Solos los dos SOLOS LOS DOS #8
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SOLOS LOS DOS #8

—¿Te acuerdas de ese coreano en Los Ángeles donde íbamos a comer yukhoe? —le preguntó Emily—. El cuerpo me pide carne cruda, pienso comerme dos kilos cuando nazca el niño.

—Claro que sí, estaba muy bien, pero ¿cómo se llamaba?

—Uff, ahora no me viene a la cabeza. —Emily se tocó la frente.

—Íbamos mucho.

—Me acuerdo perfectamente del local, pero del nombre…

No les quedó más remedio que recurrir a su padre, y así Emily pudo relajarse un poco con el trabajo.

Siguió haciendo audiciones para cosas a corto plazo, pero no tenía sentido postularse para papeles que no podría interpretar dos meses después.

Leonard, por el contrario, redobló sus esfuerzos.

Le quedaban seis o siete meses buenos, y luego ya se vería.

A las doce semanas, cuando se le empezó a notar el embarazo, fueron a una revisión.

Emily se tumbó en una camilla acolchada, la enfermera le aplicó un gel transparente sobre la tripa y luego pasó el escáner apretando con fuerza.

En la pantalla apareció una imagen con forma de cono, como el haz de una linterna en la oscuridad, y allí estaba, boca arriba en su nidito.

Cada vez que la enfermera hundía el aparato, el bebé sacudía los brazos y las piernas a la vez, como una marioneta.

La enfermera trazó unas líneas sobre la imagen, tecleó algo rápidamente y entonces escucharon el corazón del bebé latiendo a 157 pulsaciones por minuto.

—La gente le pone nombres como «gusanito» o «cacahuete». Tenemos que pensar en algo distinto —dijo Emily después, mientras tomaban un helado. Ya hacía un poco de frío, pero siempre se le antojaba.

Él se acordó del bebé moviéndose como una marioneta.

—¿Qué te parece Poppet? Es casi como puppet, marioneta en inglés, pero lo usan en Inglaterra para decir «cariño».

—Poppet, me encanta —dijo ella entusiasmada.

Dos semanas después vio unas bragas manchadas de sangre en el cesto de la ropa y le preguntó si todo iba bien.

—Son solo unas gotas. La comadrona dice que no tiene importancia. También sangré un poco el primer trimestre, ¿te acuerdas?

Leonard se acordaba y se sintió mejor, pero unos días después mientras preparaban la cena y Emily empezaba a cortar rodajas gruesas de tomate sobre la tabla, dio un grito y se dobló por la mitad.

—¿Te encuentras bien? —Leonard la abrazó.

—No. Esto no es normal.

Fueron en taxi al Mount Sinai St. Luke’s bajo una llovizna de aguanieve que se acumulaba en las ventanas.

Emily iba tumbada con la cabeza sobre sus piernas, tapándose la cara con un brazo.

Al llegar al hospital, mientras un bedel sacaba una silla de ruedas, el taxista empezó a gritar exigiendo más dinero, mucho más de lo que marcaba el taxímetro; Leonard no tuvo más remedio que entretenerse rebuscando en la cartera,

y tuvo el presentimiento que nunca olvidaría cómo los habían retenido en ese momento de desesperación.

Cuando la enfermera aplicó el escáner sobre la tripa de Emily todo parecía igual que la última vez; el niño seguía ahí, seguía moviéndose, pero de repente dejaron de oír el zumbido del eco doppler y el icono del corazón dejó de parpadear…

Los dejaron un rato a solas con su angustia, con aquella pena terrible, y luego les dieron la opción de un legrado, pero Emily se negó, no quería que el bebé saliera de esa forma, así que se fueron a casa y esperaron a que las cosas siguieran su curso.

Cuando empezó a manchar las sábanas, Emily llenó la bañera y dijo que quería estar sola.

Él se pasó la mitad de la noche con la cabeza apoyada en la puerta mientras ella jadeaba y gruñía al otro lado; escuchó cómo se vaciaba la bañera y se volvía a llenar varias veces, hasta que en algún momento todo quedó en silencio.

Cuando abrió la puerta olía a cobre y al ver el agua tan oscura pensó que Emily se había desangrado, pero solo estaba muy quieta, mirando fijamente lo que tenía entre las manos.

Él se agachó junto a la bañera para verlo.

Por Dios, nunca había estado tan aterrado, ni tan enamorado.

La abrazaron y la besaron sin querer dejarla ir.

Leonard volvió de Tribeca tambaleándose, corrió las cortinas y se metió en la cama a oscuras para aislarse del mundo. Revivir lo que había visto parecía una penitencia, pero también había algo de autocomplacencia, era como frotarse las partes doloridas solo para sentir el dolor.

Pensó en llamarla; a lo mejor aún no había pasado nada, o lo que hubiera pasado no tuviera importancia, al menos no tanta que impidiese la reconciliación.

Luego se dio cuenta de que era una tontería, dejó de verle sentido y pensó que era imbécil.

Acabó enfadado consigo mismo por no haberla llamado antes, por haber malinterpretado la naturaleza de su relación, y enfadado con ella también.

Ya no recordaba la cara del hombre, solo el traje a medida y la pinta de pijo, y le molestaba admitir que ella quisiera estar con alguien así.

