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Soltando amarres

Soltando amarres

Por Cristina Prieto

© inepub.com

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Todas tenemos esa amiga mística.

La del tarot.

La que echa sal por encima de su hombro en momentos aleatorios y ya no te parece ni raro.

La que ha llevado su vision board al siguiente nivel (que más bien parece un corcho de esos de investigar asesinatos) y tiene el cuarto tan lleno de velas que bastaría un simple codazo para que hubiera que llamar a los bomberos. Si es que no los habéis tenido que llamar ya.

La que se sabe todos los refranes y los que no, se los inventa.

La que se compra todos los libros de brujería moderna de manera no irónica y, además, le toca uno de regalo de amigo invisible con total probabilidad y cien por cien de acierto.

La que se fue aquella vez de retiro espiritual a un sitio y, cuando volvió, el relato sonaba más a noche intensa de porros que a ninguna otra cosa.

La que tiene más piedras en su casa que una cantera medieval.

La que huele a incienso y a estas alturas ya estás convencida de que es su olor natural, el que sale por sus poros.

Todas tenemos esa amiga.

Y, en mi vida, esa es Filo.

Y, sí, considero que sus padres tienen un porcentaje alto de la culpa de cómo ha salido su hija, porque llamar a tu hija Filomena a estas alturas de la historia de la humanidad y en España le deja un único camino y es ser la rarita de la clase.

En mi caso concreto, fue la rarita de mi ciclo de grado superior, aunque no hizo falta mirarla dos veces para saber que había sido la rarita del instituto y antes la rarita del colegio y antes la rarita de preescolar.

En cuanto la vi, me enamoré de ella como solo se puede enamorar una de manera platónica de sus amigas cuando la vida la ha hecho tristemente heterosexual.

De entre toda la gente de clase, me pareció no solo la única opción, sino la mejor, porque si algo me ha enseñado la vida es que todo el mundo es raro, pero la mayoría tratamos de esconderlo, así que una persona que te enseña su rareza tan abiertamente es una pequeña bendición.

Yo, por mi parte, soy la persona más aburrida del mundo. Esa es mi rareza.

La gente, cuando me conoce, tiende a pensar que tengo mucho escondido, que soy mucho más de lo que aparento.

No tardan mucho en llevarse el chasco de sus vidas.

Y aunque en mi adolescencia era un tema que me preocupaba y hacía mil cosas para cambiarlo (me apunté a un total de diecisiete extraescolares en seis años, cambié de estilo muchísimas veces y pasé por todas las etapas posibles comprendidas entre emo y pija absoluta), me resultó tan agotador que volví a la casilla de salida y a mi cómoda normalidad insípida.

Si conoces a alguien y te dice que su tiempo libre lo pasa no haciendo nada en particular, ¿qué piensas?

Si te dice que lleva tres años con su novio y no tiene perspectivas ni intención de casarse, ni de tener hijos, ni de hacer literalmente nada más de lo que está haciendo a día de hoy, ¿qué te parece?

Si te dice que trabaja en una oficina registrando facturas y que no cree que la asciendan, pero tampoco que deje el trabajo, porque le da para vivir y no preocuparse demasiado y tampoco es que haya otra cosa que le gustaría hacer, ¿qué opinas?

Pues, la mayoría de la gente, que soy tan normal que de normal aburro y que mejor se van a hablar con otra persona. Si es que hasta a nivel físico soy estándar: pelo castaño, ojos marrones, complexión media, altura media…

Pero la mayoría de la gente no es Filo, claro.

Si a mí me atrajo lo rarita que era el primer día de clase, ella sostiene lo mismo. Que la atraje como una polilla a una lámpara porque, según ella, no hay nadie como yo.

Y para una persona que se siente como salida de una fábrica de «Humano Estándar 001», esta afirmación es tan difícil de creer como… reconfortante, en los días malos.

Así que, aunque es la discusión que más tenemos e incluso se ha llegado a caldear en alguna ocasión, Filo es mi lugar seguro además de mi mejor amiga.

Y, desde hace unos tres meses, también es mi compañera de piso.

—Cariño, ya estoy en casa —vocifero dejando las llaves en la cestita de mimbre que tenemos en la entrada.

