Solos los dos EL DÍA DE TODOS LOS SANTOS #2
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EL DÍA DE TODOS LOS SANTOS #2

—Solo iremos a un par de casas. Para que no se diga que no salimos. —Ernie pensaba que se pondría furiosa, pero parecía estar más tranquila que otras veces.

—Vale. Espera aquí, solo será un minuto —le dijo.

Mientras ella ayudaba a los chicos, él se quedó pensando en su abrazo espontáneo.

Cuando estaban en la universidad, después de meses de aparente indiferencia, ella se acercó en una fiesta, le apretó el brazo al pasar y entonces se abrió el cielo.

Luego le dedicaría muchas más atenciones en su pequeño apartamento de Shoemaker Hall, en la habitación donde ella dormía de pequeña en Eau Claire y en la cabaña junto al lago en Wisconsin Dells, donde le había propuesto casarse,

pero él seguía recordando esa primera interacción fugaz como el momento más íntimo de todo el cortejo.

A lo mejor ese día se abría el cielo otra vez.

Los chicos volvieron corriendo, Ben con una nariz roja y una peluca multicolor.

—Papá, ¿qué te parece?

—¿Un payaso y un mono?

—Es lo que querían.

—¿Qué pasa? ¿No te gustan?

—¿Gustarme? Me encantan. Bozo y Bubbles, mis hijos.

Christa no se inmutó y empujó a los chicos hacia la puerta.

—Que os divirtáis. No tardéis mucho —les dijo.

Decidió llevar a los chicos más allá del vecindario inmediato y empezaron a andar. Por el camino Ben iba levantando la barbilla para que no se le cayese la nariz, y Ernie se dio cuenta de que la gente pensaría que estaban vagando por ahí desde la noche anterior en busca de caramelos.

Al cabo de un rato oyeron una voz:

—Llegáis un poco tarde, ¿no?

Desde el porche de la casa de enfrente, una chica que parecía universitaria los observaba por debajo de la visera de la gorra.

Estaba recostada en una silla con los pies en el asiento y tenía un vaso en la mano.

Ernie se acercó cabizbajo hasta el bordillo y le explicó que no era culpa de los chicos haberse perdido Halloween.

—¿Le queda algo por casualidad?

Ella bebió un trago del vaso con aire pensativo, bajó un pie muy despacio, luego el otro y dijo:

—Voy a ver qué tenemos.

Mientras la chica entraba Ernie le vio las piernas por un instante, llevaba los vaqueros cortísimos, y sintió estremecerse algo en su interior.

No había estado con nadie desde que se separaron a principios de año.

Si lo hubiera hecho, si quisiera hacerlo, Christa nunca se lo perdonaría.

Para que hubiera alguna posibilidad tenía que comportarse como un santo, pero al menos ella tampoco estaba saliendo con nadie.

Siempre había sido arrogante y recelosa, y con la edad más todavía.

Por otra parte, teniendo a los chicos no sería fácil, no solo porque la mayoría de los hombres no quieren saber nada de niños, sino porque siempre se sabría que los chicos eran hijos de otro.

Le gustaba pensar que sus genes plantaban cara por él y ahuyentaban a los pretendientes sureños.

Cruzaron la calle esperanzados, pero la chica volvió con las manos vacías y dijo:

—Lo siento, no nos queda nada. Supongo que mi novio se habrá comido lo que sobró. —Se puso de puntillas y señaló otra casa—: Probad ahí al lado. Anoche aún tenían caramelos.

Pero en la otra casa tampoco tuvieron suerte y los chicos empezaron a arrastrar los pies.

Ben iba con la cabeza gacha, Toby jugando con su saco como si fuese una guadaña, y a Ernie le entraron dudas: quizá Christa tenía razón, quizá no era buena idea.

Pensó en llevar a los chicos a casa, pero se resistía a volver sin nada.

Había notado que Christa estaba distinta, empezaba el acercamiento que llevaba tanto tiempo esperando, y a lo mejor se rompía el hielo si volviese con medio saco de caramelos.

Decidió probar en la siguiente manzana, donde vieron una casa que tenía una calabaza arrugada delante y parecía prometedora. Abrió la puerta un hombre curtido con cara de pocos amigos que resopló cuando los chicos gritaron a la vez, y luego frunció el ceño al ver a Ernie.

—¿Esto qué es? —le preguntó.

Ernie sonrió.

—Perdone que le molestemos. Son mis hijos, Ben y Toby. Su madre no salió anoche con ellos, ya sé que es increíble —le dijo, porque era verdad y por intentar confraternizar un poco—. Al ver la calabaza hemos pensado que quizá le había sobrado algo.

El hombre miró la calabaza con resentimiento, intentando decidir hasta dónde llegaba su obligación, y luego entró en la casa sin decir nada. Ben se giró hacia Ernie, que animó a su hijo levantando los pulgares.

El hombre volvió con un cuenco de madera que les ofreció estirando los brazos, sin inclinarse, y mientras los chicos elegían los miraba de una manera que Ernie ya conocía y le molestaba.

Le habría gustado que volvieran a vivir en Nueva York o llevarlos a California, a cualquier otro sitio donde no mirasen mal a los mestizos.

Él seguía insistiendo en mudarse, pero Christa decía que le gustaba mucho el sur.

—Daos prisa, chicos.

A partir de ahí todo fue rodado. La gente se sorprendía pero los recibían bien.

Entre los que no tenían caramelos, uno les dio manzanas y otro sacó una pequeña guillotina de juguete con una cuchilla blanca que parecía cortar los dedos.

