Solos los dos SOLOS LOS DOS #10
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SOLOS LOS DOS #10

—La que no olvidaría algo así soy yo. Me acuerdo muy bien, y ya no sabía cómo decírtelo porque no me escuchabas. Siempre estabas pensando en tu carrera.

—¿Y?

—¡Que hemos esperado demasiado!

Era lo que se temía y siempre había sospechado: que le echase la culpa a él, pero no sabía hasta qué punto.

—¿Y estabas pensando en eso mientras alternabas con Salma Hayek y Ed Norton?

—¿Crees que lo de aquella noche me importaba más?

Se sintió humillado y tardó un poco en responder:

—¿Cómo lo íbamos a hacer? No teníamos seguro médico.

—Podrías haber pedido ayuda a tu padre.

—Ya lo hice.

—¿Y después? ¿Cuando todavía necesitábamos ayuda? ¿Cuando todavía teníamos alguna posibilidad?

—Sabes perfectamente que después ya no podía.

Ella cerró los ojos, respiró hondo y se tranquilizó.

—Te quiero Len, pero voy a dejar la interpretación. No puedo seguir viviendo así, y todavía puedo hacer otras cosas.

—Solo necesito un poco más de tiempo.

—Len, llevamos años hablando de esto y estoy más que harta. Se acabó, me largo. Aparte de no haberlo conseguido, lo peor es ver cómo tú...

Siguieron así hasta la noche, sin molestarse en comer ni encender las luces, y la oscuridad fue como un bálsamo.

Él se acercó a la ventana en algún momento y miró hacia el puente de George Washington; los dos pisos estaban iluminados y el tráfico se veía como dos ríos de luz, uno rojo y otro blanco.

Se acordó del viaje desde Los Angeles; habían cruzado el país por el norte, pasando por Las Vegas, Denver, Chicago y Cleveland, y empezaba a amanecer cuando llegaron.

La despertó en cuanto salieron de la zona industrial junto a la autopista de peaje de New Jersey, y al cruzar el puente lo celebraron vitoreando y aporreando el salpicadero; el parque de Fort Washington se veía tan verde y limpio como si fuese nuevo.

De eso hacía dieciséis años, y a esas alturas no podía evitar preguntarse si habría desaprovechado la vida empeñándolo todo por un sueño de juventud.

A lo mejor Emily tenía razón, quizá era hora de dejarlo, de admitir que él no era especial, solo un tipo como miles de millones más.

Pero cuando pensó en unirse al río de luces rojas que salía de la ciudad fue incapaz de imaginarse abandonando después de tanto tiempo: su momento aún estaba por llegar.

Se acostaron tarde, estuvieron a punto de hacer las paces. En algún momento de la noche ella se arrimó con las mejillas húmedas, y por la mañana ya no estaba.

—¿Entonces estudiaste arte dramático en Chicago?

Su extraño sentido del deber le había llevado a él y a Sophie a dos manzanas hacia el este, hasta Jimmy’s Corner, el único sitio decente para tomar una copa en Times Square.

Las luces de Navidad dulcificaban el ambiente de fotos de boxeo y billetes de un dólar pinchados en la pared.

A Sophie le gustó y con eso ganó puntos.

—En realidad estudié marketing y fui a la misma universidad que mi padre —le explicó Leonard—.

El teatro era la única manera de salir de Harvard, y me apuntaba a todos los cursos que podía.

Después de la universidad estuve unos años en una empresa, aunque lo odiaba, claro.

Entonces me enteré de que la Central iba a hacer audiciones.

—¿La Central?

—La Royal Central School of Speech and Drama de Londres. Ese año las audiciones en Estados Unidos eran en Chicago, así que decidí probar suerte.

Después de tanto empeño en tomar algo con él, le sorprendió que Sophie no dejase de mirar el móvil que había dejado en la barra.

Cada dos por tres lo agarraba para escribir con los pulgares a una velocidad endemoniada, y acto seguido se disculpaba como un acto reflejo, sin arrepentirse.

Esas cosas le irritaban, sobre todo porque en realidad no le apetecía estar allí, al menos no con ella.

Intentó beberse rápido la cerveza, pero se sintió mejor en cuanto le dio un par de tragos.

Era sábado por la noche y el local estaba lleno, se hablaban al oído gritando, tocándose con los hombros.

Eso era lo bueno de un bar abarrotado: podías estar en tu pequeño mundo rodeado de una multitud.

Cada vez que se inclinaba para hablar notaba su cercanía, su presencia, y en realidad no le importó cuando ella empezó a rozarle la rodilla. Decidieron pedir otra ronda.

—¿Sabes quién está enamorado de ti? —le dijo maliciosamente algo después.

Sophie le miró con los ojos como platos:

—¿Quién?

—¡Ryan Gushiken!

Le dio un puñetazo en el hombro.

—¡Anda ya!

Llevaban ya varias cervezas cuando sonó su propio teléfono, y fue un milagro que lo oyese entre todo aquel alboroto.

Pensó que sería Emily, era la única que le llamaría a esas horas, y sintió una punzada de arrepentimiento y euforia, aunque le duró poco.

Era un número con el prefijo 617 de Massachusets, no era su padre y consideró ignorarlo, pero al final se tapó la otra oreja y contestó.

