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Como era de esperar, no ha sido solo un ratito.
Para empezar, Antonio, que no es ni siquiera su amigo más tolerable (aunque los tiene peores), se presentó a las ocho, que es la hora exacta a la que habíamos quedado mi novio y yo en su casa. Poco más y nos encontramos en el portal.
Con lo cual, tuvimos una romántica cena a tres, que consistió en tres croquetas y media por cabeza acompañadas de tres empanadillas de boletus y media y una cantidad ridículamente pequeña de patatas a lo pobre. Aunque, con ese nombre, supongo que jamás se le ha hecho tanta justicia.
¿Es así como quería pasar mi viernes por la noche?
No, no lo es. Desde luego que no lo ha sido en ningún momento, pero aquí estoy: cruzada de brazos, sentada en el sillón del salón de la casa de los padres de Jose (que le han dejado indefinidamente, ya que decidieron pasar su jubilación en Oporto) mientras ellos dos ocupan el sofá principal, dándose palmadas y jaleando a veintidós pavos persiguiéndose por el campo.
Mientras los observo, no puedo evitar pensar en las palabras de Filo. En lo del amarre y en el primer enlace de la búsqueda de Google:
Un amarre es una práctica poderosa y venerada que aprovecha la energía del universo para fortalecer los vínculos del amor.
«Fortalecer los vínculos del amor»… Eso significa que tiene que basarse en algo, ¿no? Que no crea amor de la nada.
Es evidente que yo a este chico le quiero, porque, si no, no me estaría escociendo tanto esta situación.
No he tenido otros novios, pero me imagino que, incluso después de tres años, es una «buena señal» que siga apeteciéndome pasar tiempo con él.
Ya no es la desesperación del principio, claro, pero eso también lo veo lógico. Natural.
Pero el caso es que, después de toda la semana sin verle, tenía muchas ganas de esta cita, de preparar algo tranquilos, los dos en casa, y luego ver una peli acurrucados.
Aunque, en realidad, hace bastantes meses que no nos acurrucamos. Y también es algo que echo de menos. La sensación de su cuerpo cálido contra el mío, su brazo por encima de mis hombros. Sentir que estoy protegida, a gusto, en casa.
No le pido mucho a la vida en general ni a las relaciones en particular, pero sí que añoro ese calorcito dentro del pecho. Como si no me pudiera pasar nada malo.
Y, sin embargo, no veo que sea algo que le suceda a Jose. Ni que eche de menos, siquiera. No sé.
Lo del amarre no tiene ningún sentido, porque ¿qué clase de persona recurre a una bruja para recuperar a alguien y después lo trata de esta manera?
Una pensaría que si me ha hecho un hechizo para que esté con él… querría estar conmigo. Digo yo.
Pero de alguna manera lleva más de seis meses comportándose como si, al contrario, quisiera perderme. O no le importara si esto pasara.
«Aunque igual está muy seguro de que no va a suceder… porque tienes un amarre».
Ya estoy pensando como Filo. O quizá es su voz dentro de mi cabeza, así que la sacudo para proceder a centrar mi vista en el móvil, donde se despliega un anuncio de unas criptomonedas, que es el paso previo a la vida adicional que me estoy ganando en el Candy Crush .
«Tengo más vida en el Candy Crush que en la vida real», me sorprendo pensando, y el pensamiento me resulta a la vez gracioso y extremadamente deprimente.
Porque si a esto se reduce la mía… hasta yo, que nunca he tenido grandes aspiraciones o ambiciones, lo veo negro.
Y si no le digo nada a Jose es porque sé que no sirve de nada.
Porque acarreo ya el cansancio de quien sabe que discutir lleva siempre al mismo camino: él me dirá que le queda poco al partido, yo le miraré tratando de decirle: «¿Crees que soy idiota y no sé que me estás mintiendo?
», él me pedirá un ratito más, me prometerá que después haremos lo que yo quiera.
Y cuando llegue ese «después», hará el amago de ver la película durante diez minutos exactos hasta que se quede dormido.
Y luego no me podré enfadar con él porque, claro, está tan cansado de la semana…
Vale que él sí que tiene mil aficiones. Además del fútbol, que lo practica más allá de verlo, juega varios partidos de pádel entre semana y suele tener alguno los findes.
Compagina su trabajo de oficina, muy similar al mío, con dirigir la empresa familiar, aunque todavía con apoyo de sus recién jubilados papis.
En general, la mayor parte de las veces que me ignora es con un buen motivo. Pero a veces, como esta, se hace patente que no le hace falta siquiera uno y me… duele.
Mucho.
Pero, aun así, me quedo.
Me quedo hasta que termina el partido.
Me quedo en el programa especial de después, donde recopilan los mejores momentos que han sucedido hace menos de una hora, como si a alguien se le pudieran haber olvidado ya.
Me quedo hasta que se va Antonio.
Me quedo hasta que Jose me dice que pongamos la peli que yo quiera (énfasis en el yo , como si fuera un regalo que me está haciendo).
Me quedo hasta que, exactamente catorce minutos después de empezar The Holiday , una película que siempre me flipa volver a ver, Jose se queda profundamente dormido.
Y entonces me dejo caer a su costado, con cuidado de no despertarle, y apoyo la cabeza en su pecho. Intentando no pensar en que es, con total posibilidad, el gesto más triste del mundo. La relación más triste del mundo.