Toby sonrió de oreja a oreja con cara de loco, y Ernie pensó que ese día iba a ser legendario: «Oye, papá, ¿te acuerdas de aquella vez…» , le diría Toby rememorándolo de mayor.

Luego llegaron hasta una casa donde una mujer les esperaba sentada en los escalones del porche con un bote en forma de calabaza sobre las piernas. Llevaba un chándal gris y el pelo pegado a la cabeza, recogido en una coleta y sujeto con una fina diadema de plástico.

—¡Feliz Halloween! ¡Qué buenos disfraces! —Lo dijo con tanto entusiasmo como si fuese la noche anterior.

—Gracias, señora. No sabe cuánto se lo agradecemos.

A la mujer se le humedecieron los ojos por algún motivo.

—Estáis de suerte. Aquí siempre tenemos caramelos, y que no falten. —Se rio con amargura, como burlándose de sí misma, y él se imaginó que sería porque le sobraban algunos kilos.

—Hacía tiempo que no te veía —le dijo mientras los chicos miraban qué había en el bote.

Ernie enarcó las cejas, y ella movió los brazos como si estuviera corriendo.

—Ah, ya. —Se la imaginó sentada junto a la ventana viéndole pasar haciendo footing. Debía ser aficionada a mirar la calle.

—¿Lo has dejado?

—No, es que… Ahora voy al gimnasio.

—Justo te iba a decir que te veo en buena forma.

En ese momento se oyeron pasos en la casa y apareció un niño pelirrojo con el pelo muy corto y bastante rechoncho que se paró en el umbral y gritó:

—¿Vosotros sois subnormales o qué?

—Grady Jefferson. Retira eso ahora mismo —dijo la mujer ladeando la cabeza.

El niño se echó a reír.

—Pues hoy se acabó la consola.

—Nooo.

—¿Entonces?

El niño se lo pensó unos segundos y dijo:

—Eh, chicos, ¿queréis jugar con la consola?

—Es un detalle por tu parte, Grady. Pero creo que deberían pedir permiso a su padre.

Ben y Toby se giraron hacia él tan ilusionados que tomó nota para comprarles una consola por Navidad. Ya tenía dinero.

—No quiero causarle molestias.

—Qué va. Deja que se diviertan.

Christa le había pedido que no tardasen mucho, pero le sedujo la idea de acabar el día por todo lo alto.

—Solo una partida —dijo con firmeza, levantando un dedo.

Los chicos subieron al porche, y Grady empezó a dar botes contagiado de su entusiasmo:

—¡Venga, frikis japoneses!

—¡Grady! —chilló la mujer, pero los chicos ya habían desaparecido. Ella se tapó la cara con las manos y luego se dio una palmada en las rodillas.

—Niños —dijo Ernie, y ella le sonrió agradecida.

—¿Quieres esperar dentro?

—Claro, ¿por qué no?

La casa parecía alquilada, había un futón, una lámpara de pie y un sillón redondo de mimbre.

—¿En qué calle has dicho que vives?

—La verdad es que ya no vivo en el barrio, pero su madre sigue aquí.

—Oooh. ¿Qué pasó, tuviste una aventura?

Él se echó a reír:

—¿Qué pasa, doy el tipo?

—Eres un hombre, ¿no? —le dijo arrugando la frente.

La mujer se había sentado en el futón, así que Ernie optó por el sillón de mimbre. Intentó mantenerse erguido, pero enseguida se hundió como si estuviera sentado en un flotador.

—No, nunca.

—¿Entonces qué has hecho? Ay, perdona, soy muy cotilla, ¿verdad?

En realidad no le importó. Después de su última temporada con los Tiger Sharks habían trasladado la franquicia, así que todos sus colegas y su círculo de esposas y novias se habían marchado a la vez.

Se preguntó si esa repentina soledad habría precipitado el final de su matrimonio.

En cualquier caso él ya no tenía con quien hablar.

Sus problemas matrimoniales habían surgido en parte por el dinero, sobre todo en comparación con los amigos que habían llegado a las ligas profesionales superiores, pero además Christa le había acusado de ser un padre mediocre.

«Indiferente» fue la palabra que usó, y eso le dolió porque tenía una imagen de sí mismo totalmente distinta, aunque sabía que en cierto sentido era verdad.

No conseguía olvidarse de sus problemas cuando estaba con los chicos y se distraía dando vueltas al gol que le habían colado, a un mal partido o a la mala racha.

Y siempre se sentía un poco liberado cuando jugaban fuera porque eran días o semanas sin pañales ni berrinches: solo había hockey, póker, restaurantes y un compañero de habitación que no se despertaba en toda la noche.

—Supongo que no estaría siendo buen padre.

—¿De verdad? —La mujer levantó una ceja—. Grady tendría suerte si su padre viniera alguna vez.

Le empezó a hablar de su exmarido refiriéndose a él como Cerdo Cabrón.

Habían empezado a salir en el instituto de Valdosta, en Georgia, fueron juntos a la universidad de Florida State, se casaron después de la graduación y al poco tiempo nació el niño.

Luego ella le pilló con otra, y ahora vivía con su nueva familia en Jacksonville, podrido de dinero con un negocio por internet.

—Dios sabe que adoro a Grady, pero no soporto que sea medio Cerdo Cabrón.

Ernie se preguntó si Christa le habría puesto algún mote desagradable.

La mujer suspiró y luego dijo:

—Necesito tomar algo. ¿Quieres una cerveza?

—Debería ir a ver a los chicos.

—Deja que vaya yo. Tú quédate ahí.

Volvió enseguida con una cerveza en cada mano.

—No te preocupes, se lo están pasando genial.