Soltando amarres 2
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Que te despierten un sábado a base de golpes en la puerta debería estar penado por la ley.

Ya es chungo que tenga que dormir con un pestillo que me compré en Amazon porque mi amiga básicamente me ha obligado a ello.

En las primeras dos semanas de convivencia, me desperté una vez con más de cincuenta velas encendidas a mi alrededor para «limpiar mis malas energías» (y al levantarme tiré una y casi hace el efecto dominó que a día de hoy sigue persiguiéndome en mis más oscuras pesadillas), otra vez abrió la puerta cuando Jose y yo estábamos a medio polvo porque pensaba que por fin le estaba haciendo un exorcismo (ni siquiera voy a explicarme) y una tercera descubrí que usaba mi cajón de la lencería para guardar sus grimorios antiguos porque, según ella, al menos así ese cajón tendría actividad.

Con el pestillo he tenido algo más de dos meses de paz, pero está claro que me estaba durando demasiado.

—¡Tam Tam! ¡Despierta! ¡Es urgente!

«Urgente» es una palabra distinta en el diccionario mental de Filomena.

Lo he aprendido con los años. El cuento de Pedro y el lobo no tiene nada que envidiar a mi amiga, porque en realidad lo que pasa es que, lo que al resto nos parece urgente, para Filo es irrelevante, y viceversa.

Alguna vez le he dicho que debe tener el ojo izquierdo en el derecho y el derecho en el izquierdo, porque lo ve todo exactamente al revés que los demás.

Ahora que lo pienso, si esto fuera el cuento de Pedro y el lobo… igual sería Filomena la que se estaría comiendo a las ovejas.

Me quedo unos segundos mirando al techo, arrepintiéndome de haberme sentado a su lado en clase aquel día, antes de resignarme a levantarme para que al menos cesen los golpes.

—Por el amor de Dios, tía…

—¡No menciones ese nombre en esta casa!

Y entonces, Filomena entra en mi habitación, como si fuera un vampiro que hubiera estado esperando conseguir permiso para hacerlo. Solo que, en su caso, la diferencia es que a ella no se lo impide ningún conjuro, sino la barrera física de un muy básico y también muy necesario pestillo.

Resoplo antes de darme la vuelta y encontrármela sentada en mi cama con la espalda muy recta.

Hoy lleva el pelo recogido en una coleta alta, una chaqueta impoluta de traje que hace juego perfecto con los pantalones y unas manoletinas que parecen nuevas.

Porque si algo se me ha olvidado contar de Filomena es que, cuando la miras, no es lo que esperas encontrar en una especie de loca de las piedras que posee nada más y nada menos que siete barajas distintas del tarot.

Es probable que hasta ahora te la estuvieras imaginando con rastas, o al menos con unos buenos rizos descontrolados, o incluso peinados que desafíen la ley de la gravedad. Un número de trenzas mayor al dos, cuentas y piedrecitas por el pelo…

Pero no, Filomena tiene el pelo negro siempre impoluto y liso como un anuncio de Pantene. Nunca un solo mechón se atreve siquiera a salirse de su sitio.

También supongo que te la imaginabas, en la escena de ayer en la que estaba sentada encima de la alfombra, con unos pantalones amplios quizá llenos de agujeros, una blusa encima de otra blusa y cientos de collares con distintos amuletos e incluso figuras infantiles.

Y no, Filomena estaba cruzada de piernas con unos pantalones vaqueros de última temporada de Zara y una camisa blanca perfectamente planchada. Lo único que se arruga bajo su atenta mirada es su percepción de la realidad.

Luce una manicura siempre impecable.

Tiene los dientes perfectos tras llevar aparato durante toda su adolescencia.

No usa gafas porque tiene la vista más poderosa del mundo.

Y entonces te preguntarás: ¿Cómo me di cuenta aquel día en clase de que era una rarita?

Son los ojos de loca que tiene, principalmente. Y el hecho de que sacara una pluma estilográfica de un estuche con forma de hamburguesa. Y después encendiera un palito de incienso y diera saltos por la clase para equilibrar las energías sin importarle lo más mínimo lo que nadie pensara de ella.

O eso interpreté en su momento. A día de hoy, y tras conocerla como a la palma de mi mano, creo que sí que le importan las opiniones ajenas: el caso es que las disfruta enormemente. Le da gustito provocar reacciones intensas, sean cuales sean. Así es Filomena.

Cuando cayó la enorme nevada en Madrid, no le pudieron poner mejor nombre.

—Filo, que son las ocho de la mañana de un sábado…

Mi protesta cae en saco roto cuando ella palmea la sábana para pedirme que me siente.

Pongo los ojos en blanco y me subo los pantalones del pijama, que tienen el elástico ya tan roto que he empezado a llevar bragas más grandes para no pasar frío por las noches.

Me acomodo a su lado y subo una pierna para aferrarme a mi propio pie, que es una postura que arrastro desde pequeña y que me reconforta.

—¿Qué es tan urgente? Ya he cedido con lo de la suscripción a la colección esa de la armonía de las piedras de RBA y, por favor, no me digas que volvemos con el tema del muñeco vudú del del quinto.

Lo que se ve desde la calle es un peluche de Los Simpson .

