SOLOS LOS DOS #5
—Cuanto antes mejor, ¿no? Ya tengo casi treinta.
Después de dos años en Nueva York, Leonard se veía a las puertas de la mediana edad, el tiempo seguía pasando, y lo último que quería era ser uno de esos padres demasiado mayores para seguir el ritmo de sus hijos.
Lo malo era que su madre había empezado a mostrar síntomas de demencia cuando llevaban un par de meses allí; olvidaba palabras, los nombres, incluso dónde estaba.
Más raro aún, llevaba toda la vida pintando paisajes tradicionales chinos y de repente se había obsesionado con los colores y las formas geométricas, como si estuviera poseída por Kandinsky.
Su padre le presionaba para que le diera un nieto y Leonard hubiera querido complacerle, pero iba a cumplir los treinta y cinco y todavía no había conseguido triunfar.
La llegada de un bebé pondría su vida patas arriba con la sutileza de una granada de mano; lo que necesitaba era redoblar sus esfuerzos, dedicar más tiempo a su carrera, no menos.
Y la ironía era que su padre quizá ya tendría un nieto si no le presionase también en ese sentido: «La gente siempre me pregunta cómo te va, y no sé qué decir».
Leonard tampoco tenía respuesta para eso.
—Habíamos hablado de esperar hasta que tuviéramos seguro médico —le dijo a Emily.
Todos los jueves compraban la revista Backstage y se sentaban a estudiar las convocatorias de audiciones, pero casi todas pedían actores sindicados y ellos aún no eran miembros de SAG-AFTRA ni de la Actors’ Equity.
El problema era que no podían acceder a un trabajo sin estar sindicados, y solo podían afiliarse a ellos tras haber tenido un trabajo avalado por estos: un auténtico callejón sin salida.
La única otra forma de entrar en el club era ganando suficientes «puntos», pero aún no lo habían logrado.
Muchos días salían de madrugada para ir a las oficinas de la Actors’ Equity en la calle 46, donde a las cinco de la mañana anunciaban los trabajos no sindicados destinados a conseguir esos puntos, y luego esperaban allí todo el día para hacer las audiciones,
aunque a veces resultaba que los papeles ya estaban asignados de antemano.
La mayoría de los somnolientos aspirantes eran mujeres, había montones de jovencitas, pero no estaba claro que lo tuvieran más difícil que ellos dos.
—Quién sabe cuándo tendremos seguro. A este paso quizá tardemos un año o dos, aunque hagamos giras en verano. Estaba pensando que… también podríamos pedir ayuda a tus padres —dijo Emily, que seguía con la mano sobre su pecho.
Como él no dijo nada, ella continuó:
—Yo se lo pediría a mi madre, pero ya sabes que vive al día. Creo que a tus padres les hace mucha ilusión tener un nieto, tu padre me lleva siempre aparte y me…
—A mi padre no se lo puedo pedir.
—¿Por qué no?
—Ya sabes por qué, Emily. —Cuando decidió no entretenerse visitando a sus padres al volver de Londres creía que no tardaría en volver a casa triunfante, y hacía bastantes años de eso.
—Pero tu madre cada vez está peor.
Eso era algo que le atormentaba, sobre todo porque debería ayudar más a su padre, que se avergonzaba del estado de su esposa. En chino lo llamaban «locura catatónica».
—Seguramente la tendrá que llevar a una residencia, no es buen momento para pedírselo. Lo podemos hacer sin recurrir a nadie, pero hay que esperar, ten paciencia.
Ella le miró unos instantes como si intentase ubicarle, achicando los ojos, hasta que quitó la mano y se quedó mirando al techo.
Un par de meses antes, mientras la ciudad lanzaba al espacio un penacho de humo y cenizas a menos de tres kilómetros de allí, también estuvieron tumbados en la oscuridad sin poder dormir, solo que esa noche se quedaron abrazados, refugiándose uno en otro.
Él le cogió la mano y la puso otra vez sobre su pecho.
—Hay tiempo. Tendremos niños, te lo prometo.
Un año y medio después iban los dos en un taxi; Emily llevaba un traje de noche rojo y se había quedado amodorrada con la cabeza apoyada en su hombro.
Los dos habían bebido demasiado en la fiesta; ella se había descalzado al subir y estaba medio tumbada, con las piernas dobladas sobre el asiento.
La ciudad se deslizaba fuera, caleidoscópica.
El año anterior Emily había interpretado a Honey en una reposición de ¿Quién teme a Virginia Woolf?
en el circuito off-Broadway, y Leonard no se sorprendió cuando la nominaron para los premios Lortel.
No estaba tan escuálida ni parecía tan neurótica como Sandy Dennis en la película, pero tenía su propio magnetismo, y el mundo por fin reconocía su talento.
Unas semanas antes de la ceremonia fueron a la Quinta Avenida para comprar un vestido en Bergdorf Goodman.
Se probó varios, cada uno más bonito y con un precio más escandaloso que el anterior.
«Vámonos, esto es una locura», susurraba Emily, y él no quería decirle que quizá no volvería a tener otra oportunidad; tenía aptitudes de sobra para más premios Lortel, Obie y Tony, pero Leonard sabía que la vida era muy voluble y por eso,
cuando se probó un vestido rojo abierto por la espalda que solo costaba un mes de alquiler, la convenció para que se lo comprase.