Un hombre se presentó como Tío Leung, y sin darle tiempo a hacer memoria le dijo:

—Leonard, se trata de tu padre.

El viaje a Cambridge transcurrió entre la penumbra y el sopor, con la autopista convertida en un campo de tenues estrellas rojas.

La carretera se desplegaba de forma hipnótica, con una línea discontinua amarilla a un lado y una línea blanca infinita al otro.

Leonard tomaba los desvíos sin pensar, en piloto automático, y se sorprendió al verse en el túnel de Mass Pike sin saber cómo había llegado hasta allí.

En cuanto colgó el teléfono había salido del bar para llamar a Emily, y ni siquiera se lo pensó después de meses sin decidirse.

Sin embargo, no había contestado —se la imaginó girándose en la cama, silenciando el teléfono y girándose otra vez hacia su amante—, y le había dejado un mensaje que solo decía que le llamase inmediatamente; no le podía dar así la noticia.

Sophie había salido en ese momento, pero no quería decírselo antes que a Emily.

Solo se disculpó: «Lo siento, tengo que ir a Cambridge», y ella asintió sin decir nada, con cara de circunstancias.

Había visto a su padre esa misma semana, cuando fue a ver Lear.

Aunque su padre no solía decir nada sobre sus obras —y Leonard nunca había tenido claro si sería por discrepancia, indiferencia o ignorancia—, todos los años se sentaba en primera fila la noche del estreno.

Después de la función habían salido de copas con los actores y los técnicos, su padre se atizó unas cuantas copas y se divirtieron mucho, estaba muy gracioso borracho.

Por la mañana se levantó temprano y estuvo haciendo sus estiramientos mientras Leonard intentaba seguir durmiendo la mona.

«Me voy», le dijo antes de marcharse, y él le respondió tapándose los ojos con un brazo: «Vale, papá. Nos vemos».

Su padre siguió un rato ahí, Leonard sentía su presencia y se imaginaba su expresión —tenía el rostro alargado y las orejas también largas, como un Buda— al verle tirado en el sofá, con casi cincuenta años, resacoso, sin hijos, todavía intentando salir adelante y encima a punto de divorciarse.

Se dio cuenta de que su padre quería hablar, pero él no estaba dispuesto a abrir los ojos, y luego escuchó que la puerta se cerraba suavemente.

Cuando le dijo que iban a tener un niño se había puesto contentísimo. Estaban sentados en un banco, en el jardín de la residencia de su madre, y su padre empezó a dar palmas levantando los brazos por encima de la cabeza.

—El único problema es que Emily y yo nos hemos quedado sin seguro médico —le dijo avergonzado.

Esperaba un sermón, pero su padre le tocó el pecho amagando un puñetazo juguetón, como hacía cuando Leonard era pequeño.

—Lo que haga falta.

Antes de ir al Charles, paró en un motel y cogió una habitación.

Se dio cuenta de que lo que necesitaba era algún gran derroche de energía para sentirse menos impotente —alquilar un coche, salir apresuradamente, conducir hasta la madrugada—, pero no tenía fuerzas para enfrentarse a lo que le esperaba.

No llevaba nada, había salido directamente después de alquilar el coche en Enterprise, un poco más abajo del Jimmy’s, así que se lavó los dientes con el dedo bajo el fluorescente del cuarto de baño.

Olía a cañerías, y entre los azulejos había algunas manchas de moho del mismo color verde que la moqueta de la habitación.

No descorrió las cortinas, y seguía allí a oscuras cuando Emily le llamó por la mañana.

—Anoche ya estaba durmiendo —le dijo.

Cuando le dio la noticia, se quedó callada unos instantes antes de responder:

—Enseguida voy.

Leonard no era consciente de cuánto necesitaba escuchar esas palabras hasta que las dijo. Cuando colgó, se imaginó a su padre regañándole por tener que encargarse de lo que él era incapaz de hacer: conseguir que Emily fuese hacia él.

Al llegar a la casa de West Cambridge aparcó en el camino del garaje y se quedó sentado en el coche.

Era una de las típicas casas de Nueva Inglaterra, pintada de blanco con las contraventanas verdes y dos pequeños buhardillones, un garaje adosado a un lado y un invernadero al otro, donde su madre solía pintar.

Durante décadas había sido el estudio más organizado del mundo, con los pliegos de papel apilados como masa de hojaldre, pero los últimos años le había dado por la abstracción y con la demencia sus lienzos ocupaban toda la habitación en largas filas, como rebanadas de pan.

Su padre y él habían ordenado sus cosas y tirado muchas de ellas bastante antes de que falleciese, pero su muerte no le había preparado para asumir aquello.

Su madre se había consumido lentamente y el final de su agonía llegó como una bendición, mientras que la muerte de su padre era un mazazo.

Cuando por fin se acercó a la casa y abrió la puerta notó el rastro de un olor repugnante flotando, algo más allá del tufillo de la vejez.

Su padre estaba jubilado; llevaba diez años sin clases, reuniones ni investigación, únicamente dedicado a visitar a su madre en la residencia y a pasar el tiempo con sus amigos.

Cuando no apareció para su partida semanal de mah-jong, y como no cogía el teléfono, fueron a ver qué le pasaba.

Leonard empezó a recorrer la casa, que ya parecía un museo, y fue abriendo las ventanas de todas las habitaciones.