Solos los dos SOLOS LOS DOS #6
85%

SOLOS LOS DOS #6

La oficina de Richard estaba en el centro de Hell’s Kitchen, en un edificio ocupado que antes había sido otra cosa, como muchos en la ciudad, en este caso un banco.

La fachada de piedra conservaba cierto aire de nobleza a pesar de su estado ruinoso.

Se estrecharon la mano por encima del escritorio repleto de papeles, Richard lánguidamente y sin levantarse.

Estaba convencido de que Leonard había ido a felicitarle.

Se habían conocido en una fiesta; un barbudo con la frente despejada iba dando su tarjeta a todo el mundo.

La tarjeta le pareció bastante cursi, pero eso indicaba que eran dos peces igual de chicos.

—Oye, te agradezco mucho que hayas conseguido esta audición.

—Más te vale. No sabes lo que he peleado.

—El caso es que…

—¿Sabes quién es el protagonista? Ese tío de A dos metros bajo tierra —dijo Richard.

—¿Qué tío?

—Sí hombre, el hermano gay. ¿Cómo se llamaba?

—Me encanta esa serie —murmuró Leonard, como hablando consigo mismo.

—¡A eso me refiero! ¡La alfombra roja, los Emmy! ¡Va a ser un bombazo!

Por unos instantes Leonard se imaginó la limusina, el esmoquin, el combate de los micrófonos, Emily a su lado con un vestido de alta costura, y lo mejor de todo: el trabajo duradero, la dignidad.

Casi suficiente para haberse callado, pero a diferencia de su papel, Leonard tenía conciencia.

Su personaje era «un enclenque, mitad japonés, mitad europeo», nada parecido a él, pero eso era lo que menos le preocupaba.

—El caso es que no sé si quiero este papel.

—¡Pero qué cachondo eres! —bramó Richard.

—Hablo en serio.

Richard se puso pálido.

—¿Pero a ti qué coño te pasa?

—No me importa que sea un rarito, y lo de investigador forense es interesante, pero este es un obseso y un pervertido —dijo Leonard.

—Venga, por Dios.

—No, escucha. —Leonard sacó el guion del maletín y buscó las páginas marcadas—.

La primera vez que aparece el personaje, Masuka, nos enteramos de que no está bien.

Tiene una sonrisa falsa como si hubiera aprendido a sonreír siguiendo instrucciones, y cuando se ríe parece que se está ahogando, hasta el punto de que el protagonista se plantea hacerle el boca a boca o la maniobra de Heimlich.

Ese tío es un anormal —concluyó, y golpeó el guion con el dorso de la mano.

—Me cago en todo, Leonard.

—Espera, que no he terminado. En cuanto Masuka conoce a la hermana del protagonista le ofrece cien dólares por dejarle meter la cabeza entre sus «mamellas», ella le pregunta si no prefiere un pisotón en la polla, él suelta una de sus carcajadas de loco y ella le mira asqueada.

¿Cómo quieres que me guste el papel?

—No lo entiendes. —Richard se inclinó hacia él juntando las manos suplicante—. Esto va de un asesino en serie, están todos como cabras.

Esa era la otra cuestión, la base del argumento. Había gente que disfrutaba haciendo todo tipo de locuras, pero él solo quería ser normal. Verse a sí mismo en una historia normal.

—¿Un asesino en serie bueno? ¿Eso puede existir?

—¿Qué te crees, que soy Freud? —replicó Richard.

Leonard se echó a reír. Si Richard hubiera tenido la barba blanca y unas gafitas redondas… Pero su risa le cabreó:

—¿Sabes cuál es tu problema, Leonard? Que eres un mojigato. Todos los famosos han tenido que agacharse y tragar, pero tú eres demasiado remilgado.

Cuando le había comentado a Emily esas mismas dudas sobre el guion, ella apenas había dicho nada, solo movía la cabeza diciendo que no: claro que no le gustaba el personaje, pero al parecer tampoco le gustaba su actitud.

Leonard estaba casi dispuesto a tragarse el orgullo por ella, pero también estaba harto de hacer papeles de tendero o delincuente, de aguantar a becarios petulantes pidiéndole que exagerase el acento.

Lo único que quería era hacer un papel que no tuviera que explicar.

Richard insistió en tono conciliador:

—Mira, tú consigue el papel y vete a Miami, ya verás. El rodaje es allí, ¿te lo había dicho? Te bajas a Miami, te tumbas al sol y te olvidas de todo esto. —Señaló el cielo cubierto de nubes.

Leonard estaba desesperado, totalmente desesperado por encontrar algo, pero de algún modo se convenció de que con el tiempo sería famoso y contaría esa historia, quizá en el Actors Studio, y que su desesperación daría la medida de su entereza al tomar esa decisión.

Echó el guion encima del escritorio y se levantó una nube de polvo.

—Lo siento. No puedo.

—Si no vas a la puta audición, olvídate de mí, Xiao —dijo Richard apuntándole con un dedo.

Cuando Leonard se sentó a ver el capítulo piloto enseguida se dio cuenta de que el guion funcionaba mejor en la pantalla.

El papel de Masuka se lo habían dado a un actor coreanoamericano bajito que Leonard conocía de vista.

El personaje seguía siendo un poco sospechoso, pero habían eliminado las frases sobre las mamellas y el pisotón en la polla.

