BELSIZE PARK #3
—Con doce o trece años ya estaba harto, y un día decidí quedarme en casa viendo la tele.
Pero luego no estaba a gusto, no podía con mamá y papá haciendo ruido abajo.
Además les oí discutir, así que acabé bajando para mantener la paz.
Al final lo más fácil era hacer mi parte y ser la clase de hijo que ellos querían.
La señora Turner se quedó con eso y dijo:
—No lo has tenido fácil, ¿verdad?
Yo me animé, parecía que nos íbamos entendiendo, que tenía interés por saber más cosas de mí.
—Supongo que no. Es una de las cosas que Fiona y yo tenemos en común. Ella tampoco lo ha tenido fácil —dije pensando en los años del internado.
La señora Turner dio un respingo:
—No le hagas caso a Fiona. Ha tenido una infancia perfecta y siempre la mejor educación.
No me dio tiempo a pensar qué decir, el hervidor de agua empezó a silbar y Fiona entró gritando:
—¡Mamá!
Fiona y yo íbamos a salir a cenar solos.
—No hace falta que carguéis con un par de viejos —dijo el señor Turner cuando volvió, y me pareció un detalle por su parte.
Mientras Fiona se arreglaba la estuve esperando en uno de los salones, entretenido con las fotos embarazosas de su adolescencia —con gafas, con brackets y cortes de pelo a tazón— que me recordaron unos versos de Larkin que había leído en el instituto: «Demasiados dulces, demasiado empalagosos;
imágenes tan nutritivas que me atraganto».
Como era de esperar, Fiona eligió un restaurante francés, un bouchon en South Kensington con mesas de madera muy juntas y las paredes cubiertas de sartenes de cobre y curiosidades.
—Creo que deberías probar la tête de veau, es cabeza de ternera —dijo mirando el menú. Llevaba el pelo recogido resaltando las orejas como los elfos, y a la luz vacilante de la vela parecía seria y reservada. Era decididamente la persona con quien yo quería estar.
La cena empezó con tres tipos de ensalada y terminó con queso y pruneaux au vin. Hacia el final del postre Fiona parecía inquieta.
—Solo nos quedan dos trimestres —dijo de repente, y antes de que siguiera adiviné que intentaba sacar el tema que también había querido sacar yo—: ¿Qué planes tienes para después?
—Me gustaría vivir en Londres…
—A mí también —dijo ella, y nos miramos satisfechos.
—¿Tú qué has pensado hacer?
—Lo único que se puede hacer con el francés: trabajar de institutriz.
Me eché a reír.
—Supongo que yo tampoco tengo muchas opciones. Además tendré que ayudar a mis padres.
—Por supuesto. Puedes llevar la contabilidad desde cualquier parte.
—No, me refiero a que tendré que seguir ayudándoles en el mostrador.
Me miró con ese pucherito apenado tan suyo. Nunca le había hecho gracia que fuese a casa una vez al mes para ayudar con la avalancha del fin de semana.
—¿Incluso cuando estés trabajando en Londres?
—No te imaginas cuántos chinos salen de Londres el fin de semana para ayudar en restaurantes de comida para llevar.
—¿No pueden contratar a alguien?
—Podrían, pero ahora mismo tampoco ganan tanto.
Fiona se quedó pensando, eligiendo las palabras:
—Tú ganarás más que suficiente para contratar a alguien que los ayude.
En ese momento me di cuenta de que en el mundo había dos clases de personas: las que asociaban la familia con el ocio y las que asociaban la familia con el trabajo.
—Acuérdate de que mis padres no hablan inglés.
—¿No? —Me miró enarcando las cejas.
Quizá no se lo había dicho, pero me molestó su puerilidad.
—¿Alguna vez me has oído hablar por teléfono en inglés?
—Eso no significa nada. Tienen un restaurante de comida para llevar —dijo frunciendo el ceño.
—Se manejan, sí. Pero la gente siempre intenta tomarles el pelo. Por eso voy a ayudarles atendiendo a los clientes.
Fiona bajó la mirada
—Mira —le dije suavemente—, mis padres no me han enseñado a cocinar. No han consentido que me acercase a los woks por mucho que les he rogado. Te aseguro que no quieren esa vida para mí. Ellos solo tienen que seguir aguantando unos pocos años más.
Ella lo pensó un instante y movió la cabeza como reprochándose.
—Por supuesto, cariño. Lo siento.
Cuando salimos del restaurante había bajado la niebla y llovía.
Corrimos de la mano hacia el metro por calles oscuras que brillaban bajo la lluvia y, después de mojarnos y pasar frío, el ambiente de su casa me pareció muy agradable y acogedor.
Mientras me preparaba para acostarme pensé en mis padres, que seguirían trabajando hasta tarde y luego pondrían una cinta de vídeo.
Esa era toda su vida al parecer: ver la televisión china un ratito por la noche.
Siempre que sus amigos iban a Hong Kong, mis padres les pedían que les grabasen las series de moda.
Su favorita era Seung Hoi Tan, conocida como The Bund, que protagonizaba un jovencísimo Chow Yun-fat y trataba de unos mafiosos en el Shanghái de 1920.
Me imaginé a papá sentado con la camiseta de tirantes húmeda de sudor, frotándose los hombros con bálsamo del tigre hasta que toda la casa olía a mentol, y de repente me arrepentí de haberle pedido a Fiona que viniese a Stoke.
