Solos los dos SOLOS LOS DOS
54%

SOLOS LOS DOS

Nueva York, Los Angeles, 1996-2016

Al principio de la última escena, mientras se dirigía a Cordelia, Leonard se quedó en blanco.

Pasó de tener todo el texto en la cabeza a encontrarla vacía, como un lago drenado súbitamente, dejando una sensación de vacío muy inquietante.

Intentó recordar alguna palabra que tirase de las demás, pero no le salía ninguna.

De repente las luces del escenario le molestaban y el traje le pesaba como si fuese de plomo.

Leonard Xiao había esperado una década para hacer de rey Lear.

Como fundador, director y principal actor de la Asian American Shakespeare Company, era él quien decidía qué obra representaban cada año, y aunque a sus saludables cuarenta y ocho años seguía pareciendo demasiado joven para el papel,

el décimo aniversario de la compañía pedía una obra con cierto peso conmemorativo.

Leonard siempre había destacado por su buena memoria; el año pasado no se había equivocado ni una sola vez haciendo de Enrique V, ni siquiera en los ensayos, y cuando leían los guiones nunca miraba el texto porque se sabía la obra de carrerilla.

Pero ese año las cosas habían cambiado: durante la lectura del guion vacilaba, recurriendo al libreto, y en los ensayos chasqueaba los dedos impaciente pidiendo el pie.

Emily y él se habían separado después de veinte años y las tensiones le estaban pasando factura.

Creía que Lear conseguiría que ella saliera por fin de su ostracismo, pero la noche anterior no había ido al estreno y esa noche tampoco la había visto. Tenía la mente confundida.

Sin embargo, tenía miedo de que no fuese solo por eso, de que hubiera algo más.

Su madre había perdido la memoria antes de morir, y lo más notable de su deterioro no eran los olvidos, sino su mal humor: sus imprevisibles y absurdos ataques de ira.

Un día que sus padres habían ido a la ciudad los llevó a un pequeño restaurante japonés, y cuando ya estaban sentados su madre decidió que quería ir a otro sitio.

Él dijo que deberían quedarse —la camarera ya les había llevado los menús—, y entonces su madre empezó a gritar insultándolos hasta que no tuvieron más remedio que sacarla de allí.

Esa misma oscuridad estaba invadiéndole.

En el primer ensayo del último acto de Lear, el joven que hacía de Capitán —cuyo papel, pequeño pero crucial, consistía en mostrar una gama de emociones cuando Edmundo le ordena ejecutar a Lear y Cordelia— había montado una pantomima tan ridícula que Leonard perdió el control: «¿De qué vas?

¿Te crees el puto Marcel Marceau?»

. El joven se había encogido muerto de vergüenza, y hasta el propio Leonard se sorprendió por su insólito arrebato.

Después de tantas evidencias, lo único que quería era aguantar la temporada sin saltarse una frase.

Tras haberlo conseguido en el estreno estaba más animado, y hasta ese momento pensaba que también saldría airoso de la segunda función, pero en este momento seguía mirando a Sophie Hsu —Cordelia— totalmente perdido.

Estaban agarrados de las manos y ella le dio un apretón para infundirle confianza, aunque su expresión fue cambiando de la preocupación a la pena y luego al pánico.

Mientras se giraba hacia la parte menos iluminada del escenario —un estudio alquilado en la calle 45 Oeste—, Leonard tuvo tiempo de pensar que la expresión afligida de Sophie encajaba con la de Cordelia y su propio desconcierto con el de Lear.

Seguía intentando recordar el final de su parlamento, tanteando en el estante alto de su mente donde juraba haberlo dejado, pero no aparecía por ninguna parte.

Justo cuando el silencio comenzaba a inquietar al público, Edmundo se adelantó: «Lleváoslos», dijo, y a partir de ahí todo fue rodado.

Después Leonard se cruzó con Ryan Gushiken entre bastidores.

En cuanto Ryan salvó la situación se había acordado de esas últimas frases.

Solo se habrían percatado quienes conociesen a fondo la obra, y siempre se podía interpretar como una omisión intencionada.

Así que Ryan había actuado correctamente al cubrirle.

Pero Leonard podía notar que esperaba un agradecimiento explícito, con su arrogancia habitual, tanto más irritante por estar fundado en un talento real.

Estos jóvenes ambiciosos siempre intentaban dejarle en evidencia. Siguió andando.

Delante de los camerinos se encontró con Sophie, y parecía que le estaba esperando.

—Uf, por los pelos, ¿eh? —le dijo, como si aprovechase el incidente para forjar una conexión. Al ver que no contestaba desvió la mirada, pero insistió tímidamente—: ¿Vamos a tomar una copa?

Sophie era una chica espigada y extrovertida de Saratoga Springs que llevaba poco tiempo en la ciudad y estaba encantada con su papel en la obra. Por la edad podría haber sido su hija, y Leonard le había cogido un cariño sincero durante los ensayos.

—¿Las de anoche no fueron suficientes? —le preguntó, recordando las rondas que había pagado para los actores, los técnicos y su padre, que fue a ver el estreno, aunque sin excesivo entusiasmo—. Puede que el alcohol me haya afectado hoy.

