BELSIZE PARK #2
—Está delicioso, y tienen una casa preciosa —me atreví a decir al final.
—¿Sabes de dónde viene el nombre de Belsize? —me preguntó el señor Turner—. De la expresión francesa bel assis, que significa «bien situado».
—Y lo está —dije.
—Este barrio tiene casi mil años de antigüedad. Etelredo el Indeciso constituyó el señorío de Hampstead en el año 986 y...
—Papá.
—…Y una parte se convirtió después en el señorío de Belsize. Richard Steele tenía una casa en Haverstock Hill, y la reina Victoria venía por aquí a pasear en coche.
Yo me sentí obligado a decir que me había criado en Gerrard Street, en el mismo edificio donde había vivido John Dryden, y luego me di cuenta de que sonaba muy raro, pero el señor Turner simplemente sonrió y me preguntó:
—¿Y cómo llegasteis hasta Gerrard Street?
—Ya empezamos —saltó Fiona.
A mí no me importaba, y la tranquilicé con un gesto.
—Mi padre se instaló en Chinatown cuando vino a Londres a principios de los sesenta —dije, y les expliqué que antes cultivaba arroz en los Nuevos Territorios, pero se vio forzado a emigrar por «la revolución verde» y en Londres solo encontró trabajo en la hostelería.
—Creía que tus padres vivían en Stoke.
—Ahora sí. Mi madre también trabajaba en hostelería, pero no les gustaba trabajar para otros, así que estuvieron ahorrando y abrieron su propio restaurante de comida para llevar.
No lo tuvieron fácil porque además de competir contra otros restaurantes chinos, estaban los indios, los italianos y los chipriotas.
Por no hablar de Sainsbury’s, Tesco y M cuando entró me eché a reír.
Estaba acostumbrado a verla en ropa interior y las camisetas anchas que se ponía en Oxford para dormir, pero allí llevaba un camisón largo de franela tan floreado como mi colcha.
—Mira, ha venido Laura Ashley.
Ella sonrió con aire compungido y se metió en la cama.
—¿Qué tal lo he hecho?
—Has estado genial, cariño.
—¿De verdad?
—Sí. A veces mis padres necesitan… verse a sí mismos, ¿sabes?
—Espero haberles caído bien.
—Les has caído requetebién —dijo besándome, suavemente al principio, más pasionalmente después y sin intención de parar.
—¿Y si se enteran tus padres? —susurré.
Entonces se sentó a horcajadas encima de mí, levantó los bordes del camisón cruzando los brazos y se lo quitó.
—Olvídate de mis padres —me dijo con el pelo revuelto.
Cuando nos levantamos vimos que estábamos solos. Su padre había ido a trabajar y su madre a una reunión, quizá de su asociación conservacionista. Era el único día entero que íbamos a estar en Londres y luego iríamos a Stoke.
—Vámonos de compras —dijo Fiona mientras desayunábamos.
—¿No me querías enseñar el parque?
—Sí, pero antes de ir necesito comprar unos regalos para mis padres.
Nos bajamos del metro en Green Park, enfrente del hotel Ritz, y fuimos andando junto a los taxis negros y los autobuses hasta Old Bond Street, donde miles de lucecitas blancas creaban un ambiente celestial.
—Es muy bonito —dije.
—¿Has visto París en Navidad?
—Nunca he estado en París.
—¿Nunca?
—Ya sabes que nunca hemos ido de vacaciones, pero me gustaría mucho conocer París contigo.
—Me encanta la idea, cariño —dijo colgándose de mi brazo.
Antes de salir de Oxford Fiona había sugerido que me llevara una camisa de vestir, chaqueta y mi único abrigo decente, y no entendí por qué hasta que fuimos a Valentino, Chanel, y Saint Laurent.
Después de entrar y salir de unas cuantas tiendas eligió un jersey para su padre sin pensarlo mucho, como si fuese fácil de complacer, en cambio no veía nada que le gustase para su madre.
La búsqueda se alargaba y fuimos a comer.
Después Fiona se encontró a un conocido, un tipo que llevaba un traje de tweed y un peinado relamido con ondas perfectas.
Iba cargado de bolsas, y se inclinó alargando el cuello para ofrecer la mejilla.
Por lo que pude deducir, era un amigo del internado que estudiaba en Cambridge.
