SOLOS LOS DOS #7
El día que salió la crítica en una columna del Times, corrió a casa para leerla con Emily. Decía que la función era «ágil pero desigual», en eso Leonard estaba de acuerdo, pero añadía que su interpretación había resultado «muy convincente».
—Escucha —dijo, y lo leyó en voz alta—: «El Hamlet que conocemos y apreciamos desde hace siglos funciona mejor como lectura. Darse a conocer con esta primera versión más teatral ha sido una decisión brillante».
—Podemos usar eso para las reseñas del próximo cartel —dijo Emily, y trazó las palabras en el aire—: «¡Brillante! — The New York Times».
A pesar de la herida la función del jueves por la noche salió de maravilla.
Al día siguiente Leonard estaba de buen humor cuando cogió la línea 1 hasta Tribeca, en la intersección de Chambers, Hudson y Broadway.
Se había puesto unos pantalones de color caqui y una estridente camisa hawaiana, como «un divorciado madurito que busca pareja».
En la bolsa solo llevaba su currículo y su foto; no le habían dado ningún fragmento del guion, pero aun así tenía que concentrarse, y por eso estuvo a punto de no ver a Emily, que iba por la otra acera de Broadway.
Estaba radiante, como suele ocurrir después de una ausencia, como si hubiera estado esforzándose por mejorar.
Tenía el pelo más largo, las puntas onduladas y parecía maquillada, con las facciones más definidas, como al pasar a tinta un retrato a lápiz.
Lo que no había cambiado era su talento para combinar la ropa sencilla, ese día llevaba un blusón blanco, vaqueros pitillo y botas estrechas hasta la rodilla.
Se fijó en sus ojos verdes, podía ver cómo le brillaban incluso desde el otro lado de la calle.
Hacía meses que soñaba con un encuentro así, pero le había pillado totalmente desprevenido.
Estaba a punto de llamarla, pero de pronto vio que no estaba sola y sin pensarlo se escondió detrás de un coche.
Cuando se asomó por encima del techo observó a su acompañante: era un hombre alto de piel oscura, y Emily le miraba con mucha atención.
Él dijo algo y ella se paró tapándose la boca y partiéndose de risa; luego le dio la mano enlazando los dedos.
Leonard había estado controlando las redes sociales porque algo se temía, pero no había visto nada que le preparase para el impacto.
Se quedó sin aliento, notaba el corazón oprimiéndole el pecho, ensanchándose con extraños vaivenes elípticos.
Parecía un tío con dinero, uno de esos machos alfa de Wall Street.
¿Sería eso lo que le gustaba ahora? Entonces Emily se pegó a él inclinando la cabeza sobre su hombro, y de algún modo Leonard comprendió que aún no estaba satisfecha, quería ser madre y lo iba a intentar otra vez.
En cuanto se perdieron de vista se sentó en el bordillo acordándose de Otelo: «Habría sido feliz aunque toda la soldadesca hubiera gozado de su dulce cuerpo si no hubiera sabido nada». Acababa de interiorizar el significado de esas palabras.
Quería irse a casa, ya no le importaba una mierda, ni siquiera entendía por qué se había empeñado en ser actor.
Aun así, la fuerza de la costumbre le impulsó a hacer la audición.
Miró a la cámara y se presentó como un zombi.
Tuvo suerte, porque le dieron una escena donde el madurito divorciado se lamentaba añorando su antigua vida y no le hizo falta adornarlo; le temblaba la barbilla y lo leyó sin levantar la cabeza.
El asistente de casting dijo: «Vaya, vale» en un tono indescifrable.
Al salir, Leonard apoyó una mano en la pared, se apretó los lagrimales y por fin se desahogó.
Después de su actuación estelar en el papel de Honey, Emily estaba en la cresta de la ola y trató de aprovechar el impulso para conseguir papeles más importantes.
Los dos años siguientes le ofrecieron apariciones fugaces en series de televisión y un par de obras fuera del circuito de Broadway, pero no llegó más allá ni volvió a tener el mismo éxito.
Su fama cayó en el olvido hasta tal punto que Leonard empezó a pensar que quizá era lo que ella quería, que se conformaba con lo que había logrado y estaba deseando dejarlo.
Por eso no se sorprendió cuando una noche le dijo:
—Creo que ya es hora de tener niños.
Habían pasado cuatro años desde aquella noche de invierno en el Lower East Side, y la idea de tener niños ya no le angustiaba.
Estaba de acuerdo con Emily, ya iba siendo hora.
Ella le había facilitado todo lo que necesitaba, incluyendo Hamlet, pero no podían seguir siempre centrados en él.
Era tarde para su madre, que no disfrutaría de su nieto porque ya ni siquiera le reconocía a él, pero haría feliz a su padre, y sobre todo a Emily.
Sentía su anhelo por compensar las carencias de la infancia, todas esas noches durmiendo en el coche de su madre, y sabía que la había hecho esperar demasiado.
Él tampoco quería seguir esperando: estaba preparado para la paternidad y más dispuesto que nunca.
Esa noche hicieron el amor con la ternura de la ilusión, y cuando llegaron sus días fértiles empezaron a intentarlo en serio.
