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Qué poco hace falta a veces para que todo cambie dentro de tu cerebro.
Lo que hasta hace dos días era, en mi opinión, una relación perfectamente normal, aunque aburrida y con los fallos que tienen todas las relaciones, ahora mismo es una cárcel de la que no puedo escapar.
Aunque pasado un tiempo vuelvo a ser racional y a opinar que no puedo cambiar de opinión por una teoría loca de Filomena, el hecho de que esté teniendo que autoconvencerme, en sí… me preocupa.
Así que cuando entro en el salón, después de haber desayunado en silencio con Jose y sin haber tenido ganas de recriminarle nada de su actitud de la noche anterior, estoy esperando encontrarme con mi amiga.
Porque necesito hablar con ella.
Y Filo, en cuanto me echa un vistazo, es plenamente consciente de ello, porque se levanta, apaga tres velas que a mí me parecen aleatorias, pero que es probable que tengan un significado muy concreto en su cabeza, y se sienta en el sofá a esperarme.
Cuando ocupo mi lugar a su lado, cruzo una pierna y me quito el zapato para poder aferrarme a mi propio tobillo. Y suspiro.
—Dime lo que sepas de los amarres esos.
Ella no se regodea. No salta, no chilla, no reacciona de ninguna manera además del brillo que le recorre por unos instantes la mirada. Quizá lo hubiera hecho, con cualquier otra persona.
El caso es que me conoce. Sabe que no me ha convencido todavía. Que solo me he abierto a hablar, y que, si me lo restriega, es más que probable que ponga los ojos en blanco y me largue de aquí.
Así que carraspea y alza la mano para masajearme la rodilla con delicadeza, porque en una noche de borrachera descubrimos que me relaja y porque… es lista, la tía. Qué le vamos a hacer.
—¿Sabes que existen mogollón de técnicas para hacer amarres? Los hay en la magia roja cubana, en el vudú más típico de Haití o en la alta magia afrobrasileña. Me pregunto cuál te habrán hecho a ti…
—No te ofendas, pero me da un poco igual el tipo de cuerda, lo que quiero saber es cómo cortarla.
—Ella siempre tan pragmática.
Lo dice con cariño, y entre su tono y el masaje consigue que relaje los hombros de nuevo antes de continuar con su discurso:
—Lo que he estado leyendo es que un amarre, de por sí, no se utiliza para obligar a nadie a nada.
Lo emplean las parejas para solucionar algún problemilla, para recuperar la pasión o para borrar un mal recuerdo o las malas energías del pasado.
Esos son los habituales, claro, y, como no involucran magia demasiado complicada, no hace falta una bruja demasiado poderosa para conjurarlos.
Pero si el amarre está destinado a que te amen… , al parecer, cambia mucho la cosa.
—Se necesita una bruja con más poder —deduzco.
Asiente, orgullosa de su pupila temporal.
—Y más requisitos. Suelen involucrar objetos, como fotografías de la persona a la que se quiere atraer o incluso prendas íntimas. ¿Podría haber tenido Jose acceso a algo así en la época en la que cortasteis?
—¿A prendas íntimas…? A ver, hubo un día que nos intercambiamos la ropa interior para hacer la coña, pero luego… nos la devolvimos. ¿O…?
Me quedo pensando. Esos días están borrosos para mí. Ya me cuesta recordar lo que cené anoche, como para tratar de rememorar con algún tipo de claridad algo que pasó hace casi tres años. Pero Filo me mira con unos ojillos…
Acabo suspirando.
—No lo sé. No recuerdo el momento exacto en el que me devolvió las bragas, pero esto es como cuando cierras la puerta de casa o apagas el fuego de la vitrocerámica, lo haces en automático y luego no lo registras.
Lo raro sería que no me las hubiera devuelto, digo yo.
Eso sí lo recordaría. Me hubiera parecido un rarito.
—Oye, cada uno puede tener las filias que quiera, aquí no estamos juzgando eso. Jose es un imbécil, pero no le vayas a juzgar por otra cosa que no sea esa, ¿eh?
—Ah, ¿ahora le defendemos? —espeto, casi ofendida por sus palabras.
—Hay que ser inclusivos con la ropa interior —se limita a aclarar—. Yo hace años que solo uso calzoncillos. Son mucho más cómodos.
—¿Y qué haces con el espacio que te sobra?
—Guardo las compresas. Es como un bolsillo extra y, además, así, si alguien me pega un puñetazo, no me duele.
—Pero ¿cuántos puñetazos te han dado a ti en el chichi?
—Solo uno ya es más de los que me gustaría.
Lo dice en esa voz grave y sabia, solo suya, y yo estoy tan en shock por la conversación que no soy capaz siquiera de reírme. Ojalá estar tan segura de algo, cualquier cosa, y poder defenderlo con esa determinación.
Sacudo la cabeza.
—Bueno, que nos desviamos del tema. Venga, supongamos que sí que se quedó con mis bragas, y que no fue para olerlas, sino para quemarlas en un ritual de amor. Entonces, ¿qué? ¿Cómo lo rompemos?
Se mordisquea el labio inferior, pensativa.
Hoy lleva un pintalabios permanente de color rosa claro, que va a juego con el suavísimo rosa de su traje chaqueta.
En sus pies, unos botines que parecen nuevos, pero que yo sé que son del año pasado.
El cómo mantiene Filo sus prendas tan relucientes…
eso sí es una magia negra que me encantaría aprender.
—El primer paso no es romperlo, es averiguar si estamos en lo cierto y se trata de un amarre.
Se toca la nariz con la punta del dedo índice y yo me aparto antes de que trate de hacer lo mismo conmigo. No lo consigo, porque prácticamente se abalanza sobre mí. Le doy un leve manotazo para que me deje en paz. Bastante tengo ya.
—¿Y eso cómo se hace? ¿Hay algún detector que pite? ¿Una app que se pueda descargar? No me digas que hay que rellenar un formulario, que me bajo del carro y de la vida…
—No, idiota. Hay que ir a ver a una bruja. Y, por suerte para ti, tu amiga conoce exactamente a la persona que necesitas.