Bajé a dar las buenas noches. Había luz en el estudio, pero en la planta baja se oían voces de mujeres y fui hacia allí.
A mitad de la escalera se alzó una de las voces y la otra respondió en el mismo tono.
El instinto me decía que diese la vuelta, pero seguí avanzando impulsado por una curiosidad morbosa.
La puerta de abajo estaba cerrada, y justo cuando iba a abrir escuché a la señora Turner diciendo: «Me da igual que no sea Hampstead».
Temí que el señor Turner saliese inmediatamente de su estudio y subí corriendo a mi habitación.
Me tumbé en la cama con el corazón desbocado. Parecía que madre e hija discutían sobre el pasado, sobre el tipo de vida que había llevado Fiona, pero no podía evitar la sensación de que tenía algo que ver conmigo.
Fiona apareció más tarde, se metió en la cama y me abrazó sin decir una palabra.
—¿Va todo bien?
—Todo bien, ¿por qué? —dijo, y continuó sin esperar a que respondiera—: Vamos a dormir un poco, que mañana temprano quiero enseñarte el parque.
No insistí, contento de tenerla a mi lado. Pasara lo que pasara, Fiona me protegería.
Mamá y papá trabajaban siete noches a la semana y despachaban la comida todos los días menos los martes y los domingos.
Ese día habrían dormido hasta más tarde, pero tenían previsto madrugar y cocinar para Fiona.
Nuestro plan era dar un paseo por el parque, coger el tren a media mañana y estar en Stoke al mediodía.
Nos levantamos cuando empezaba a clarear, aunque parecía más temprano porque todo estaba en silencio.
En Haverstock Hill las panaderías y cafeterías ya estaban iluminadas y en el interior había movimiento; en una vimos a una mujer que estaba limpiando una mesa y era igual que un cuadro de Vermeer.
Sentí que tuviéramos prisa porque me habría gustado poder sentarnos a disfrutar de la mañana.
Ir al parque a primera hora me parecía un poco raro, pero a Fiona le encantaban sus senderos centenarios y sus vistas panorámicas, y quería que yo lo viese.
Después de rodear el hospital Royal Free seguimos por Pond Street hasta South End Road, pasando una hilera de librerías, tiendas benéficas y farmacias.
Fiona estaba rara y poco comunicativa, aunque no se mostraba distante.
Era el aire apacible pero aún frágil de quienes se han reconciliado después de una pelea, solo que no habíamos discutido.
Cuando llegamos a la esquina del Heath, Fiona señaló la calle siguiente:
—No tenemos tiempo, pero la casa de Keats está allí mismo.
En el instituto tuve que leer bastante a Keats —que no era de mis favoritos como Larkin— y todavía me acordaba de algunas cosas:
—«Cuando Keats se enamoró de Fanny Brawne su madre no lo aprobaba, pero con el tiempo cedió».
Pensaba que Fiona se reiría, pero me miró con gesto apenado y echó a andar colina arriba, por Parliament Hill, pasando frente a casas de ladrillo rojo con molduras blancas.
Yo la seguí obstinadamente, el aliento formándose en nubes.
A la entrada del parque el pavimento dio paso a un sendero.
Sin detenerse, tomó el camino entre prados abiertos, la hierba aún blanca de escarcha.
Seis meses atrás habíamos paseado por la pradera de Christ Church, con las agujas de Oxford alzándose a lo lejos y las vacas descansando, con sus extraños cuernos curvados como pinzas.
Fiona y yo habíamos dormido juntos por primera vez y, mientras cruzábamos el prado a zancadas, no podíamos dejar de sonreír. Qué lejano parecía todo aquello.
Por fin llegamos a la cima, y allí estaba: la gran ciudad, envuelta en la niebla.
Cuando nos sentamos en un banco a recobrar el aliento no había nadie en los alrededores, y pensé en todos los que habían conquistado aquellas vistas desde Etelredo el Indeciso, y en los que aún no lo habían hecho o nunca lo harían, como mi abuelo,
que se sorprendió al encontrar una comunidad de chinos bien arraigada en Liverpool.
Marineros en su mayoría, como él, algunos de los cuales habían acabado emparejados con muchachas locales —inglesas, irlandesas o galesas pobres— que luego se convertían en una especie de deshonra, incluso para sus propias familias.
Y yo entendí que el tiempo no era una línea ni un arco, sino una onda, un vaivén perpetuo.
—No vas a venir a Stoke, ¿verdad?
Fiona achicó los ojos y siguió mirando fijamente al horizonte. Luego apoyó la frente en mi hombro, y a mí me dio vergüenza porque lo primero que sentí fue alivio.
—Y nunca iremos juntos a París, ¿verdad?
Entonces me abrazó hundiendo la cara en mi cuello, y al notar la cuña fría de su nariz lo vi todo con claridad: el largo paseo para volver a su casa, el viaje aún más largo hasta Stoke y las caras de perplejidad de mis padres al verme aparecer sin ella.
También vi cómo iba a pasar los dos últimos trimestres: en la periferia, lejos del centro de la ciudad, o en un cubículo de estudio en la Biblioteca Bodleiana, donde a pesar de las normas para proteger el valioso pasado mantendría encendida mi pequeña llama.