—Venga, solo una.

En otros tiempos, una copa y lo que surgiese con una joven ingenua habrían sido justo lo necesario en esta situación, pero ahora solo podía pensar en Emily.

—Lo siento, no puedo. Esta noche no.

Sophie le miró dolida, con los ojos brillantes.

—Otro día.

—Vale, otro día —dijo ella con un gesto leve de disgusto.

Estaba perdiendo la cabeza con Lear. Maldito cliché.

Eso era lo que pensaba obsesivamente mientras sus pasos retumbaban por el túnel que subía a Washington Heights.

Tenía que sobrevivir a otras cinco funciones, así que empezó a repasar sus frases; eran más de setecientas, pero fue recordando todas, incluso las que antes había olvidado, y le sorprendió otra vez que la memoria se comportase de forma tan diabólica.

Cuando llegó a su apartamento se sentía mejor.

El lapsus podía haber sido por el estrés o incluso por el alcohol y, aunque estuviese condenado a acabar como su madre, debería tener otros diez años buenos por delante, así que a lo mejor no estaba perdiendo la cabeza todavía.

Dejó las llaves en el cuenco junto a la puerta y se sentó a contemplar la estrecha franja del río visible desde la oscuridad del salón.

Siempre acogían a uno de los actores itinerantes allí durante la obra pero, sin Emily de anfitriona, ese año no se había molestado en invitar a nadie y sin la compañía habitual notaba su ausencia mucho más.

Seis meses antes habían interpretado allí mismo su última escena.

Ella decía que estaba harta, harta de la ciudad y de sueños imposibles.

Tenía cuarenta y dos años, y si no lo había conseguido, ya no lo iba a conseguir en la vida.

No era cuestión de si tenía talento o no, quizás el karma o la voluntad divina habían pasado de largo, y ya no podía más, estaba cansada y harta de todo.

Leonard lo entendía perfectamente, él estaba igual de harto de las audiciones abiertas, los papelitos de pocas frases, las esperas, el rechazo y su padre, un físico de Harvard que le preguntaba una y otra vez cuándo le daban el Oscar.

Sin embargo, no iba a tirar la toalla por eso, y menos cuando la compañía ya tenía algún arraigo en la ciudad.

Antes o después llamaría la atención de alguien y se cumplirían sus sueños: un triunfo tardío todavía era posible.

—¿Y tú por qué no lo dejas de una vez? —le había preguntado Emily.

A veces se lo planteaba, pensando en las ventajas de tener un trabajo fijo y un salario mensual, un buen plan de pensiones y las tardes y los fines de semana libres.

Cuando era adolescente se había pasado los fines de semana viendo la televisión y durmiendo, y anhelaba esa libertad, sin horarios, sin la obligación de aprovechar el tiempo constantemente ni la sensación de que ya le quedaba poco.

Pero dejarlo significaría que su vida había sido un error, y aún no estaba dispuesto a admitirlo.

Pero ella sí. Al decir que quería dejarlo, que ambos lo dejasen, estaba diciendo que había perdido la fe. En los dos.

Encendió el teléfono. En esos seis meses no había estado activo en las redes sociales, y Emily tampoco.

Cualquiera que se fijase habría notado su ausencia, su repentino silencio como pareja.

Él se limitaba a actualizar la información sobre la obra, y ella solo había colgado dos cosas: una sobre un gato con leucemia felina, y otra de un sándwich que se estaba comiendo en Eisenberg’s (le habría gustado saber con quién).

Emily nunca publicaba nada sobre su vida privada; si estaba saliendo con alguien —que era una posibilidad— no lo difundiría en las redes sin decírselo antes, pero Leonard no descartaba que algún conocido lo mencionase, así que repasó las notificaciones. Esa noche tampoco había nada.

Se habían conocido el año que llegó a Los Ángeles, en la sala de espera de un pequeño teatro.

Cuando el asistente de casting leyó su nombre y Leonard se levantó, el hombre volvió a mirar su libreta y añadió: «Vas a leer con Emily Gardner».

Lo primero que le llamó la atención fue su corte de pelo de tazón; se veía claramente que su intención era algo con aire punk y masculino, pero a ella se lo habían rapado tanto por detrás que casi resultaba desagradable.

Aún así se notaba que era guapa, aunque a él eso le daba igual: lo único que le importaba era que fuese buena actriz.

Después de un año de posgrado en Londres había cogido un vuelo directo desde Heathrow a Los Ángeles intentando compensar el tiempo perdido: todos esos años de carrera y esfuerzo para complacer a su padre.

Aparte de que no le hizo gracia lo de Londres, a su padre le había molestado que no pasase por Cambridge (el de Massachusetts) antes de irse al oeste, pero Leonard estaba seguro de que se apaciguaría en cuanto triunfase.

Saludó a Emily estrechándole la mano —que era lo normal, pero también una oportunidad para conectar y no empezar en frío— y le preguntó:

—¿Estás preparada para esto?

—Yo diría que sí. —Tenía la voz tenue y trémula.

—¿Lo has hecho alguna vez?

—Pues claro —dijo ella un poco irritada.