No obtengo respuesta, pero eso no significa que esté sola.

Puede ser que mi amiga se haya plantado los cascos enormes de cancelación de sonido que le regalamos las navidades pasadas, o incluso que no los tenga puestos pero esté «en trance», aunque ella lo llama de otra manera que yo por algún motivo nunca soy capaz de recordar.

Ya he aprendido que es mejor no confiarse con esta chica, así que avanzo hacia el salón, que es su hábitat natural, dejando la chaqueta en un perchero que tenemos en medio del pasillo porque no cabía en ningún otro sitio.

Y, efectivamente, en cuanto traspaso la puerta de cristal del siglo pasado me encuentro una escena que a cualquier otra persona se le hubiera hecho, quizá, extraña, pero que para mí forma parte ya de mi día a día: Filo está sentada con las piernas cruzadas y los pies sobre los muslos (yo lo intenté una vez y resulta que mi flexibilidad nivel «viga de metal» no me lo permite), con los ojos cerrados y rodeada de una cantidad de velas que estoy convencida de que debe ser ilegal.

Lo primero que hicimos al mudarnos a la casa de su abuela fue, por supuesto, desactivar los detectores de humo. Y comprar un extintor.

Bueno, dos. Yo tengo otro bajo la cama, pero ella no lo sabe.

—¿Has cambiado otra vez la alfombra?

No me hace falta saludar; si no me oyó cuando entré, se empeñará en que su alma ha reconocido la mía o alguna frase parecida.

—La otra había perdido energía.

Lo dice con los ojos aún cerrados y dejando escapar el aire por la nariz.

Yo me dejo caer en uno de los sofás, a su espalda, como si Filomena fuera un mueble más, y enciendo la tele que tiene enfrente y que fue mi único requisito imprescindible.

El resto de la casa me daba absolutamente igual, pero yo necesito una televisión a la que engancharme cuando vuelvo de trabajar.

Ni siquiera tenía que ser la mejor televisión, ni demasiado grande.

Aceptamos una que regalaba un conocido por Instagram y que tiene una línea negra en la base que a veces hace imposible leer los subtítulos de las series.

—La alfombra antigua está debajo —remarco, estirando los brazos y consiguiendo que me crujan todos los huesos de la espalda.

—Aún le quedaba un poquito.

—Ajá, así que rebañando…

Entonces es cuando se gira para mirarme por primera vez y me saca la lengua.

—¿No habías quedado con Jose hoy?

Suspiro.

—Sí, pero le ha surgido algo.

—¿Algo importante?

—Al parecer, más que yo.

Intento que mi tono no suene demasiado amargado, pero a ella no la puedo engañar. Ha vivido mi relación con Jose desde el principio; no en vano el chico asistía al mismo ciclo que nosotras.

Supongo que, si a tu mejor amiga no le gusta nada tu novio, debería ser una bandera roja criminal, y así fue, al principio.

Jose y yo estuvimos juntos unos meses y, después de tres o cuatro feos y una conversación muy seria con Filomena, le dejé.

Sin embargo, no aguantamos mucho separados. En cuestión de otros tres meses, me dijo que estaba arrepentido de cómo me había tratado, que iba a cambiar, que me echaba muchísimo de menos… Y yo le creí. Hubo algo dentro de mi pecho que me dijo que tenía que confiar, que me lanzara al vacío.

Desde entonces han pasado más de dos años y a veces pienso en ese momento y sigue pareciéndome que no lo viví. Que nunca lo dejamos, que siempre hemos estado juntos. Pero a Filo no le pasa; a ella hay que recordárselo constantemente porque hace un esfuerzo por olvidar que mi novio siquiera existe.

Adorable, y por eso mismo no tengo que fingir que Jose es el mejor novio del mundo: porque ya lo intenté una temporada y no coló.

Así que, si habíamos quedado hoy y me lo ha cancelado en el último momento con una excusa pobre que ya ni le discuto, no tiene sentido disimular y protegerlo.

Es la única ventaja de que ya le caiga fatal.

Así que yo veo la tele sin sonido, sin leer los subtítulos (porque no puedo), y Filo medita, y el silencio nos envuelve mientras el cerebro se me apaga poco a poco. Justo lo que yo quería.