EL DÍA DE TODOS LOS SANTOS #3
Se sentó otra vez, bebió un trago, y se quitó unas pelusillas que tenía en el pantalón.
—¿De verdad parezco tan vieja?
La botella se separó de sus labios con un «pop».
—¿Qué?
—Antes me has llamado señora. Odio que los tíos me llamen así.
Eso explicaba por qué se le habían humedecido los ojos, pero él lo había dicho sin pensar. De hecho era una mujer bastante atractiva, quizá un poco regordeta, pero con la sudadera abierta podía apreciar con qué facilidad llenaba la camiseta de tirantes.
—Perdona. Es por costumbre.
Ella seguía quitando pelusas, y le preguntó sin levantar la mirada:
—¿Qué le pasó al pequeño en el ojo?
El corazón se le aceleró. Pensó que todo había empezado cuando se instalaron en Tallahassee y jugaba en la segunda división, que implicaba largos viajes en autobús hasta ciudades como Jackson, en Mississippi, o North Little Rock, en Arkansas,
y otros sitios donde el hockey era algo exótico y desconocido.
Ernie había crecido soñando con llevar el noble escudo de los Rangers y batirse con los mejores equipos del país, pero acabó jugando contra formaciones de segundones.
Lo peor vino después, cuando los Tiger Sharks anunciaron que se iban a Macon, Georgia, y pasarían a llamarse los Whoopee.
Sintió que el apocalipsis había llegado.
Por eso abandonó y se convirtió en un tipo anónimo, lo que implicaba encontrar, por primera vez en su vida, un empleo normal.
Concertó su primera entrevista con un concesionario de coches usados que estaba junto a la autovía.
El dueño era muy aficionado a los deportes, tenía todo lleno de recuerdos, y le reconoció.
Debió pensar que su fama regional impulsaría las ventas, le contrató, y Ernie se dio cuenta de que ese empleo sería el último dividendo que obtendría de su carrera deportiva.
Cuando volvió a encender el teléfono tenía un montón de llamadas perdidas, y un instante después salía disparado hacia el hospital Tallahassee Memorial.
Cuando por fin la encontró, Christa se lo explicó con una frialdad furiosa: «La plancha. No la has dejado en su sitio».
Su sitio era el soporte metálico que había comprado en una tienda escandinava y atornillado a la pared ella misma.
Una oleada de malestar lo sacudió; creía recordar haber encajado la plancha en el soporte, pero quizá era una distorsión de la memoria, lo que quería recordar.
Durante los meses siguientes Ernie aprendió más sobre el ojo humano de lo que habría querido saber.
Una operación siguió a otra, y algunas obligaban a Toby a permanecer inmóvil durante periodos tan largos que parecía imposible.
Sin embargo, ahora aquellos días le parecían idílicos, todas esas horas leyéndole cuentos y animándole, porque en cuanto se puso bien, Christa le pidió que se marchase.
Dio un par de tragos a la cerveza y contó lo mínimo, molesto de repente por estar compartiendo su vida con esa mujer ridícula, insegura, fondona, obsesionada con su exmarido y…
En ese momento lo comprendió: Christa estaba enamorada.
Sí, Christa estaba enamorada, pero de otro, por eso no se quería mudar a otro sitio.
Quizás por remordimientos o dudas había ido tan despacio, probablemente llevaba meses así, pero ya no era necesario si pensaba que él por fin había pasado página.
¿Qué otra cosa iba a pensar si había estado fuera toda la noche y no le había devuelto las llamadas?
Cuando le preguntó qué había pasado y cuando él le mintió, se dio cuenta, ella siempre se daba cuenta.
El abrazo había sido una despedida entre marido y mujer, una manera de decir: «Me alegro por ti, Ernie. Ahora que has encontrado a alguien somos libres los dos, libres de nuestro compromiso para siempre».
No vio acercarse a la mujer hasta que le acarició el pelo.
—Pobre, pobrecito —dijo, y trató de sentarse en el sillón, pero se escurrió y cayó sobre él.
De pronto tenía su cara a unos centímetros y notaba el peso sinuoso de sus pechos.
Volvió a ver el brillo de su mirada suplicante, y fue como si el mundo le mostrase por fin un poco de generosidad.
Cerró los ojos y dejó que ocurriese lo inevitable.
En aquel momento se sintió joven, con el cuerpo aún sin estrenar, como cuando retozaba bajo las mantas las oscuras tardes de invierno en la residencia de Shoemaker Hall.
Se espabiló al oír el golpe de una puerta.
En su aturdimiento pensó que Cerdo Cabrón había vuelto a casa, aunque luego se acordó de que el exmarido vivía a tres horas de distancia y pasaba de todo.
La mujer sonreía dormida con la cara sobre los brazos cruzados, y casi le inspiró ternura. Entonces se acordó de los chicos.
Se vistió rápido. Mientras salía del dormitorio y recorría el pasillo de puntillas —sin cruzarse con Grady, menos mal—, no dejaba de preguntarse cómo se le habría ocurrido acostarse con una mujer de la que no sabía ni el nombre, sin protección,
y si al hacerlo habría condenado a sus hijos a una unión indeseada con el imbécil del niño.
¿Acabaría atado por dos sitios a una ciudad donde nunca había pensado vivir?
Corrió hacia la casa de Christa con la esperanza de interceptar a los chicos, pero a una manzana de la casa encontró la nariz roja de Ben en la acera. Le habían ganado.
Se quedó delante de la casa esperando a que alguien se asomase a la ventana; los chicos se ponían allí todos los domingos y le despedían con la mano cuando se marchaba.
No tuvo suerte, pero no podía marcharse, igual que no podía marcharse de ese pequeño pueblo en la costa del Golfo dos noches antes, cuando aparcó delante del hotel y estuvo mirando las ventanas, intentando recordar cuál había sido su habitación.
Al alzar la vista al mirador del tejado se imaginó que era un marinero y Christa la esposa que esperaba ver su barco desde la distancia.
Cuando salía de viaje pensaba que era suficiente con regresar, nunca se le había ocurrido pensar lo solitaria que debía haber sido la vida de ella.
Decidió marcharse, y cuando iba hacia el coche vio junto al bordillo una caja de cartón con el rótulo «GRATIS» en un lado: era la modesta contribución de Christa a los trastos viejos del barrio.
Al echar un vistazo reconoció una sartén, un hervidor de agua y una tabla de cortar; luego miró hasta el fondo y descubrió unas figuras de plástico, una verde y otra dorada.
Hacía muchos años que no las veía; Ben era un bebé y vivían en Siracusa, y Christa le mandó a comprar un gel para la dentición.
Era una noche de invierno, había ventisca, y hacía tanto frío que los pasillos del supermercado parecían un auténtico refugio.
En la sección de bebés había encontrado unos mordedores rellenos de agua para congelarlos, uno con forma de rana y el otro con forma de pez.
Se imaginó que serían un gran alivio, y los compró además del gel.
De camino a casa se había sentido muy orgulloso de sí mismo por su iniciativa e ingenio, pero luego Christa había dicho que estaban hechos de un plástico tóxico y acabaron en el fondo de un cajón.
Ernie los sacó de la caja y se los guardó en el bolsillo con una inmensa sensación de alivio, pensando que quizá sus errores, por fin, ya no tendrían consecuencias.