Solos los dos SOLOS LOS DOS #13
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SOLOS LOS DOS #13

Él se encargaba de servir el arroz de una arrocera Tatung de color verde; la tapa traqueteaba al salir el vapor, y tenía un cierre que saltaba cuando el arroz estaba hecho.

Hacía años que no se acordaba de esas cosas, pero lo revivió todo de repente.

Su madre acababa de ingresar en la residencia, y había ido con Emily a Cambridge para ayudar a su padre, que quería ordenar sus cosas.

Entre los «Kandinskys» de su madre vio dos que le gustaban y cuando dijo que se los llevaba, su padre saltó como un resorte: «¿Por qué no te gustan sus cuadros buenos?»

, le preguntó con los ojos rojos, queriendo decir en realidad «¿Por qué no puedes ser más chino?»

, y en aquel momento eso le molestó, pero había comprendido que su padre tenía razón.

Llevaba toda la vida actuando y toda la vida olvidando.

Dos días después de volver a la ciudad, Leonard estaba en la cocina cortando un aguacate; ya lo había abierto a lo largo, así que apretó un poco la mitad que tenía el hueso para aflojarlo y lo desprendió empujando con una cuchara.

Estaba en su punto y el hueso salió limpiamente, dejando una marca semiesférica perfecta.

Luego separó la carne de la piel metiendo poco a poco la cuchara, colocó las dos mitades como tortugas sobre la tabla y las troceó sin esfuerzo con el cuchillo.

Pensó que era maravilloso estar vivo, poder pensar.

Se sentía más optimista desde que había vuelto de Cambridge.

Las pequeñas lagunas que había tenido en la obra quizá no significaban nada, todo actor olvidaba sus líneas alguna vez y seguramente ya le había pasado antes.

Lo del café ardiendo sería porque tenía la cabeza en otras cosas, estaba muy dolido —todavía lo estaba—, y el dolor provoca extrañas calamidades.

Si alguien le hubiera preguntado, habría dicho que le quedaban al menos otros cuarenta y ocho años.

Mientras echaba los cuadraditos de aguacate en un cuenco sonó un zumbido en su teléfono.

—Tenías razón! Ryan G está loco por mí!!!

Le entró la risa; tenía las manos sucias y escribió con el meñique:

—Te lo dije.

—Ya te lo contaré cuando nos veamos.

Sophie le había escrito el día anterior diciendo que había encontrado un apartamento.

Estaba decidida a triunfar en Nueva York, y le había dado tanta pena como envidia.

Le habría gustado ser joven otra vez, tener la vida entera por delante.

En los últimos veinte años se había empezado a reconocer a los actores como ellos, no era un cambio radical pero se iba notando.

Ella aún tenía una oportunidad, y le deseaba buena suerte de todo corazón.

—¿Dónde? —le preguntó.

—Wash Heights.

Él respondió con el emoji asombrado.

—¿Quedamos para cenar? Somos vecinos!!! —le había propuesto ella.

Leonard se había pasado la mañana arrodillado, limpiando a fondo el apartamento.

Era como un ritual que repetía todos los años después del caos de la temporada.

Por la tarde fue a comprar cosas para la cena, quería preparar un plato nuevo: tostones con ensalada de gambas y aguacate.

Había ido a Little Senegal para comprar los plátanos macho, y luego hasta Dorian’s para comprar las gambas.

Quedaba un poco lejos, pero le apetecía hacer esas extravagancias, así podía presumir.

Estaba encantado de tener una cita otra vez.

Mezcló el aguacate con las gambas, añadió tomate, cebolla roja, cilantro, jalapeños y zumo de lima, lo removió y lo metió en la nevera.

Justo cuando estaba clavando la punta del cuchillo en un plátano verde oyó que alguien llegaba hasta la puerta.

No había echado la llave, pero ella tuvo la discreción de llamar.

Abrió la puerta y allí estaba su chica.

—Hola, Em.

Unos días después estaban esperando en la consulta de su médico de cabecera, en la calle 147 Oeste. Leonard sabía que lo primero que querría hacer el médico era una resonancia magnética, y que luego quizá le remitiría a un neurólogo, así que no esperaba un diagnóstico inmediato.

—Mira quién se ha separado. —Emily le enseñó una revista de la semana anterior.

Era una pareja de cantantes, ella acababa de doblar una película de Disney, y él tenía un grupo de country alternativo que les gustaba a los dos.

—Es una lástima —dijo él.

—La fama —repuso ella con tristeza.

Esa semana habían quedado dos veces para cenar, la primera en el apartamento y la segunda en Harlem, en el Ponty Bistro, donde habían compartido una gran ensalada nizarda, él sentado en una silla y Emily en el banco acolchado con respaldo de capitoné.

Esas dos noches habían dormido juntos. Emily no había hecho ningún comentario sobre el tipo con quien había estado ni parecía tener curiosidad por averiguar cómo lo sabía.

Sobre su propuesta tampoco había dicho nada de momento, aunque eso le daba igual: confiaba en que no tardarían en visitar otro tipo de clínicas, y sabía que ella estaba haciendo tiempo.

De pronto se abrió una puerta y apareció una enfermera muy corpulenta que preguntó mirando alrededor:

—¿Leonard Xiao?

Se levantó y empezó a dirigirse hacia ella, y estaba casi en la puerta cuando se dio cuenta de que iba solo. Se volvió de golpe, presa del pánico. ¿No iba a entrar con él?

Cuando Emily vio su expresión confundida, sonrió.

—No te preocupes —dijo—. Estaré justo aquí.