La ceremonia había sido en el teatro Lucille Lortel, en el West Village.
El espectáculo incluía cinco números musicales, uno de ellos con marionetas, y un homenaje a Stephen Sondheim.
Emily no había ganado, pero daba igual. En la fiesta posterior estaba radiante mientras aficionados ¡y famosos!
se acercaban a estrecharle la mano o a darle un par de besos.
Leonard la observaba desde lejos orgulloso, aliviado, y sí, también celoso, pero no de su éxito, sino de los hombres que buscaban su atención y la hacían reír hasta que su boca formaba un círculo brillante del mismo color que el vestido.
Le hacían sentir prescindible, como los propulsores que se separan de un cohete, y tenía la dolorosa sensación de que le iba a dejar.
Quizá por eso se había pasado la noche aprovechando la barra libre.
Sin embargo, en el taxi, mientras veía pasar la ciudad, lo que sentía era una especie de desapego.
—¿Estás contenta? —le preguntó.
Emily ronroneó como un gato.
—Estoy orgulloso de ti.
—Tiene gracia, ¿verdad? —le dijo con aliento de borracha, respirando en su cuello.
—¿El qué?
—Que me dieran el papel de Honey.
—¿Por qué?
—¡Es el papel que hice cuando nos conocimos!
—¿Estás borracha?
—Sí. ¿Y qué?
—Que la obra no era de Albee.
—¿Cómo que no? —dijo Emily incorporándose.
Él se encogió de hombros:
—La obra no era de Albee.
—Claro que sí.
—No, no era suya.
—¿Entonces de quién era?
Para su consternación comprobó que no recordaba el nombre de la obra ni del autor.
—Era una obra moderna, aquella sobre la infidelidad.
—Bueno, eso reduce las posibilidades, ¿no?
—Oye, que me acuerdo muy bien.
—Yo me acuerdo perfectamente.
Siguieron así un buen rato. Sí que habían interpretado a Nick y Honey, pero mucho después, cuando ya estaban saliendo.
Emily, algo ebria, le acusó de confundir el deseo de acostarse con ella con el hecho de haberlo hecho ya.
No era la discusión que él quería tener justo esa noche, así que cedió.
A lo mejor no se acordaba bien, también estaba borracho.
De todas maneras le chocó —y le dolió— que no pudieran ponerse de acuerdo sobre el pasado.
Al llegar a casa después de un par de horas en Urgencias, Leonard fue al baño y se levantó el pelo para ver la herida en el espejo.
Le habían cosido con cuatro puntos de sutura que formaban un rombo.
La enfermera lo había hecho rápido mientras hablaba para distraerle, pero todavía sentía la aguja curva clavándose como un anzuelo.
Cuando se cansó de estirar el cuello se apoyó en el lavabo para examinar su rostro como suelen hacer los actores.
Estaba muy bien para la edad que tenía, aunque ya se le iba notando y últimamente hasta las pequeñas imperfecciones le preocupaban.
Se acordó de Om Puri, de su rostro marcado por la viruela, pero no había muchos actores como él.
Sin embargo, lo más alarmante era lo que no veía.
Aunque esperaba que fuese algo pasajero, no había manera de saberlo.
Decidió ver una película para entretenerse antes de la función.
Era lo que solía hacer otros años con el joven que tuvieran instalado en el salón, ninguno de los cuales parecían saber que existían películas de asiáticos americanos previas a Harold y Kumar.
A veces empezaba poniendo La estafa, protagonizada por Sessue Hayakawa en el papel de un acosador sexual, probablemente el primero del cine, pero al menos DeMille había elegido a un asiático para el papel de asiático, al contrario que Griffith y muchos directores posteriores.
Y Hayakawa había tenido mucho éxito, decían que las mujeres se desmayaban al verle, y de eso hacía un siglo; era como retroceder en el tiempo.
Ese día eligió Hud. El director de fotografía era James Wong Howe, que había ganado un Óscar con la película, pero en cuanto encendió el portátil para verla se acordó de Emily y decidió llamarla.
A veces se enviaban mensajes, casi siempre preguntando por cosas cotidianas, como un matrimonio que se llama del salón a la cocina: ¿Has tirado mis deportivas viejas?
¿Sabes dónde está el iPod shuffle? Habían hablado por teléfono un par de veces, pero los silencios se prolongaban como si los dos estuvieran esperando a que el otro cediera.
Cuando iba a marcar el número sonó una marimba.
Era su nueva agente, Mackenzie, con quien llevaba poco tiempo, una chica rubia de familia bien que había empezado de becaria y a sus veinte años ya estaba construyendo su propia cartera de actores.
«Es un divorciado madurito que busca pareja, como tú, y no te ofendas. Pero la audición tiene que ser mañana mismo», le dijo.
De pronto entendió por qué aún se contenía con Emily: un gran éxito cambiaría totalmente las circunstancias.
Sabía que no podía hacerse ilusiones, pero en cuanto colgó el teléfono sintió una punzada de esperanza, su vieja némesis.
Seis años después de llegar a Nueva York, cuando estaba pasando por sus momentos más bajos, Leonard fue a ver a su agente, Richard Luntz, que le había conseguido un papel en una serie nueva de Showtime.