BELSIZE PARK
Londres, 1984
—Deberías venir a Londres cuando acabe el trimestre. A conocer a mis padres.
Estábamos tumbados en la cama en su habitación de High Street.
El mes anterior habíamos bajado a Londres para ir a un concierto en el Half Moon, en Putney, pero no les habíamos dicho nada a sus padres, que vivían en Belsize Park.
Yo pensaba que aún era pronto para formalidades, pero al parecer había llegado el momento.
—¿En serio?
—¿Por qué no? Llevamos seis meses saliendo.
Eso era exagerar un poco. Nos habíamos conocido a finales del segundo curso y estuvimos dos o tres semanas viéndonos todos los días antes de las vacaciones de verano, que yo pasé en Stoke-on-Trent, trabajando en el restaurante de comida para llevar de mis padres —se llamaba Lucky House—,
y ella veraneando con su familia en Francia, y nos habíamos despedido sin ningún compromiso.
Al volver en otoño habíamos empezado a salir otra vez, pero en realidad solo llevábamos tres meses juntos.
—Mis padres necesitan que les ayude en el mostrador.
Me miró haciendo un pucherito apenado:
—¿No pueden prescindir de ti un día o dos?
Al principio me parecía increíble estar saliendo con alguien como Fiona, tan inteligente, tan guapa y tan inglesa; la única forma de dominar mi temor a perderla era dar por hecho que la perdería.
Sin embargo, no nos habíamos separado desde el concierto, y ya empezaba a hacerme ilusiones a pesar de mis miedos.
Si vacilé fue solo para asegurarme de que no lo decía por ser amable, pero la carita que puso fue suficiente.
—Vale, iré contigo. Pero después tienes que venir a Stoke.
Se quedó callada pensando.
—¿Crees que les gustaré a tus padres?
—Les vas a encantar —dije, aunque no estaba seguro.
La primera semana que pasé en Oxford, desde que me senté con la toga y el birrete en la galería superior del Sheldonian para escuchar la solemne perorata del rector en latín, tenía la sensación de ser un intruso sin derecho a estar allí, algo que ya me solía ocurrir en el instituto.
Durante esos días fui varias veces al pabellón de bienvenida, que siempre estaba abarrotado, y me informé sobre el club Pooh Sticks, la Sociedad de la Decadencia Heterosexual y la Asociación de Estudiantes Chinos —donde las dos chicas que atendían el puesto me miraron haciendo ojitos—,
pero al final no me uní a ningún grupo y estuve la mayor parte del curso en mi habitación o estudiando en un cubículo de la Biblioteca Bodleiana, donde, entre tantos libros raros y antiguos, tuve que jurar no «encender llama17».
Sin embargo, el segundo año hice unos cuantos amigos igual de escépticos sobre lo que ocurría en nuestro entorno, especialmente sobre los bailes de la universidad, pero al final del último trimestre decidimos que sería divertido colarnos en uno.
Fuimos a Shepherd and Woodward18 para alquilar los trajes con el mismo ánimo que los aqueos entrando con el caballo de Troya, pero cuando me vi con el esmoquin y la pajarita en el espejo del probador, pensé por primera vez que podía ser uno de ellos.
La tarde del baile nos mezclamos entre la gente que llenaba la plaza Radcliffe, que a esa hora estaba preciosa, con la muralla y las torres bañadas de dorado.
Delante de la Cámara Radcliffe había unas chicas con vestidos de fiesta haciéndose fotos; una de ellas tenía el pelo castaño y liso (cuando lo que se llevaba eran los peinados con volumen) y el escote caído, lo que me despertó una ternura inesperada.
En ese momento me miró y me vi reflejado: alto, espigado, exótico, pero el momento pasó y apartamos la mirada.
Esa noche, después de haber burlado la seguridad y colarme en un patio iluminado con faroles, la volví a ver, esta vez sola, mirando por encima de su copa con un aire algo desamparado.
—Hola de nuevo —dijo, algo que debería haberme dado confianza.
Pero en lugar de eso, balbuceé lo de siempre:
—Hola, ¿cómo estás?, ¿en qué universidad estudias?
Cuando me lo dijo, se me apagó el entusiasmo. Si había una universidad que todavía encarnaba el espíritu de la juventud brillante y glamurosa, esa era Magdalen.
—¿Y tú?
—Lady Margaret Hall.
—¿El colegio femenino?
Me incomodó la pregunta. Estaba orgulloso de LMH y de que estuviera en las afueras de la ciudad: periferico, como yo.
—Ahora tenemos algo que se llama coeducación —respondí.
Mi comentario dio en el blanco, quizás demasiado; le dio un trago a la bebida con aire dolido y pensé que saldría de allí con la excusa de saludar a una amiga.
En cambio, empezó a hablar de sus años en un internado con un puñado de chicas perdidas en un océano de chicos.
No había una residencia femenina; más bien, en cada residencia había un par de chicas de cada curso y eran objeto de constantes burlas.
—Y no creas que esto es mejor —dijo con amargura—. Una de las propuestas que se debatieron en la asamblea de mi grupo fue: «Las mujeres de Magdalen deberían alquilarse con los mismos criterios que las barcas». Es alucinante.