Pasaron dos meses hasta que tuvo un retraso y fueron a comprar un test de embarazo.
Se sorprendieron al ver la solitaria rayita azul, pero no se desanimaron.
Conocían a muchas parejas que habían tardado bastante más tiempo en conseguirlo.
Sin embargo, la escena se repitió un mes tras otro y otro.
Al principio disfrutaban, había mimos y esperanzas, pero con el tiempo fue pareciendo una obligación, sobre todo cuando empezaron a usar un monitor.
Emily consultaba cada mañana el despótico aparatito para ver si tenía que hacer un test de orina, en cuyo caso se iba al baño con el bastoncillo de la muestra.
Si era un día «punta» o incluso «alto», volvía a la cama y se tumbaba sobre las almohadas invocando a todas las fuerzas del universo.
A veces parecía un poco irritada, como si le molestase que él tuviera que participar, y los dos pensaban que era injusto tener que seguir esperando por todo.
Tuvieron que intentarlo durante un año hasta que los médicos del seguro autorizaron el estudio y les hicieron montones de análisis: Emily tumbada y desnuda de cintura para abajo con las piernas en alto, y él soportando una larga aguja para la extracción de muestras.
Lo que no incluía el seguro eran los procesos de fecundación asistida con nombres extraños: IVF, ICSI, GIFT, ZIFT, así que les aconsejaron tomar clomifeno y letrozol, comer mejor, hacer más ejercicio, reducir el café y el alcohol,
y a Leonard mantener los testículos fríos —el portátil fuera del regazo—, y ver porno, porque al parecer aumentaría el número de espermatozoides.
Mientras estaban liados con todo eso Leonard se quedó sin seguro médico porque no había trabajado lo suficiente los últimos seis meses, y Emily llevaba el mismo camino.
Los dos seguían trabajando de camareros, como casi siempre habían hecho.
Leonard llevaba años en un restaurante francés del Soho donde los clientes a veces le preguntaban si era vietnamita, pero hacía tiempo que ninguno conseguía trabajo de verdad, ni siquiera los papelitos que normalmente los mantenían a flote y en buenos términos con los sindicatos.
Quizá era porque se habían distraído pensando en otras cosas, pero Emily necesitaba encontrar algo enseguida o pasaría el tiempo y tendrían que dejar de intentarlo; tras dos años en el empeño, ya estaba cansada y tenía los ojos más hundidos.
La noche que su agente la llamó para la segunda prueba de un casting, no pegaron ojo ninguno de los dos.
En otros tiempos habrían estado charlando ilusionados, discutiendo qué ropa se iban a poner y repasando las frases, pero esta vez se acostaron y cada uno se sumió en sus propios pensamientos.
Después Emily empezó a llorar, al principio con un estremecimiento silencioso, como si se riera, y luego con fuertes sollozos que le asustaron.
Quería abrazarla, pero le dio miedo que le rechazase.
Por la mañana ella fue a hacer la prueba y él salió a comprar un frasco de Robitussin.
Ninguno de los dos estaba acatarrado, pero el jarabe diluía la mucosidad, incluso el moco cervical, y tenían amigos que juraban que les había funcionado.
Tras recibir el cambio, Leonard comprobó que le llegaba para desayunar un burrito en el restaurante de al lado, y también que solo faltaban unos días para el sorteo de la lotería Mega Millions, con más de sesenta millones de premio.
Odiaba andar con poco dinero en metálico y tener que estar constantemente eligiendo: ¿se compraba un trozo de pizza y caminaba, o cogía el metro y se quedaba con hambre?
Pero ese día no le costó decidir; si Emily no conseguía el papel, iban a necesitar un milagro.
Llevó el boleto en el bolsillo varios días como una especie de talismán que le caldeaba la mano al tocarlo, y cuando por fin lo tiró a la basura una semana después, lo empujó hasta el fondo del cubo para que Emily no lo viera.
Las hojas empezaban a cambiar de color y la temperatura en el apartamento era muy agradable. Leonard acababa de volver del supermercado y aun tenía la bolsa en la mano cuando llegó Emily con expresión afligida.
—¿Qué te pasa?
Ella se sentó en el sofá mientras se descolgaba la correa del bolso con un movimiento muy ensayado.
—Tengo que decirte una cosa, pero no quiero que te enfades.
Lo primero que pensó fue en un romance efímero, insignificante, finiquitado.
Era una posibilidad; el sexo se había convertido en una rutina, y quizá lo hubiera hecho solo por divertirse.
Se sintió incluso magnánimo, aunque le dio un vuelco el corazón, por eso respiró aliviado cuando dijo: «No me han dado el papel», pero después pensó en las consecuencias.
—Bueno, qué se le va a hacer —le dijo.
—Y luego fui al médico. Lo siento. Perdona, tenía que habértelo dicho, pero no quería que volvieras a…
—¿Y?
Emily sonrió y movió la cabeza asintiendo, con los ojos brillantes.
Él soltó la compra al tiempo que saltaba, y lamentó vagamente el estallido de un bote de cristal mientras caía sobre ella.
Entraron en una etapa feliz de ácido fólico, omega 3 y renuncias: nada de vino, sushi ni brie, y solo una taza de café al día.