Solos los dos LO QUE SUCEDE ENTRETANTO #3
38%

LO QUE SUCEDE ENTRETANTO #3

Tío Menzi vivía en Durban, y cuando llegó nos dio un fuerte abrazo a cada uno. Ah Ma se puso rígida, igual que el fin de semana anterior, quizá porque tío Menzi había engordado tanto con los años que casi la envolvía con su cuerpo.

A la hora de cenar los mayores se sentaron en el comedor, y mi hermano y yo cenamos en la mesa baja del salón, sentados en el suelo.

Por la mañana habíamos ido a ver a la mujer de los pollos, y Ah Ma se había pasado la tarde en la cocina.

Mientras me bebía a sorbitos el chocolate Milo que Ah Ma reservaba para las ocasiones especiales, tío Dalvir empezó a contar cosas de la vida en Dacca.

Tenía especial interés por saber cómo les iba en el colegio a sus hijas, las alegres Fariha y Shompa, con las que solía jugar.

Cuando empezó a contar lo del ciclón que había asolado el delta del Ganges y ahogado a medio millón de personas, bajó la voz para que yo no me enterase.

—¿Qué tal en la universidad? —le preguntaron después a tío Menzi.

Después de terminar los estudios en Wits y un año de prácticas obligatorias en un hospital, tío Menzi había abierto una consulta en East London, la ciudad más grande entre Port Elizabeth y Durban.

Los tres habían preferido establecerse por su cuenta en lugar de trabajar en un hospital, donde les habrían pagado menos y no les habrían permitido ascender ni formar a las enfermeras y los estudiantes.

Sin embargo, tío Menzi había aceptado hacía dos años un puesto de profesor en la Universidad de Natal, que desde los años cincuenta tenía una Facultad de Medicina segregada para los negros.

—Los alumnos lo pasan mal, la verdad —dijo con desaliento.

Al contrario que tío Menzi, que había estudiado en un internado de Lesoto, la mayoría de los alumnos habían ido a los colegios de los bantustanes.14

—Hemos añadido un curso preliminar para ayudarlos, pero aun así muchos no consiguen pasar de segundo. Tienen dificultades con la anatomía y la fisiología, sobre todo los que solo han aprendido inglés y afrikáans como segundo o tercer idioma.

—Así que el idioma es importante —saltó Ah Ma, y de pronto parecía muy interesada.

—Importantísimo. Allí no terminan la carrera ni la mitad —le contestó tío Menzi, que no vio la cara que ponía Ah Ba.

—Depende de si han ido a un buen colegio, ¿no? —preguntó Ah Ma.

—Eso marca la diferencia —aseguró tío Menzi.

Esa noche mi hermano y yo dormimos en el sofá y los tíos en nuestra habitación.

Supongo que estarían incómodos en nuestras camitas y se desvelarían uno a otro con los ronquidos, pero madrugaron y se marcharon antes de que me despertase.

Ah Ba había alquilado un barco, y me imaginé a los tres rumbo al cabo, hacia la punta del rompeolas, gobernados únicamente por el cielo y el mar.

Por la tarde volvieron de muy buen humor: habían cogido palometas. En la foto que vi después estaban posando en el puerto, cada uno con una reluciente palometa de casi un metro. Sonreían por triplicado, no tanto por su éxito particular tanto como por la simetría de su éxito.

Al día siguiente también salieron a pescar y tardaron en volver, pero yo sentía su presencia y cómo cambiaba el ambiente con ellos allí.

La cena se alargó otra vez con historias del pasado —muchas las había oído antes y las volvería a escuchar—, historias de guerra, penalidades y juventud, historias que les hicieron reír, pero también lamentar el paso del tiempo.

Habían cambiado muchas cosas, aunque otras seguían igual.

Por la mañana tío Menzi volvió en coche a Durban y tío Dalvir fue a visitar a unos familiares en Johannesburgo, y el ambiente se entristeció.

—Si tuviéramos una casa, tendríamos más espacio para los invitados —dijo Ah Ma.

Ah Ba se quedó pensando antes de responder:

—¿Por qué vivir en un sitio donde los amigos necesitan un permiso para visitarnos?

A Valerie se le ocurrió otra cosa: buscar un casa en Richmond Hill, uno de los barrios más antiguos de la ciudad. Si la cercanía no ayudaba, ¿por qué no probar más lejos?

Antes de la siguiente visita Ah Ma me puso un vestido azul almidonado con cuello Peter Pan y luego me miró con cara de preocupación.

—Sé buena. Necesito que te portes bien —dijo sujetándome la barbilla.

Subimos al coche y fuimos hacia el centro de la ciudad por Cape Road hasta que vimos la torre roja del campanario y giramos hacia una calle de casas preciosas.

Paramos delante de una hilera de seis o siete con miradores y volutas en la fachada, y yo no me lo podía creer cuando Valerie señaló una.

Fuera nos estaba esperando un agente, un hombre con poco pelo que nos estrechó la mano y nos enseñó el interior.

Era un edificio estrecho, con suelos de madera, paneles decorativos en el techo y una chimenea de hierro fundido. El piso de arriba tenía el techo abuhardillado, pero entraba mucha luz y se veía un trozo de la bahía desde el mirador, algo que incluso Ah Ba pareció apreciar.

Aquella vez Valerie había concertado citas con los vecinos, así que fuimos directamente a la casa de al lado.

Nos recibieron unos ancianos que nos miraron con sonrisas forzadas; el marido tenía la cara sonrosada y la mujer iba un poco desaliñada, con una bata de poliéster.

Nos invitaron a pasar, más por falta de algo que decir que por amabilidad.

La casa era como la que habíamos visto; fuimos al salón y nos ofrecieron un té.