EL DÍA DE TODOS LOS SANTOS
Tallahassee, Florida, 2000
Era la víspera de Halloween, y Ernie estaba orinando aprovechando el descanso.
Fue entonces cuando apareció ante él el rostro húmedo y grisáceo de Troy Festerling, el maestro parrillero.
Troy era de esos tipos que se ponen a hablar por encima de la mampara como si fuese la valla del jardín.
Su tema favorito era «los coñitos» que hacían cola en la cantina, así que Ernie siguió con la mirada fija en la pastilla de desodorante del urinario.
—Ernest.
—¿Qué?
—Maestro Ern.
Pese a sus esfuerzos por ignorarle, Ernie acabó alzando la mirada, encontrándose la cara roja y sudada de Troy, que le observaba con una sonrisa maliciosa.
—He dicho que «qué».
—¿Te quieres sacar algo de pasta?
Ernie se mosqueó. Solo había mencionado una vez de pasada sus dificultades con la pensión alimenticia, y allí estaba Troy, aprovechando la información.
—¿Cómo?
—Una entrega a domicilio.
Ernie sabía lo suficiente como para adivinar de qué tipo de mercancía hablaba.
El único motivo por el que no descartó la oferta directamente fue que preguntó dónde era la entrega y que conocía esa pequeña ciudad costera.
Había ido de vacaciones con su exmujer y los chicos las primeras Navidades que pasaron allí; salieron en el coche al día siguiente de Acción de Gracias para ver llegar a Santa Claus en un pesquero de gambas, y se quedaron en un hotel precioso que tenía un mirador en el tejado.
Por las noches, cuando los chicos se dormían, se sentaban con un bourbon en las mecedoras del porche y comentaban las maravillas que iban descubriendo en el sur, en el que pudo ser su último buen periodo juntos.
Los buenos recuerdos le impulsaron a plantearse la propuesta; eso y el dinero.
—¿Por qué no lo haces tú?
—Tengo mal el coche —replicó Troy, que traía la respuesta preparada.
—Ya, o quieres que me peguen un tiro.
Troy volvió a sonreír torciendo la boca:
—Podría ser.
No hablaron más del tema en todo el día, pero al final Troy se acercó otra vez y le dijo:
—Vale tío, tú ganas. Te llevas cien más, toma, todo por adelantado. —Le había dado tres billetes de cien dólares nuevecitos—. Y habrá más encargos si quieres.
A medianoche se vieron de nuevo en la universidad; aparcaron en plazas contiguas del aparcamiento vacío, y Troy sacó un oso de peluche enorme de color morado, de esos que dan en las ferias como gran premio por ensartar anillas en una botella o disparar a las estrellas.
—Lo sientas ahí delante y ya está —le dijo, y metió el oso por la ventanilla.
Después de una hora en la carretera, Ernie se iba fijando en las iglesias inflables y los carteles pintados a mano que anunciaban cacahuetes hervidos.
Aunque ya llevaba tres años allí, todavía se asombraba con lo que descubría en el sur.
Se había criado en Manhattan, junto al cruce de East Broadway con Market Street, donde su padre dirigía una academia de Hung Gar19.
Habría sido la academia Wan Ming Lee e Hijo si su padre se hubiera salido con la suya, pero Ernie nunca había sido aficionado al kung-fu, y lo que le gustaba era el hockey.
Había jugado de portero en la liga infantil Pee Wee, estuvo a punto de entrar en la selección nacional sub-17, y soñaba con llegar a la NHL, como todos sus compañeros.
Larry «China Clipper» Kwong había jugado con los Rangers de Nueva York en 1948 diez años antes que Willie O’Ree, el primer jugador negro del hockey.
Pero solo jugó un minuto en la tercera parte de su único partido en la NHL: un primer paso más simbólico que real.
Ernie quería ser el primer jugador chino profesional.
Si sus padres se lo consintieron fue solo porque las universidades de la Ivy League también tenían equipos de hockey, pero cuando se quedó corto con las notas eligió St. Cloud State, en Minesota, una universidad de tercera división con un equipo de hockey de primera.
—Herb Brooks estuvo allí una temporada, fue el entrenador del «Milagro sobre hielo», ¿no os acordáis? —les dijo entusiasmado a sus padres, que le miraban parpadeando indecisos y nunca llegarían a entenderlo del todo.
Al terminar la universidad había firmado un contrato con el Vancouver, y aquel primer verano parecía que iba por el buen camino, pero aparte de las concentraciones anuales de septiembre nunca llegó a jugar en la costa oeste.
Solo alcanzó a jugar para el equipo filial de Siracusa, en una liga inferior, donde fue perdiendo facultades poco a poco.
Después de cuatro años, como último recurso para salvar su carrera, había firmado con los Tiger Sharks de Tallahassee, que jugaban en tercera en la liga de la costa este,
y todo eso explicaba el hecho de estar conduciendo un coche rumbo al golfo de México con un peluche gigante lleno de droga como copiloto.
Tras seguir la sinuosa carretera por la línea de la costa durante una hora, cuidadoso de no superar el límite de velocidad, llegó a una pequeña ciudad pesquera en la punta de una oscura bahía.
Mientras esperaba en el coche frente al mismo muelle donde había desembarcado Santa Claus años atrás, no paraba de repetirse que todo iba bien, que nadie podría enterarse, que el mundo era ajeno a su agitación interior.