Tiene los picos esos en la cabeza. Recuerda que me prometiste que con eso zanjábamos el tema.

No es la primera vez ni será la última que sueno como mi madre cuando hablo con ella, pero es que tampoco sería la primera que me despierta para cualquiera de esas cosas.

Filo es una amiga estupenda, una persona cariñosa, dulce y atenta, pero lo que peor lleva es lo de asumir que no todo el mundo se levanta a las cinco de la mañana a meditar y correr diez kilómetros antes de desayunar.

Que es quizá lo que menos me gusta de ella, con diferencia.

Por debajo de las tres alfombras que tenemos apiladas en el salón.

—Ya lo he averiguado.

Frunzo el ceño.

—¿El qué?

Parece tan convencida que, para variar, me asusta.

—Lo que te pasa.

Compongo una mueca.

—Ya te lo digo yo: tengo sueño. Me gusta muchísimo dormir, y tú no me dejas.

—Que no, tonta. Lo que te pasa con Jose.

«Y dale», pienso, y no puedo evitar resoplar. El flequillo despeinado me rebota en la frente.

—Lo que me pasa con Jose es que ya llevamos unos años y…

—Te ha hecho un amarre.

—¿Eh?

La cara que se me queda en estos momentos debe ser un auténtico cuadro.

Digno de inmortalizar, enmarcar y colgar en la pared de la entrada de esta casa, que como fue de la abuela de Filo está llenísima de cuadros religiosos y no le vendría mal una actualización.

Es curioso porque a Filo no le gusta nada la religión (la cristiana, porque ella cree en sus propias movidas), pero aún tenemos los cuadros porque, ante todo, las dos somos unas vagas para lo que nos interesa.

El caso es que estoy convencida de que me ha dado un pequeño aneurisma cerebral, y que me lo ha pegado ella. Si es que esas cosas se pueden pegar.

—Que te ha hecho un amarre. Jose.

—¿Amarre? ¿Estamos hablando de BDSM de repente? Porque a mí eso de que me aten a la cama no me gus…

—Un amarre espiritual , Tamara.

Uh. Solo me llama Tamara cuando habla en serio. O lo más parecido que tiene ella a la seriedad, que al resto de la gente suele parecérsele también mucho a cachondeo.

—¿Un qué?

Lo digo con los ojos cerrados, en una mezcla de paciencia e incredulidad. No se puede ser la mejor amiga de Filomena durante más de tres años sin acostumbrarte hasta cierto punto a este tipo de situaciones, pero la condenada se las arregla para seguir sorprendiéndome día a día.

—Es un hechizo de amor. Lo hacen las brujas más poderosas y con él te aseguras de que la persona seleccionada te ame para siempre, pase lo que pase. Es un sentimiento que la persona objeto del hechizo no puede explicar, ni su alrededor, pero la ata de manera irrevocable si no se rompe.

Parpadeo varias veces. Analizo su expresión, llenísima de determinación. Segura.

Es como un profesor de universidad sentando cátedra, dando una lección. Como tu madre enseñándote a comer con cuchillo y tenedor.

Y no tiene ni pies ni cabeza, así que la mía la sacudo con incredulidad.

—Te has pasado con el incienso, tía. Te dije que en algún momento iba a suceder. Que tu cuarto parece una sauna de esas de Chueca, con tanto humo y tanto palito.

Me da un codazo, y se permite una pequeña sonrisa antes de volver a su expresión previa. Me la imagino practicando este discurso en el baño, y casi me da hasta ternura.

—Piénsalo, Tami. Cuando empezasteis, ni siquiera te gustaba. Te hizo dos feos y lo mandaste a paseo, y de repente, tú misma lo dices, empezaste a echarle muchísimo de menos. De la noche a la mañana. Y justo cuando te pasa, te habla y volvéis.

Respiro hondo, reuniendo paciencia. A estas horas de la mañana me cuesta más generarla que de costumbre, lo reconozco.

—Eso fue hace casi tres años, Filo.

—Y tenéis una relación de mierda —sentencia—. No ha hecho nada por ti, tienes que adaptarte siempre a sus planes, te torea como quiere y tú sigues ahí…

—Porque le quiero.

—Claro. Y eso es lo sospechoso.

Arqueo una ceja.

—El amor no es racional.

—Sobre todo si lo provoca el hechizo de una bruja.

Resoplo y me levanto, palmeando mis muslos con determinación. El pijama se me baja un poco y deja al descubierto mis bragas de ositos, pero hay la confianza suficiente como para que me dé igual.

—Es muy temprano para esto. Déjame dormir más y luego lo hablamos.

—Hazme caso, Tami. ¿Cuándo me he equivocado yo?

Aun así, se levanta mansamente y avanza hacia la puerta que le señalo con la mano.

—Dijiste que para 2024 desaparecerían las redes sociales.

—Bueno, está a puntito de pasar.

—Y que Lucas no duraría nada con Nuria.

—No me extrañaría que lo dejasen mañana.

—Llevan tres años y medio. Están comprometidos. Se aman con locura.

—Otro amarre.

—Anda, tira. Y ventila tu habitación, anda. Que ya respiras más incienso que oxígeno y eso no tiene que ser bueno.