar con un cuchillo, aunque emana solo de mi lado. No soy capaz de relajarme del todo, y, cuando la bruja (que aún no sé ni cómo se llama) nos indica por gestos efusivos que nos sentemos en las sillas de madera, me lo pienso un segundo.

Me considero bastante tolerante con este tipo de cosas. No me parece mal, en general, lo que crea el resto del mundo. Pero esto… esto es demasiado.

Mire a donde mire veo algo que me impulsa a salir corriendo de allí.

Desde cuadros de perritos con marcos dorados hasta tarros de cristal rellenos de a saber qué apilados enfrente de libros con aspecto antiquísimo, de esos que parece que se desintegrarán si les soplas lo suficientemente cerca.

Me paso la lengua por los labios, que descubro secos, y solo la mirada suplicante de Filo consigue que por fin me siente.

La bruja carraspea.

—Bienvenida, Tam Tam.

—Tamara —la corrijo.

«Lo que me faltaba ya».

—¿Seguro?

—¿Me está preguntando si estoy segura de cómo me llamo?

Ella ladea la cabeza, y un pendiente larguísimo y dorado centellea a la luz de los halógenos baratos.

—Si lo quieres ver así…

Pongo una mueca. Ya estamos con esa forma de hablar. Aprieto los puños sobre mi regazo. Ella debe percibir mi tensión (no hay que poseer ningún tipo de poder para ello), porque carraspea de nuevo:

—Está bien. Mi nombre es Dorotea, y mi poder está a tu disposición. ¿Cómo puedo ayudarte… Tamara?

La miro con escepticismo, pero es que no puedo evitarlo. El corazón me late fuerte dentro del pecho, y no me lo quiero tomar como una señal de nada más que del agotamiento mental que me está generando toda esta situación.

Dejo escapar el aire despacio mientras noto la mano de Filomena en mi rodilla. Un apretón cariñoso que hace que consiga relajar un poquito los músculos.

—Mi amiga opina que puedo estar siendo víctima de un hechizo.

—¿Lo opina solo tu amiga?

—Dorotea, haga el favor… Ya me está costando lo suficiente.

Lo digo con los ojos entrecerrados y armándome de paciencia, que es algo que no me resulta ajeno después de haber crecido con tres hermanos pequeños especialmente revoltosos.

Me siento como en uno de sus interrogatorios, cuando se esforzaban por llevar la razón a toda costa y se aliaban entre ellos para reventarme la cabeza con sus preguntas, tratando de darle la vuelta a cada una de las palabras que salían de mi boca.

Solo que Dorotea no tiene nueve años, sino más de cuarenta, y las comisuras de sus labios no muestran ni un solo rastro de Nocilla. Sutiles diferencias.

—Está bien. Tu amiga piensa que estás siendo víctima de un hechizo. ¿Cuál?

—Un…

Me callo. Es impresionante, porque llevo casi una semana pensando únicamente en esa palabra, pero aún no he sido capaz de pronunciarla en voz alta.

Tampoco es como si fuera a volverse cierto si lo digo, pero yo qué sé.

Es que hay algo en uno de los tarros de la estantería que me está mirando mal, y no sé si es mi propia conciencia manifestándose.

En plan: «Tamara, tú eres una persona racional.

Tú no crees en estas cosas. Tú no vienes a Malasaña al despacho de una bruja, que por algún motivo huele a magdalenas recién hechas, a comentarle que tu novio te ha hechizado.

Lo tuyo es más bien emocionarte por un descuento en tu suavizante favorito o ver la misma película quince veces seguidas. Esto no te pega».

Aprieto los dientes.

Nada. No sale.

Dorotea trata de ayudarme:

—¿Un mal de ojo? ¿La Tabla 11 de Demonios Malvados? ¿Vudú? Ah, te has olvidado de reenviar siete veces un email, ¿a que sí? Pasa mucho…

—¿Pasa mucho? —me escandalizo, las palabras por fin desbloqueándose en mi boca.

Ella asiente, muy seria.

—El correo no deseado supone algo así como el setenta por ciento de mi carga laboral desde que se inventó Internet. Me viene de lujo.

Abro mucho la boca, y entonces Filomena interviene:

—Un amarre. Su novio le hizo un amarre hace tres años y, desde entonces, no atiende a razones.

—¡Eh! —me ofendo—. Sí que atiendo a… Lo que pasa es que tú eres una exagerada.

—¿Qué hizo Jose en tu último cumpleaños, Tamara?

La pregunta me escuece, y cierro la boca hasta responder casi como un siseo entre el espacio que dejan mis labios:

—Se fue a ver el fútbol…

—¿Con quién?

«Te odio».

Suspiro.

—Con nadie. Se fue él solo a ver el fútbol.

Filomena me clava una mirada grave y luego gira la cara hacia Dorotea, que comparte la misma expresión.

—Pues sí que es serio, sí.

—Vale, puede que no sea el mejor novio del mundo, pero eso no significa que me haya hechizado. Quizá significa que tengo que hablar las cosas con él.

—Claro, porque hablar las cosas siempre ha sido tu especialidad.

Y si bien el resto de la conversación ya había sido difícil para mí, este comentario me duele especialmente. Jugueteo con los cordones de mi blusa y bajo la cabeza. No me veo con ganas de contestar.

Ante el silencio, Dorotea toma el relevo de la conversación.