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«Amarre de amor», «Ventilador incienso» y «Cómo poner límites con tu mejor amiga cuando nunca lo has hecho» marcan el historial de mi navegador, que al final acaba siempre reflejando toda mi vida.
La semana pasada si te metías a cotillear te encontrabas joyitas del nivel de: «Cómo desatascar un retrete si lo que lo ha atascado ha sido el desatascador», «Ruido blanco para desconectar de enorme estruendo» o «Cuántos difusores de aceites esenciales son demasiados difusores de aceites esenciales».
En fin, otra semana más en mi rutina.
No sé ni por qué le estoy dando bola a la última locura de Filo. Bueno, en realidad sí lo sé: en general, me resulta muy entretenido todo lo que pasa por su cabeza. Me puede parecer descabellado, aleatorio o incluso ilegal, pero nunca me he aburrido con nada que salga de su boca.
El caso es que tampoco he creído nunca en nada de eso. Para mí, las piedras son piedras (pueden ser más o menos bonitas, eso sí lo reconozco), el incienso huele bien pero me marea y los rituales solo sirven si son coreanos y para limpiar la piel. O la casa. Que, por cierto, hace bastante falta.
Suspiro mientras dejo caer la mano en mi regazo, y de alguna manera la estampa que formo se me antoja demasiado ridícula: estoy aquí, sentada enfrente de mi ordenador, que es tan viejo que hierve a los cinco minutos de uso, buscando movidas chamánicas. Otra vez.
Así que, cuando recibo la llamada de Jose, casi me resulta hasta refrescante. Y hace bastante tiempo que sus llamadas no me provocan nada que no sea poner los ojos en blanco, porque suelen ser para algo malo.
—Dime, cariño.
—Tamara. Oye, que estaba pensando… ¿Te importa que se venga Antonio esta noche?
Frunzo el ceño.
—¿Esta noche… a nuestra cita, dices?
—Bueno, a la cena no. Pero, después, le he dicho que se puede venir. A ver el partido. Es que es el clásico.
—Ah, que ya se lo has dicho.
Soy consciente de que él sabe que ha hecho mal, así como él es consciente de que terminaré perdonándoselo. Así que mi tono es monocorde, desprovisto de vida, como si no me esperara otra cosa de él que la más absoluta decepción.
Estoy convencida de que es lo mismo que siente su madre.
—Jose —empiezo, imprimiendo firmeza en esa única palabra. Luego pienso que sé exactamente, letra por letra, cómo va a ir esta conversación, y pierdo fuelle. Hasta los hombros se me caen—. Vale, déjalo. No importa.
—Gracias, mi vida. Te prometo que solo será un ratito.