SOLOS LOS DOS #11
En la cocina se fijó en el grifo del fregadero: los pomos de cristal con las letras H y C en caligrafía antigua eran los mismos que recordaba de la infancia; goteaba un poco y lo cerró.
Luego subió a los dormitorios; el piso de arriba tenía el techo abuhardillado y había que agacharse en la zona de la cama.
En el umbral del dormitorio principal se detuvo: allí habían encontrado a su padre, con la camisa a medio abrochar.
Se preguntó en qué estaría pensando mientras se preparaba para empezar el día, y qué pensaría luego tumbado en el suelo, viendo el mundo al revés.
El despacho de su padre lo dejó para el final; estaba en la planta baja, con las contraventanas cerradas como si fuese invierno.
De pequeño tenía prohibido entrar cuando su padre no estaba, y todavía sentía cierta reticencia infantil.
Había libros en todas las estanterías menos en una, dedicada a las medallas, placas y trofeos que había ganado Leonard en el colegio.
Detrás de su escritorio colgaba un póster con un átomo y una frase: «No te fíes de los electrones: siempre tienen carga».
Cuando estaba en secundaria, su padre intentaba despertar su interés por la física llevándole a ver toda clase de demostraciones con aceleradores de partículas y cámaras de chispas, aunque fue en vano porque Leonard ya había empezado a soñar con otros trofeos para la estantería:
la estatuilla dorada de una mujer alada levantando un átomo, e incluso la de un hombre sujetando una espada sobre un rollo de película.
Pero no lo había conseguido, y ya era demasiado tarde.
Más o menos cada hora sonaba un tono en su móvil y en la pantalla parpadeaba un círculo junto al nombre de una ciudad: New Haven, Hartford, Worchester...
Faltaba poco para el mediodía, y se acababa de sentar en los escalones del porche cuando un deportivo compacto de color rojo dobló la esquina de la calle.
Debía ir a treinta, como mucho a cuarenta, pero en esa calle residencial tan tranquila parecía un bólido.
Con un traqueteo, giro hacia el camino del garaje, donde se detuvo casi al mismo tiempo que Emily abría la puerta y echaba a correr.
No había tantas cosas que resolver como Leonard se había imaginado.
Se había pasado la mañana llamando por teléfono a los allegados, incluyendo a Bex y Tío Leung, que iba a ir después, pero resultó que su padre había dejado todo dispuesto de antemano.
Sabía que era un hombre previsor, y le pareció una delicadeza por su parte, pero se imaginó que también lo había hecho porque Leonard no tenía dinero para el tipo de funeral que él quería.
Así que permaneció sentado con Emily en el invernadero, donde el tiempo adquirió una cualidad elástica.
Le parecía increíble que se hubieran visto la noche anterior, tenía la sensación de que fue mucho antes, pero también le parecía increíble estar con ella otra vez, y nada menos que en casa de sus padres, aunque llevaba veinte años yendo allí con él.
—¿Te acuerdas de la primera vez que vinimos? —le preguntó.
—Dios, me moría de los nervios.
—Ya, pero mis padres estaban encantados contigo. Eras tan... atenta. Los llamabas señor y señora Xiao, y después de la boda pasaste a «mamá» y «papá», al estilo chino, y esas chorradas les importaban mucho.
Ella se echó a reír apretando las rodillas contra el pecho.
—¿Te he hablado alguna vez de Charlie Simpson?
—Leonard se acordó de repente—. Un amigo que tenía de pequeño que vivía un poco más abajo.
Su madre murió cuando teníamos diez años.
De cáncer, creo. Bueno, pues unos días después vino a jugar conmigo y mi madre le dijo que se fuese a su casa, y que no podía volver hasta que pasaran siete semanas.
Emily enarcó las cejas poniendo cara de lástima.
—Ya, qué historia, ¿verdad? Incluso entonces me pareció una crueldad. A ver, solo era un niño, y el pobre acababa de perder a su madre. Pero esas chorradas también les importaban mucho.
—¿Qué dijo tu padre?
—Nada.
—¿Cómo es posible que fuese tan supersticioso siendo físico?
—Otro de los misterios del universo. Después de eso, Charlie y yo perdimos la amistad.
Pensó que quizá había sido el cúmulo de experiencias como esas lo que le había decidido no ser como sus padres. Aunque quizás, si le hubieran importado esas cosas, habría tenido mejor suerte.
Tío Leung y otros amigos de sus padres llegaron a primera hora de la tarde para ayudar con los preparativos.
Los hombres eran del estilo de su padre, amigos de la universidad o del ejército cuyas familias también habían tenido la suerte de cruzar el estrecho de Taiwán durante los últimos días de la guerra civil china.
Leonard los conocía de toda la vida; de pequeño se quedaba dormido en sus casas con el repiqueteo de las fichas de mah-jong, que sonaba como la lluvia.
Todos tenían ganas de hablar, y se mostraron muy amables y cariñosos con Emily, que también los conocía desde hacía mucho, aunque sintió un gran alivio cuando se marcharon.
Más tarde fueron a dejar el coche que había alquilado Emily, y cuando volvían en el suyo le dijo:
—Me alegro de que tu padre tuviera tan buenos amigos.
