SOLOS LOS DOS #9
En cuanto pisaron la calle vio a la persona que esperaba haber visto en el teatro; parecía estar posando para una foto junto a un árbol rodeado por una pequeña valla de hierro.
En lugar de entretenerse con el teléfono y aparentar indiferencia estaba allí plantada, con los pies juntos y las manos en los bolsillos, esperándole imperturbable.
Esa era una de las cosas que más le gustaban de ella, lo sencilla que podía ser.
—Emily.
Ella no dijo nada, solo sonrió y se inclinó un poco cruzando un pie delante del otro. Llevaba unos pantalones negros y una blusa estampada tan fina que se le transparentaba la camiseta.
—¿Has venido a la función?
Ella movió la cabeza asintiendo.
—No te he visto.
—Estaba al fondo.
—No ha sido mi mejor noche.
Ella sonrió con dulzura, comprensiva.
—Has estado magnífico. Y tú también.
De pronto se acordó de Sophie, que estaba a su lado con cara de mal humor. Las presentó apresuradamente —estuvo a punto de decir que era su esposa— y observó a Emily mientras alargaba la mano sin inmutarse. Siempre había tenido bastante aplomo, pero le dolió ver que no parecía molesta en absoluto.
—¿Cómo te va?
—Bien.
—Pensábamos ir a tomar algo, ¿te vienes?
Sophie torció el gesto, y entonces Emily le miró inquisitivamente por primera vez. Al ver que ya sospechaba estuvo a punto de decir: «¡No es lo que tú piensas!».
—No, id vosotros. Solo quería decirte que me ha gustado mucho la obra.
Estaba tan guapa como de costumbre; siempre había sido dulce y de ojos vivaces, pero de joven era tan ingenua que a veces resultaba empalagosa; ahora esa inocencia se había ido.
Pensó en disculparse con Sophie y decirle que lo dejasen para otro día, pero no quería hacerle un feo ni parecer patético.
Sobre todo, temía que Emily dijera que esa noche no podía, aunque Sophie se marchase.
—Bueno, pues otro día.
—Otro día.
Mientras Emily se giraba, le miró insinuando media sonrisa y frunció el ceño un instante con una expresión de desaprobación socarrona que decía: «Un poco joven para ti, ¿no?», y él lo entendió, volvió a sentir la telepatía. Eso le animó un poco, aunque luego ella se marchara sin mirar atrás.
Seis meses antes, Leonard se había instalado en la cocina para comparar las versiones de Lear en las ediciones de Oxford y Riverside, y las dos tenían la letra tan pequeña que no había tenido más remedio que comprarse unas gafas para leer.
Ese día hacía mucho calor y Emily le había propuesto dar un paseo junto al río, pero él le había dicho que quería trabajar y ella se había ido a la habitación.
Un buen rato después volvió a salir:
—¿Podemos hablar?
—¿No podemos dejarlo para luego? Creo que he descubierto algo —respondió sin levantar la cabeza.
—No, Len, no podemos.
Llevaba una camiseta escotada y pantalones de chándal, y tenía los ojos rojos como si hubiera estado llorando.
—¿Qué te pasa? —le preguntó quitándose las gafas.
—Estoy cansada, Len. Cansada de todo esto.
Un viejo y familiar compás. Se le quitó un peso de encima.
—Es lo que dices siempre.
—En serio, no puedo seguir así.
La semana anterior había hecho la última prueba para una serie nueva y había estado magnífica, les había gustado mucho a todos, pero al final no le habían dado el papel.
Era lo mismo que le había pasado en Los Ángeles, que entonces le parecía su última oportunidad, así que Leonard se podía imaginar cómo se sentía ahora.
Él nunca había entendido por qué no triunfaba, por qué no se había hecho tan famosa como las actrices mediocres a las que solía sustituir.
Siempre había tenido mucho talento, podía hacer todo lo que hacían ellas, pero su carrera no cogía impulso.
—Casi te dan el papel. No es tarde…
—¡Para mí es demasiado tarde! Tengo cuarenta y dos, Len. Las mujeres no saltan a la fama a los cuarenta y dos.
Cuando le dieron el papel de Honey parecía que conseguir buenos papeles era una cuestión de madurez, pero a esas alturas parecía que el tiempo empezaba a correr en su contra y los buenos papeles se le escapaban.
Poco a poco, Emily había ido dejando de interpretar a jóvenes románticas y se había centrado en los papeles de madre y ama de casa de mediana edad, aunque cada año le salían menos cosas.
Para rellenar los huecos aceptaba más trabajos como doble de luces y daba más clases en la YMCA.
—¿Qué piensas hacer?
—Cualquier otra cosa.
Él no quería entrar en el tema, tenía que leer Lear y solicitar subvenciones, y estaba seguro de que pronto pasaría la tormenta, como ocurría siempre.
—Bueno, si es lo que quieres —dijo, y se volvió a poner las gafas.
—No, Len, no lo entiendes. —Emily se sentó en la otra silla y le agarró las manos inclinándose sobre la mesa—. Ya va siendo hora. Para los dos.
Él notó el cambio de actitud; hacía tiempo que lo veía venir y en parte se sintió aliviado, como si alguien hubiera alzado una bandera blanca y por fin pudiera salir de las trincheras.
Pero inmediatamente sintió un brote de ira, y también el esfuerzo por dominarse.
A través de las gafas la veía borrosa, y tuvo que mirar por encima.
—¿Qué quieres decir?
—Estoy harta de perseguir un sueño imposible.