—Paul, este es Peter —dijo Fiona.
—Hola, Peter —respondió él, logrando de algún modo extender la mano.
Nos quedamos de pie en la acera, charlando.
Paul era, ante todo, agradable, una de esas personas que parecen tan poco intimidadas por el mundo que no se les ocurriría ser otra cosa que amables.
Lo que me sorprendió, sin embargo, fue la rapidez con que Fiona se acomodó a él, lo fácil que le resultaba también a ella moverse por el mundo.
Nunca lo había visto del todo, o no había querido verlo, y aquello me hizo sentir cínico, del mismo modo que lo habían sido mis amigos cuando Fiona y yo empezamos a salir.
Después, mis sentimientos se desbordaron de la peor manera:
—Me has soltado la mano.
—¿Qué?
—Me has soltado la mano en cuanto has visto a Paul.
—¡Para saludar!
—¿Habéis sido novios?
—Por favor, si nunca se ha fijado en mí.
—Pero a ti te gustaba.
—No seas ridículo —dijo mirándome fijamente.
Fiona se decidió por fin en la siguiente tienda, donde tenían bolsos en expositores independientes como si fuesen piezas de museo.
El que eligió parecía sencillo, salvo por un cierre con forma de omega.
Aun así, costaba 150 libras. Yo me sentí obligado a demostrar que también podía comprar algo, así que elegí un paraguas, el artículo menos caro que encontré, y dije que era para mi madre, aunque sabía que se iba a enfadar por el derroche.
Cuando me giré para salir, vi que Fiona tenía los ojos rojos y brillantes.
—¿Qué te pasa?
Ella salió de la tienda sin contestar y yo la seguí con cierto temor.
—¿Has visto a la dependienta? —me dijo luego en la calle.
—¿Qué le pasaba?
—¡Ha sido muy grosera! ¡No te ha dicho ni una palabra!
Pensé en la chica: falda de tubo, el pelo rubio recogido en un moño y los labios apretados.
Me sentí tan aliviado de que Fiona no estuviera enfadada conmigo que mis temores se convirtieron en irritación.
Ella sabía que en Stoke nos habían roto a pedradas el escaparate del local, que a Ramesh y a mí nos perseguían continuamente grupos de chicos —e incluso chicas— con botas militares y la cabeza rapada.
¿Qué importaba una dependienta estirada comparada con todo eso?
—He visto cosas mucho peores, créeme —le dije mientras la abrazaba.
—Pues no tienes por qué.
Se me ocurrió que lo podría haber dicho en la tienda, que podría haber devuelto el bolso jurando no volver nunca más, pero sentía su respiración agitada, el latido furioso de su amor, y no dije nada.
En cuanto llegamos a su casa, Fiona me pidió un favor:
—Sé bueno y ve a saludar a mamá. Tengo que esconder los regalos.
Encontré a la señora Turner sentada a la mesa del comedor con una taza de té, contemplando el jardín, tan absorta que estuve a punto de retroceder para no molestarla, pero notó mi presencia y se giró sonriente.
—Hola, Peter. Ven a sentarte. Te preparo una taza de té.
En la mesa había una tetera con una funda de punto, pero ella fue a poner agua a hervir y volvió con una taza y un platillo.
—¿Qué habéis hecho hoy?
Yo le conté solo la mitad para no estropearle la sorpresa a Fiona:
—Hemos ido a comer, y luego nos hemos encontrado con un amigo suyo. Paul.
La señora Turner frunció los labios sin decir nada. Hasta ese momento no había visto grandes parecidos entre madre e hija, pero de pronto vi a Fiona en la cara avejentada de su madre.
—Me ha dicho Fiona que estudias contabilidad.
—Sí. En parte para ayudar a mis padres.
Se quedó callada como si no supiera qué decir, o como si tuviera mucho que decir y no supiera por dónde empezar.
—¿Y de pequeño qué tal, qué te parecía lo del restaurante?
Le dije que tenía muy buenos recuerdos de mi niñez, que me encantaba ayudar a mis padres pelando gambas y desgranando vainas de guisantes hasta que se me arrugaban los dedos, pero que al hacerme mayor empecé a aborrecer el trabajo porque quería hacer lo mismo que otros niños: ir al cine,
tener vacaciones, andar por ahí…