Estaba claro lo que quería decir, pero él se dejó llevar por el rencor:
—¿Sabes quiénes son? Esos son los que siempre preguntaban por mí, y no porque les importase, sino para poder presumir de sus propios hijos: «Nuestro hijo se acaba de comprar una casa», «Nuestra hija nos ha comprado una casa»... Esas eran las personas cuyos sentimientos les importaban a mis padres.
Leonard no apartó los ojos de la carretera, pero notó que ella le miraba con suspicacia y que se había dado cuenta de ese cambio tristemente familiar.
Por la noche, después de cenar algo de lo que habían llevado los amigos de sus padres, sacó una manta y almohadas para hacer la cama en el sofá.
—Vaya, Len. —dijo, con una mueca de resignación
—¿Qué pasa? ¿Has cogido un hotel? —le preguntó molesto.
—No, claro que no. Pero no hacía falta.
—Ya está, no importa —le contestó lacónicamente.
—Duermo yo aquí —dijo Emily al ver que se sentaba en el brazo del sofá.
—Tú puedes dormir arriba.
—No, de verdad, duermo aquí —insistió mientras se tapaba con la manta hasta el cuello. Parecía nerviosa, como si temiera que él intentase algo.
—Buenas noches, Em.
Subió a su antigua habitación arrastrando los pies y se tumbó en la oscuridad sintiendo su presencia, consciente de que estaban bajo el mismo techo por primera vez desde hacía meses, aunque tampoco le sirvió de mucho.
Los ruidos de la casa por la noche resucitaron los recuerdos, las tensiones y las broncas del pasado:
—¡Vosotros solo queréis una vida fácil!
—Por Dios, papá, ¿crees que nuestra vida es fácil?
Al cabo de un rato unos pasos crujieron en las escaleras y se detuvieron delante de su puerta.
Podía sentir a Emily al otro lado, intentando captar el sonido de su respiración, y pensó en llamarla, pero decidió esperar a que ella lo hiciese primero.
Luego notó un leve desplazamiento de peso, el inicio imperceptible de una vuelta atrás, y se incorporó apartando las mantas, dispuesto a saltar.
Pero entonces, sin llamar, se abrió la puerta y Emily fue hacia él.
No sabía por qué ni cómo interpretarlo. No lo sabía ni le importaba.
Si era por compasión, aflicción, remordimiento o costumbre… cualquier motivo bastaba.
Por la mañana estuvieron callados y tristes con la perspectiva del entierro. Necesitaban coger fuerzas y se sentaron a desayunar en el invernadero. A la luz del día Leonard se preguntaba si lo que había ocurrido la noche anterior también sería una especie de punto final en su vida.
Al cabo de un rato sonó un zumbido en su teléfono. Era un mensaje muy cariñoso de Bex, que además le enviaba una foto del saludo final de la función. Se sintió raro, no había pensado en la función de la noche anterior, en que representarían la obra sin él. Entonces recibió una llamada.
—¡Quieren que hagas otra prueba! ¡Has clavado la prueba de cámara! —gritó Mackenzie—. La directora de casting estaba encantada, y ahora quiere que lo hagas exactamente igual para el director y los productores. No es por presionarte, pero esto podría ser la bomba. Para ti y para mí.
Su voz estridente le taladró los oídos. No le dijo donde estaba ni lo que había ocurrido, y trató de no pensar en lo que tendría que visualizar para interpretar la escena exactamente igual.
Sin embargo, no pudo evitar el subidón habitual: quizá no estuviera en condiciones de memorizar setecientas líneas para el teatro, pero todavía era capaz de repetir unas cuantas cada vez.
—¿Quién era?
Lo exageró intentando dar a entender que no se trataba de otro tanteo más, que podía ser su gran oportunidad, pero ella torció el gesto y aquel último y largo día le volvió a la memoria. Entonces comprendió que no habían superado sus diferencias y el tiempo no había solucionado nada.
Fue a la cocina a prepararse otro café, y se imaginó su frustración flotando hacia la cafetera italiana hasta que borboteó con fuerza. Luego volvió con la taza al invernadero y le dio un sorbo distraídamente.
—¡Ay, joder!
—Qué ganso —dijo ella sonriendo.
Al apoyar la lengua en la quemadura notó la piel levantada en el interior del labio.
—No tiene gracia.
—Es que no aprendes, ya van dos.
—¿Pero qué dices?
—Que ya te has quemado antes.
—¿Cuándo?
—¡Con el primer café!
—¿Me había quemado ya? —le preguntó alarmado.
Ella se quedó mirándole con recelo:
—No te hagas el tonto.
—No es eso.
Ella se enderezó; había vivido situaciones parecidas con su madre y conocía los síntomas.
—Len, ¿qué te pasa?
—No lo sé.
—¿Has ido al médico?
—Pensaba ir al terminar la obra.
—¿Se te estaban olvidando las frases?
Él no contestó; ya se daría cuenta sola.
—Ahora mismo pido cita —dijo ella levantándose.
Fue un día muy largo: primero estuvieron en el crematorio rodeados de coronas de flores con cintas blancas de condolencia, luego en la sala del altar de la única funeraria china de Boston, donde la urna con la foto de su padre reposaba en una mesa llena de comida y ofrendas de papel moneda;