—Deberíamos esperar un poquito más —le dijo quitando las manos.
—Tú siempre igual. ¿Cuánto tiempo vamos a seguir esperando? Ya son veinte años, y no me mires así, Len. No dirás que no lo he intentado. Lo he dado todo, he renunciado a todo. ¿Qué más quieres de mí?
—¿Qué pasa con la compañía?
—A lo mejor es el momento de traspasarla —le dijo suavemente—. Ahora tienes un teatro. Pueden encontrar a otra persona.
La Asian American Shakespeare Company. Aparte del nombre, que sonaba importante, no estaba seguro de que fuese algo tan extraordinario.
Tenían un teatro minúsculo donde solo representaban una obra al año, y además hacían pocas funciones.
Desde luego había ayudado a unos cuantos actores, pero a él no le había servido para llegar a Broadway, a la televisión ni a la gran pantalla.
Tampoco era una fuente de ingresos, solo daba para pagar a los actores y mantenerse a flote, pero aun así seguía creyendo en lo que hacía.
Un par de años antes, la Women’s Shakespeare Company de Los Ángeles había bajado el telón definitivamente después de veinte años, pero la African-American Shakespeare Company se había convertido en una institución, y él aspiraba a conseguir algo así.
—Estamos progresando. Puede llegar a ser algo.
—Ya es algo.
—Podría ser más que algo.
—Puede serlo incluso sin ti —replicó ella, y con eso renacieron sus viejas sospechas.
—Nunca te ha gustado la compañía, ¿verdad?
—¿Cómo puedes decir eso? —protestó dolida.
—Siempre has tenido sentimientos encontrados con ella.
—¿Cuántas veces me he sacado el certificado de prevención de riesgos? ¿Cuántas veces hemos tenido invitados instalados en el sofá?
—Vale, has hecho tu parte y…
—Sí, yo he hecho mi parte. Dios, eres increíble.
Se quedaron cavilando sombríos hasta que ella se acercó a él, se sentó en su regazo y le abrazó ofreciéndole otro enfoque:
—Tú siempre serás el fundador. Siempre será tu legado. Ya sé que es difícil, Len. Para mí también lo es. Pero tú ya has tenido éxito, has actuado en teatros de Londres, Los Ángeles y Nueva York. No hay mucha gente que pueda decir eso.
—Pensaba que conseguiría ser… más.
—Tú lo has tenido más difícil que la mayoría. Los dos sabemos por qué, pero escúchame —le rodeó la cara con las manos— todo eso ya me da igual. Míranos, aquí seguimos los dos. Es lo único que importa.
—¿Pero qué voy a hacer entonces?
Ella esperó un instante para que la respuesta pareciese menos ensayada:
—Si yo tuviera un máster, daría clases.
Le había estado animando discretamente a sacarse el diploma con el que podría dar clases a tiempo completo. Conocían a varios actores que habían dado el salto del mundo del teatro al mundo académico, que apenas le iba a la zaga en futilidad.
—Hay montones de ciudades universitarias —continuó—, y seguro que todas tienen al menos un teatro, por si se te antoja.
Así que además quería marcharse de Nueva York.
Por amor a ella intentó imaginarse viviendo en un sitio donde pudieran hacer senderismo más a menudo, como solían, y donde ella pudiera tener el jardín del que siempre hablaba.
Un sitio donde el aire oliera a riachuelos tranquilos y humo de leña, donde los estudiantes volverían cada otoño con nuevas energías y donde él podría descansar en verano, quizá en una hamaca en su propio jardín, mientras su plan de pensiones seguía engordando.
Y la idea le gustó, pero luego se acordó de su padre, que después de tanto tiempo todavía le sermoneaba —«¿Cuándo te lo tomarás en serio?»
—, y pensó en las noches de verano en Nueva York, en las noches de invierno, en la vitalidad que palpitaba por todas partes.
—No puedo.
Ella le miró fijamente, y fue raro estando tan cerca. Entonces se levantó de su regazo, se sentó en el sofá, y se pasó las manos por el pelo.
—A mí también me encanta interpretar. Me salvó la vida, pero no es lo único a lo que aspiraba.
Él notó el peligro y se preparó.
—Ya lo intentamos.
—¿Ah, sí?
Cuando perdieron al bebé consiguieron evitar las recriminaciones, y con ello seguramente la separación. Pero habían pasado seis años y las heridas ya habían cicatrizado.
—Y lo volvimos a intentar.
—Hablo de antes.
Él suspiró antes de responder:
—Antes estábamos de acuerdo, no teníamos seguro médico y…
—Digo antes de eso.
—¿De qué estás hablando?
—Yo quería tener niños mucho antes de venir a Nueva York.
Él resopló con incredulidad.
—Sí, en serio. Empecé a sacar el tema de los niños en cuanto nos casamos.
—Ya, bueno, todo el mundo se plantea tener niños, pero de manera hipotética.
—No eran hipótesis. Yo quería ser madre.
—Ya. Querías ser madre con veinticinco años y al mismo tiempo empezar tu carrera de actriz. —Esperaba que se diese cuenta del disparate.
—Sí.
En esas ocasiones, cuando no conseguían ponerse de acuerdo sobre el pasado, él se imaginaba el tiempo como una luz proyectada hacia el espacio exterior, y que existiera un telescopio lo bastante potente para adelantar a esa luz y poder ver desde la tierra lo que realmente había ocurrido.
—Yo no olvidaría algo así —le dijo.