SOLOS LOS DOS #12
después salieron al jardín de la funeraria para quemar el papel moneda en una estufa de hierro, y por último fueron al cementerio, donde su padre se reunió con su madre.
En todos esos sitios Leonard no dejaba de pensar que no estaba dispuesto a morirse y que se acabase todo.
Se sentía más vivo que nunca y le costaba creer que habría un final, que todo el espectáculo de la vida seguiría sin él.
La sepultura de sus padres estaba a la sombra de un arce que ya tenía las hojas rojas; era un sitio tan bonito que la gente iba de pícnic y a montar en bicicleta.
Uno de los guardianes retiró la losa de granito y Leonard depositó la urna de su padre junto a la de su madre.
Cuando se cerró el sepulcro Emily le puso una mano en el hombro: «Quédate el tiempo que necesites», le dijo, y se quedó solo delante de otra lápida con un epitafio que no sabía leer.
Si no hubiera sido por los amigos de sus padres no habría sabido qué hacer durante el funeral la mayor parte del tiempo, pero en ese momento sí lo sabía, ya lo había hecho cuando enterraron a su madre, así que se arrodilló, se inclinó hasta tocar el suelo con la frente y se quedó así,
postrado por el dolor más intenso de su vida.
Lo siento mucho. Lo he intentado, de verdad.
Se enderezó demasiado rápido y se mareó un poco; apenas había comido.
Se inclinó otra vez con un nudo en la garganta, pensando que ojalá hubieran hablado aquel día.
No sé qué hacer.
La segunda vez se enderezó despacio, y vio claramente a su padre dando palmas con los brazos en alto. Entonces agachó la cabeza hasta el suelo por tercera y última vez y se quedó así, con la frente apoyada en la hierba fría, conteniendo las lágrimas.
Por Dios, papá.
Esa noche se tumbaron en la cama exhaustos pero acelerados, ninguno podía dormir. Ya había pasado lo más difícil, y Leonard intentó concentrarse en lo que venía después.
—Ahora la casa es mía —dijo, y esperaba que ella le corrigiese diciendo que era de los dos, pero no lo hizo.
—¿Te vas a mudar aquí?
La idea de vivir en la casa tal y como estaba era impensable, y tampoco se veía haciendo una reforma completa.
—Siempre he intentado alejarme de aquí. No sé si podría volver.
—¿Entonces qué piensas hacer?
—Si la alquilase podría buscar un sitio mejor en la ciudad... —dijo, y al ver que se ponía tensa continuó—: O quizá sería mejor venderla y comprar una en otra parte.
—¿Dónde?
—No sé.
Se quedaron los dos pensando dónde podría ser. O no, quizás ella pensaba en otra cosa, o incluso en otra persona.
—Solo quiero saber una cosa, ¿le amas?
Ella no se inmutó ni se giró, siguió boca arriba mirando al infinito, batiendo las pestañas lánguidamente como alas a cámara lenta. No dijo nada, pero su silencio fue suficiente respuesta.
Años atrás, bajo una luz invernal y pálida que caía sobre el asfalto pintado de lo que habitualmente eran canchas de baloncesto, Leonard y Emily habían recorrido los puestos del mercadillo GreenFlea, situado a la sombra de los edificios bajos del Upper West Side,
con sus escaleras de incendios zigzagueando por las fachadas.
Emily estaba embarazada y ya tenía un poco de tripa, aunque con el chaquetón no se le notaba.
Normalmente los mercadillos le ponían de buen humor; era como buscar tesoros, sobre todo cuando iba con Emily, que tenía buen ojo, aunque ese día se había deprimido un poco imaginándose a su hijo en una cuna usada y en un carrito de segunda mano, al rebufo de las viejas esperanzas de otras parejas.
Entonces vio algo que le sacó de la melancolía: un cuadro con los colores del arcoíris en un círculo de elefantes unidos por la cola y la trompa.
Medía menos de un metro, los elefantes estaban sobre un fondo blanco y tenía el marco dorado.
—¿Qué te parece esto? —le preguntó levantando el cuadro.
Ella parpadeó lentamente con cara de felicidad:
—Es perfecto.
Volvieron a Nueva York al día siguiente.
La universidad de Harvard había organizado un homenaje en el club de la facultad, aunque iba a ser más adelante.
Estaba nublado, pero Leonard prefirió ocultarse tras las gafas de sol.
Cuando pasaban por Park Slope, Emily le dirigió a un edificio antiguo de arenisca rojiza que él nunca había visto.
Por el camino estuvo repasando las cosas que quería decir, lo que había empezado a incubar esa madrugada mientras Emily dormía a su lado, pero no se decidió a empezar hasta que entraron en la I-95:
—Esta mañana he llamado a mi agente, no pienso hacer la segunda prueba.
Le he dicho lo de mi padre para que no se enfadara tanto, o se enfadara menos.
—Se imaginó a su antiguo yo alejándose sobre un témpano de hielo—.
Ya son muchos años y estoy cansado de esa presión, ese agobio, ¿sabes?
No he conseguido hacer felices a mis padres ni hacerte feliz a ti, y no sabría decir si yo he sido feliz, pero ahora he comprendido que no tengo por qué seguir, que si lo dejo no se acaba el mundo, y es lo que voy a hacer.
Lo he dado todo, he hecho cosas bastante decentes y me conformo con eso.
Ya no tengo que demostrar nada, ni nadie a quien demostrárselo.
—Esa parte no era verdad, siempre había querido demostrárselo a ella—.
Vale, no he conseguido todo lo que quería, pero aún hay tiempo para otras cosas.
Siento mucho no haber recurrido otra vez a mi padre cuando perdimos el bebé, y siento mucho que no siguiéramos intentándolo.
Pero lo podemos hacer ahora, cuarenta y dos años no es demasiado tarde.
Podemos vender la casa y gastarnos hasta el último dólar si hace falta.
Incluso en el peor de los casos, yo seguiré en mis cabales unos cuantos años.
El bebé me conocerá, y te juro que yo lo reconoceré.
—De eso estaba totalmente convencido—. Hasta nos podría dar tiempo a tener más de uno, o a lo mejor incluso tenemos gemelos, o trillizos, eso funciona así, ¿no?
Muchas veces no viene uno solo. Todavía tenemos tiempo para hacer las paces.
Leonard seguía con los ojos fijos en la carretera, pero en ese momento se atrevió a mirar. Emily se estaba secando las lágrimas con el dorso de las manos, y una vez más se preguntó por qué lloraría.
Dejó el coche en la agencia de Times Square y luego cogió la línea N para ir a Chinatown.
Al salir de la estación se dirigió a Elizabeth Street y entró en un restaurante barato, de esos con manteles de papel fino y resbaladizo.
Podía ser el sitio donde había cenado con Emily la primera noche en la ciudad, pero la verdad era que no se acordaba.
Pidió en inglés, señalando el menú. Un cuenco de congee con carne de cerdo y huevo centenario, un desayuno tradicional, comida casera.
Cuando lo probó distraídamente le transportó a la infancia, quizá por el huevo, una delicia de color marrón con la yema negra y olor azufrado.
Se acordó de cuando le llamaban para cenar, de pequeño le encantaba ese momento y bajaba corriendo a ver qué habían preparado sus padres.