Solos los dos LO QUE SUCEDE ENTRETANTO #4
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LO QUE SUCEDE ENTRETANTO #4

Trajeron dos sillas del comedor, y ellos se instalaron en el sofá del tresillo, pero se quedaron callados, así que Valerie empezó a hablar con Ah Ba como si le hiciera una entrevista: preguntándole por su profesión, su alma mater y su servicio durante la guerra,

y a cada respuesta el hombre se giraba con incertidumbre hacia su esposa como si ya no tuvieran argumentos para decir que no.

Los mayores siguieron hablando mientras yo bebía sorbitos de una delicada taza de porcelana adornada con rosas.

El único té que yo había probado sabía amargo, pero aquel té era dulce y cremoso.

Ah Ma me hizo una señal de advertencia desde su sillón pero no entendí por qué; estaba bien sentada, con los pies colgando de la silla y los merceditas abrochados.

Cuando dejé la taza vacía en la mesita, la mujer se levantó del sofá y fue a coger la tetera.

—Julia, creo que ya es suficiente —dijo Ah Ma.

Pero la mujer me sirvió otra taza como si no lo hubiera oído, y me vi en un apuro.

No podía desobedecer a Ah Ma y tomarme todo el té, pero tampoco podía rechazarlo, así que —para portarme bien—, decidí dar un par de sorbitos y dejar el resto.

Mientras acercaba la taza a la mesa veía oscilar el líquido, y quizá fue por concentrarme tanto en no derramarlo, pero la mesa no estaba donde yo creía cuando posé la taza, y se me resbaló de la mano.

—¡Julia! —gritó Ah Ma, que se levantó de un salto.

Oí el chapoteo del líquido al derramarse y luego hubo un gran alboroto.

Estuve el resto del día tumbada en la cama, escuchando la conversación de mis padres, que se oía a través de las paredes. A veces las voces llegaban apagadas y otras clarísimamente:

—Rebelarnos, sí, pero todos juntos.

—¿Para qué sirven tus principios si perjudican a tus hijos?

—Tienen que saber distinguir el bien del mal.

—Pues yo ya no puedo seguir viviendo así.

Siguieron discutiendo durante días; yo tenía la sensación de haber destruido algo que había entre ellos, y me sentí aún peor cuando Ah Ba me invitó a dar una vuelta en coche los dos solos, algo que nunca habíamos hecho.

Fuimos a Schoenies por el camino de siempre —hoy todavía podría ir con los ojos cerrados—, y me costaba mucho contener las lágrimas porque estaba convencida de que Ah Ba nos iba a dejar.

Ya estábamos a finales del verano y era una noche entre semana; teníamos el muelle para nosotros solos, pero nos quedamos en nuestra sección y estuvimos bastante rato en silencio, apoyados en la barandilla aún caliente por el sol,

contemplando el mar y su majestuosa inmensidad hasta que Ah Ba por fin dijo:

—Nos vamos.

La tensión que me atenazaba se desvaneció.

—¿Dónde?

—A Australia.

Me quedé parpadeando y luego volví a mirar el mar. Cuando era más pequeña a veces me imaginaba que veía la Antártida. Vivíamos en los confines del mundo, pero a esa edad el sitio donde estás es el centro de todo.

—¿Por qué? —Yo quería saber por qué Australia en vez de Canadá, Inglaterra o Estados Unidos.

—Porque quiero que tu madre sea feliz.

Nos quedamos escuchando el ruido incesante de las olas hasta que se me saltaron las lágrimas, y entonces Ah Ba dijo:

—No es culpa tuya.

Con eso solo lo empeoró y me empezó a temblar la barbilla, aunque sabía entonces, y aún lo creo hoy, que mi torpeza no era el único motivo del rechazo.

Tía Sung vino a despedirse el día que nos marchamos:

—Hacéis bien en marcharos. Ya es hora de salir de aquí —dijo. Al cabo de un año, ella también se marcharía, rumbo a Toronto. En Johannesburgo cogimos un avión hasta Mauricio.

Antes el servicio Wallaby15 volaba solo hasta Perth, pero cuando fuimos nosotros ya llegaba hasta Sídney, y nos instalamos allí.

Compramos una casa en Surry Hills, que irónicamente no estaba lejos de Haymarket y las tiendas chinas de la calle Dixon.

Algo después, Ah Ba volvió a pasar consulta —veía menos casos de malnutrición y muchas más enfermedades cardiacas— y no se jubiló hasta pasados los setenta.

Ah Ma asistió a varios cursos del TAFE16 y acabó abriendo una tienda en Ashfield, donde suelo ir los fines de semana a por pescado fresco, aunque la tienda ya no es nuestra.

Mi hermano y yo fuimos a la universidad, y luego yo empecé a trabajar en un colegio público.

Los dos estamos casados, y nuestros hijos no se cansan de ver el fútbol australiano ni de comer Chiko Rolls, la versión australiana de los rollitos de primavera.

Me he saltado muchas cosas, por supuesto.

No siempre fue fácil, pero salimos adelante, y cuando vimos por televisión la violencia de los últimos coletazos del apartheid nos dimos cuenta de que habíamos tomado la mejor decisión.

Pero Ah Ma, cuando la visito en la residencia, se queda mirando al infinito con los ojos turbios, y sé que piensa en la sabana, en el mar y en Ah Ba.

Nací en un continente y moriré en otro. Es la historia de muchísimas personas.

La diferencia está en lo que sucede entretanto.

¿En quién me habría convertido si hubiésemos aterrizado en Perth?

¿Y si mis padres hubieran elegido Toronto, Londres o San Francisco?

¿Y qué habría ocurrido si, cuando cumplí ocho años, la fricción y las tensiones se hubieran aliviado?

¿Qué país podría haber sido todavía el nuestro?