Aunque se le revolvía un poco el estómago, Leonard se obligó a ver los siguientes episodios, pero cuando la serie se alargó una temporada tras otra y empezó a recibir Emmys, Emily y él tuvieron que dejar de verla.

Fue poco después de terminar con Richard cuando Leonard comprendió que no podía sentarse a esperar a que el mundo le viera como él se veía y se le ocurrió formar la Asian American Shakespeare Company.

Estaba muy preocupado, no sabía qué hacer con su vida, y entonces se acordó del día que John Barton, el gran gurú en persona, acudió a la pequeña facultad de arte dramático de Hampstead.

Leonard estaba en la especialización de teatro contemporáneo, que empezaba con los orígenes del modernismo.

Estaban con Medida por medida, y en la clase magistral interpretaron por turno a Claudio: «La más fastidiosa y aborrecible vida que la edad, la penuria, el dolor o la prisión nos puedan imponer, sería un paraíso comparada a la muerte».

Leonard se sintió consagrado cuando el gran dramaturgo dijo que lo había enfatizado muy bien.

Aquella época en Londres había sido maravillosa, entonces todo parecía posible, y esa sensación reavivó sus recuerdos del festival de teatro clásico de Oregón,

la Women’s Shakespeare Company de Los Ángeles y la African-American Shakespeare Company de San Francisco que había ido a ver con Emily una vez, hasta que todos esos fragmentos que le rondaban la mente por fin terminaron de encajar.

Lo estuvo pensando unos días sin decirle nada a Emily; se había mostrado tan fría con sus dudas sobre la serie de Showtime que temía que no lo entendiera. De hecho se quedó perpleja cuando se lo dijo:

—¿Una compañía de teatro?

Entonces ya habían dejado el apartamento del Lower East Side y vivían en Morningside Heights, un barrio de estudiantes cerca de Columbia y Barnard; estaban sentados en la cama, con la ventana abierta y la banda sonora de Amsterdam Avenue.

La nominación a los premios Lortel había puesto fin a la discusión sobre los niños, pero eso había sido un par de años antes.

A él le molestó su reticencia, la sensación de que estaba evaluando si los planes de él eran compatible con los suyos.

Ya había conocido el éxito y para ella era fácil renunciar, pero Leonard se sentía como si después de mucho tiempo haciendo cola para una fiesta ella estuviera dentro con una copa en la mano, charlando sin acordarse de que él seguía fuera pasando frío.

—Puedo empezar con una muestra de pocos días; si sale bien se podría hacer una gira. Quizá alguien se fije en mí. En cualquier caso, necesito otro agente —dijo, pero le sonó un poco egoísta y añadió—: Sería una buena promoción para todos, y a lo mejor descubrimos algunos talentos.

—Pero será muy caro, ¿no?

Según los estatutos de la Actors’ Equity, una muestra no podía costar más de veinte mil dólares: una miseria en comparación con las producciones de Broadway, pero muy por encima de sus posibilidades.

—No te preocupes, conseguiré el dinero.

—¿En qué obra has pensado?

—Hamlet —dijo, y le sonó tan pretencioso que lo matizó—: Quiero hacerlo antes de ser demasiado viejo.

Esperaba que le animase, pero Emily no dijo nada, solo movió la cabeza asintiendo, y él se preguntó dónde se había ido la chica que le había cogido la mano viendo Fargo.

Un par de semanas después, Leonard se giró hacia Emily mientras estaban leyendo en la cama:

—¿Sabes que hay otra versión del famoso soliloquio de Hamlet?

—¿Sí?

—Sí, el Primer Cuarto es totalmente distinto.

Emily cerró el libro y se apoyó en su hombro:

—Déjame ver.

—Espera, tengo una idea mejor. —Salió de la cama con el libro en la mano. Estar en calzoncillos le quitaba algo de solemnidad, pero quería hacer una prueba.

Ser o no ser. Sí, he ahí el asunto.

Morir, dormir, ¿es eso todo? Sí, todo.

No; dormir, soñar; sí, pardiez, ahí está.

Pues en ese sueño de la muerte, al despertar,

y al ser llevados ante el juez eterno,

allí de donde ningún viajero ha vuelto,

el país inexplorado, cuya sola visión

hace sonreír a los dichosos y condena a los réprobos...

—Me gusta. Tiene ritmo, suena bien —le dijo cuando terminó el monólogo.

—¡Pues ya está! —Chasqueó los dedos y señaló el libro con un gesto teatral—. Haré esta versión del Primer Cuarto. Ya que todo esto es un poco… rebelde, quizá estaría bien empezar con…

—Una versión inesperada.

—Una versión desautorizada.

—¿Qué quieres decir? —Emily frunció el ceño.

—Que en realidad no la escribió Shakespeare.

—¿No? ¿Cómo se puede saber después de tanto tiempo?

—No. Porque se ha demostrado que la escribieron de memoria los actores. Y de la memoria no te puedes fiar.

Al principio la compañía tenía un presupuesto muy limitado y se mantenía a base de adrenalina.

El primer año alquilaron un teatro de caja negra20; era un poco cutre, pero aun así costaba 2000 dólares por semana y solo hicieron siete funciones.

Para ahorrarse los setenta y cinco dólares por noche que habría costado contratar a un inspector de incendios, Emily cogió dos trenes y un autobús para ir a Brooklyn y sacarse el certificado de prevención de riesgos.

Leonard, por su parte, les pidió el favor a varios actores que conocía y trabajaron sin cobrar.