Noté cómo me ardían las orejas, y lo único que se me ocurrió fue hablarle del instituto, de mi único amigo que se llamaba Ramesh y del acoso que padecíamos a diario.
Pensé que sería demasiado poco y demasiado tarde para arreglarlo, pero ella se ablandó, dijo: «eso es horrible», y hubo una especie de comprensión entre nosotros.
Seguimos hablando de pie, luego sentados, y acabamos por tumbarnos después de jurar que aguantaríamos hasta el desayuno con champán.
Más adelante habría entre nosotros mayores intimidades, pero en cierto modo nada superó aquella primera: los dos tumbados cara a cara sobre la hierba, a la vista de los que quedaban en el baile, y Fiona tan segura de estar protegida que cerró los ojos y se durmió.
Yo llevaba trabajando en el local de comida de mis padres desde que pude asomarme al mostrador.
El verano en que Fiona y yo estuvimos separados no fue distinto.
Pero al contrario que los veranos anteriores, en los que me entretenía soñando con un amor impreciso, ese verano mis anhelos tenían forma de alguien real.
Al terminar el curso le había dicho a Fiona que le escribiría, pero ella no sabía dónde se alojaría su familia en París ni recordaba la dirección de su casa de veraneo en Colmar, así que lo único que pude hacer fue darle mi dirección.
Cada vez que sonaba la campanilla de la tienda levantaba la vista con la esperanza de verla, y cada día esperaba el correo ansiando la más mínima palabra.
Por las noches, al terminar la jornada en el restaurante, mis padres y yo subíamos a nuestro apartamento en el piso de arriba, y luego yo me metía en mi cuarto a escuchar discos; tenía un viejo Garrard Zero y la canción que más ponía era The Paris Match, de Style Council.
La canción era una balada melancólica sobre deambular por las calles de París en busca de un amor perdido, la chispa que había encendido el fuego.
Me gustaba la versión interpretada por la triste y profunda voz de Tracey Thorn, porque hacía más fácil imaginar que Fiona andaba por ahí buscándome a mí.
A finales del verano por fin recibí una postal de Fiona, que bromeaba sobre el calor, las montañas y el vino de Alsacia con una caligrafía cada vez más pequeña bordeando el dibujo de unas casitas de colores junto a un canal. Sobre nosotros no decía nada, pero no me importó. Se acordaba de mí.
En cuanto terminó el primer trimestre, Fiona y yo tomamos el tren hacia la estación de Paddington.
Habíamos hecho lo mismo en nuestro primer viaje a Londres seis semanas antes, sentados uno al lado del otro, meciéndonos al compás del tren mientras el paisaje de piedra caliza y matorral de los Chiltern pasaba a toda velocidad, pero entonces la sensación era distinta.
Entonces, teníamos Londres —el mundo entero— solo para nosotros.
Esta vez, en cambio, me sentía arrastrado por una sensación de enredo espinosa, como si me estuviera metiendo en algo que podía atraparme, y aquello me incomodaba.
El padre de Fiona nos vino a buscar en un Vauxhall Cavalier, y me pareció alentador que tuviera un coche tan corriente siendo banquero.
Besó a su hija efusivamente, apretando su barba encanecida contra sus mejillas, y la alegría evidente de volver a verla se extendió hacia mí.
Belsize Park era un barrio residencial cercano al parque Hampstead Heath, con hileras de chalés blancos.
El suyo era adosado, con un pequeño jardín de grava al frente y la planta principal algo elevada.
—¡Mamá, ya estamos aquí! —gritó Fiona en cuanto entramos.
De algún lugar bajo nosotros se escucharon instrucciones a la cocinera, que parecían alargarse a propósito para hacernos esperar.
Después sonaron pasos que subían una escalera y apareció su madre con un vestido azul marino y collar de perlas; llevaba el pelo corto y tenía algunas canas.
Fiona le dio dos besos y ella los aceptó con las manos juntas, como una mantis.
—Tú debes ser Peter —dijo insinuando una sonrisa, y me miró de arriba abajo.
—Encantado de conocerla, señora Turner.
A modo de bienvenida me llevó a ver los dos salones de la planta principal, ambos con chimenea, una lámpara de araña y muebles oscuros de madera tallada.
Luego subimos dos tramos de escalera hasta el último piso y me enseñó mi habitación, florida como un jardín.
Fiona hizo ademán de decir algo, pero se lo pensó mejor y guardó silencio.
—Creo que aquí estarás cómodo —dijo su madre.
—Sí, por supuesto. Es una habitación preciosa. Muchas gracias.
Cuando nos quedamos solos Fiona apoyó la frente contra mi hombro.
—Lo siento.
—No pasa nada, está muy bien —le dije, pensando que en Stoke tendríamos que compartir mi habitación porque solo había dos dormitorios.
El comedor estaba en el nivel inferior de la planta baja; era una sala grande con una ventana enorme y dos puertas correderas de cristal que daban al jardín trasero.
Al entrar me crucé con la cocinera, una mujer de edad indeterminada que me saludó cariñosamente antes de meterse en la cocina.
La mesa era larga, Fiona y yo nos sentamos enfrente, en el centro, y sus padres en los extremos.
Después de brindar empezamos con el asado dominical, y yo no sabía si decir algo o hablar solo cuando me hablasen.