Se quedó allí tumbado toda la tarde, dormitando a ratos o con el teléfono, viendo su propia vida en retrospectiva: el último restaurante donde estuvieron, su última visita a Pensilvania, el último partido en el Yankee Stadium, los dos cada vez más jóvenes.

Su madre había fallecido tres años antes, y su padre había paseado sus cenizas en el coche a modo de despedida por delante de su casa en West Cambridge, las tiendas de Chinatown donde solían comprar y la residencia donde había pasado sus últimos años.

Mientras miraba la pantalla tuvo la sensación de que estaba haciendo lo mismo: despidiéndose de lo que había sido su vida.

No quería ni pensar en la función de esa noche, todavía faltaban varias horas, pero la compañía era lo que menos le importaba en aquel momento.

En su abatimiento se acordó de Marta, una actriz que había elegido el año que hicieron Macbeth; tenía veinticinco años, acababa de terminar la carrera, y cuando estaban leyendo la obra interrumpió con un carraspeo:

—Perdón, ¿esto es todo lo que vamos a hacer? ¿Ceñirnos a Shakespeare?

Habían juntado varias mesas formando un cuadrado y estaban todos sentados, Marta justo enfrente de él, con una presencia imponente para ser tan menuda.

—¿En vez de qué?

—Criticar a Shakespeare. Hacer algo subversivo.

Leonard sintió un escalofrío por la espalda.

—Al representar a Shakespeare estamos reivindicando nuestra condición de seres humanos de pleno derecho. Eso ya es subversivo.

Marta movió la cabeza diciendo que no y le respondió nerviosa:

—No es lo bastante subversivo. Fíjate en August Wilson. Y no, Shakespeare no representa a la «humanidad», representa la noción caduca de un hombre europeo de lo que significa ser humano.

Leonard miró a los demás para ver si alguien intercedía, pero todos estaban esperando recostados en las sillas como hipnotizados.

—Y el amor, la alegría, la tristeza, la pena… ¿Quieres renunciar a esos temas?

—Yo no renuncio a nada —replicó Marta haciendo una mueca—, pero me niego a aceptar como universal una visión tan obtusa. Shakespeare no refleja la naturaleza humana, solo refleja la ontología occidental.

—Nosotros también somos occidentales, a lo mejor conseguimos impulsar esa idea tan radical.

—Pero nosotros no vemos el mundo así.

Eso fue lo que más le molestó, y le contestó furioso:

—¿Estás diciendo que vemos el mundo con una «mentalidad asiática»? Me suena a orientalismo.

Marta se levantó de un salto empujando ruidosamente la silla.

—No te consiento que me llames orientalista.

Todos bajaron la mirada menos Leonard.

—«Soy humano. Nada de lo humano me resulta ajeno», decía Terencio, el autor romano. Cuando seas la directora, podrás dirigir como te dé la gana —le dijo.

Marta apretó los labios y se quedó mirándole unos segundos; luego cogió el bolso y se marchó.

En realidad había metido el dedo en la llaga, porque el mayor temor de Leonard era que la Asian American Shakespeare Company fuese poco más que una novedad farandulera, y encima conciliadora, pero mantuvo la serenidad, y cuando por fin sonó el chasquido de la puerta al cerrarse detrás de ella,

se giró y dijo:

—Tú eres Hécate. Empieza cuando quieras.

Cuando llegó la hora Leonard salió de mala gana hacia el teatro, no tenía otra opción.

En el metro estuvo contemplando su reflejo borroso en el cristal de la ventana y se mareó un poco, como en los aviones que salían muy temprano.

Habría dado cualquier cosa por poder quedarse a oscuras en su madriguera.

Lo curioso fue que esa noche estuvo muy bien. En parte porque el agotamiento hizo que le subiera la adrenalina, y en parte porque su mal de amores le acercaba más a Lear, pero fue sobre todo porque ya no le importaba y se desinhibió por completo.

La noche siguiente empezó igual de bien, con la misma adrenalina, pero se le fue pasando el efecto y en el cuarto acto casi se durmió al cerrar los ojos fingiendo estar inconsciente.

Se espabiló a tiempo y miró alrededor parpadeando mientras decía: «Habéis hecho mal en arrancarme de la tumba».

Siguió en esa línea, confuso y amnésico hasta que por fin reconocía a Cordelia, algo que siempre le recordaba a su madre y sus repentinos momentos de claridad, pero esa noche el recuerdo le confundió.

Sophie estaba arrodillada mirándole con los ojos llorosos, y al darse cuenta de lo que ocurría empezó a parpadear dejando caer las lágrimas, pero él se había perdido.

Intentó no ponerse nervioso, el público tardaría unos segundos en notarlo, parecía una larga mirada de incredulidad.

Un truco era moverse, el movimiento estimulaba la mente, y como no podía pasearse arriba y abajo hizo lo que podía: extendió los brazos y le sujetó la cabeza a Sophie, que le siguió el juego agarrándole por las muñecas.

Aun así no se acordó, pero a Sophie casi no se le veía la cara y aprovechó para soplarle las primeras palabras moviendo los labios.

Él la soltó y se enderezó como si no hubiera ocurrido nada, diciendo:

—¿Están húmedas vuestras lágrimas? Sí, a fe. ¡Por favor, no lloréis!

Después de la función, Sophie se abalanzó sobre él:

—Me debes una copa.

Leonard estaba asustado otra vez y se sentía viejo, necesitaba que le animasen.

—Vale. ¿Dónde vamos?