A la hora convenida apareció un hombre y Ernie se puso tenso; se dirigió despacio hacia él, le ofreció el oso —que no le sorprendió—, y eso fue todo, ya había terminado.
Rodeó la ciudad con el coche y después volvió a casa eufórico, a toda velocidad.
Ya no le daba tiempo a dormir, aparte de que estaba demasiado excitado, así que se tomó un par de cafés y se fue al trabajo, donde informó a Troy haciendo una seña.
Cuando llegó a casa por la tarde cayó rendido, llevaba en pie un día y medio, y se despertó plácidamente horas después, bien descansado y saboreando su triunfo.
Había quedado en salir con los chicos por Halloween, y le diría a su exmujer que se había dormido, pero en realidad se había olvidado del todo.
Cada dos semanas un camión grúa atravesaba Tallahassee recogiendo electrodomésticos y muebles viejos, por eso cada dos semanas las calles se llenaban de sillones feísimos, colchones mugrientos, balancines rotos y calentadores oxidados.
Esa fue la escena que se encontró en su antiguo vecindario, pasado Frenchtown.
Aparcó delante de una casa que tenía un zócalo imitación ladrillo y un toldo metálico con la pintura pelada por el sol.
Christa le había advertido que no apareciese sin avisar, pero quería ver a los chicos y compensar el plantón de algún modo.
Si hubiera llamado por teléfono, ella le habría colgado sin más.
En cuanto echó a andar hacia la casa se abrió la puerta, y Ben, su hijo mayor, apareció en el umbral.
—Papá, ¿dónde estabas? —chilló, y bajó corriendo los escalones, pero luego se controló y frenó en seco. Ernie se agachó abriendo los brazos y vio el alivio en la cara de Ben, que siguió corriendo hasta él y apoyó la cabeza en su hombro.
Ernie abrazó a su hijo con la sensación de que le estaban vigilando, una sensación que siempre había tenido como padre, pero sobre todo desde el divorcio.
Aunque solo veía a Christa unos instantes cuando recogía a los chicos, Ernie se sentía observado y acababa sobreactuando para demostrarle que era buen padre.
Levantó la mirada, pero ella no estaba en la puerta bloqueando el paso como se imaginaba, y le pareció buena señal, casi una invitación, así que asomó la cabeza.
Toby, que tenía cuatro años, estaba jugando con coches en el suelo del salón.
Al otro lado de la mesa de la cocina vio a su mujer —su exmujer— de perfil junto al fregadero; el agua hacía bastante ruido y estaba absorta en sus pensamientos.
—Hola, Toby —susurró.
Toby le miró sin inmutarse y luego siguió jugando. Podía ser un reproche por dejarlos plantados, pero en realidad siempre había sido un niño bastante retraído, como su madre, sobre todo después del accidente que le había dejado medio ciego de un ojo.
—¡Mamá, ha venido papá! —gritó Ben.
Christa se giró sonriendo distraída y al verle se le borró la sonrisa.
La tarde anterior le había dejado dos mensajes en el contestador: «Ernie, esto es increíble, ¿te estás quedando conmigo?»
, y luego: «Ya me estoy preocupando. Llámame cuando oigas esto».
Él le había dejado un recado en la oficina donde trabajaba por las mañanas con la esperanza de que la preocupación diese lugar al arrepentimiento, incluso al amor, pero se dio cuenta de que ya no sentía lo mismo que la noche anterior.
La observó mientras cerraba el grifo y rodeaba la mesa secándose las manos con un paño de cocina.
Aún no se había quitado la blusa brillante con lazo en el cuello que usaba para trabajar, llevaba la melena rubia recogida en un moño flojo y tenía un aire de secretaria traviesa que le provocó una punzada interna.
No le hacía gracia la idea de que andaba por ahí más atractiva que a los diecinueve.
—Vale. ¿Qué ha pasado?
Cuando le propuso lo de Halloween ella solo había dicho que le parecía factible, nada más, y podía haberla acusado de ambigüedad, pero lo que hizo fue mentir: horas extra en el trabajo, el cansancio acumulado, el fallo de la alarma…
—Lo siento mucho, Ben, Tobes.
Christa se quedó mirándole y luego se acercó a él tendiendo los brazos. No le había abrazado desde hacía meses, y le sorprendió su ternura. Parecía que esa noche de inquietud realmente había desenterrado los sentimientos de antaño.
—Bueno, ¿y cuántos caramelos os dieron? —dijo en tono alegre, frotándose las manos con un gesto teatral.
—¡No nos dieron ninguno!
—¿Y eso?
—No salimos a pedir.
—¿Cómo que no fuisteis? —dijo en tono acusador, girándose hacia Christa.
—No quisieron ir. Querían que tú vinieras. Se quedaron dormidos esperándote —respondió con serenidad.
—No pasa nada, papá. Mamá había comprado caramelos.
—Bueno, pero no es lo mismo. ¿A que no? Venga, poneos los disfraces. —Había pensado llevar a los chicos a tomar un helado, pero se le había ocurrido un plan mejor.
Toby levantó la mirada parpadeando con el ojo blanco.
—Ernie.
—¿Por qué no? —le preguntó. De repente estaba muy satisfecho consigo mismo.
Los chicos ya estaban de su parte y alborotando.