LO QUE SUCEDE ENTRETANTO #2
Entonces la mujer entraba en la casa con él, ponía fin a sus protestas y nos lo devolvía dentro de un saco que seguía caliente mientras nos rozaba las piernas por el camino a casa.
Ah Ma quizá se habría adaptado a Kabega si hubiera podido conservar la tienda, pero la demolieron cuando desalojaron esa zona de South End.
El cartel que había presidido la fachada más de sesenta años —ALMACÉN GENERAL / EMPRESA FAMILIAR— cayó con un zarpazo de la excavadora.
Ella había entregado su vida a esa tienda, no había terminado los estudios por eso, y ahora solo tenía un apartamento de dos dormitorios que nunca habría elegido.
Al llegar a la playa, fui con Ah Ma a uno de los vestuarios construidos por los chinos, reconocibles por los carteles en este idioma.
El suelo era de cemento y notaba el fresquito en los pies mientras Ah Ma me ayudaba con el traje de baño, que era amarillo y naranja porque el rosa no me valía desde hacía años.
—Has crecido mucho, Julia. Ya es hora de tener tu propia habitación, ¿no crees? —dijo de repente.
Yo me di cuenta de sus intenciones y no contesté.
Una de las amigas de Ah Ma, tía Sung, entró en ese momento al vestuario con pamela y gafas de sol, y yo salí corriendo para jugar con mi hermano.
La marea estaba baja, y trepamos por las rocas cubiertas de liquen reseco.
Cuando volvimos para ver qué había en la nevera portátil, Ah Ma y tía Sung estaban tomando el sol en las tumbonas y en plena conversación:
—¿Por qué no te vas como hacen todos? Es lo que haría yo —decía tía Sung.
—¿Y dónde irías?
—A Canadá. Tengo un primo en Toronto.
—Allí hace mucho frío, ¿no?
—Entonces a Australia, a América… —Tía Sung se encogió de hombros.
—Llevamos tanto tiempo aquí… Y no podemos volver —dijo Ah Ma.
Aunque ninguno de nosotros había estado nunca en China, todos estaban al corriente de lo que ocurría en aquel país remoto y de los extraños disturbios que les impedían volver.
—Sé que allí están mal, pero no entiendo por qué siguen viniendo ilegalmente aquí. Me gustaría poder decirles ¡Parad! ¡Iros a cualquier otro lado! —dijo tía Sung.
—Las cosas están cambiando. Ahora podemos vivir en distintas zonas.
—¿Qué pasa? ¿Te crees mejor que los negros?
—¿Los negros? Nosotros somos mejores que los blancos —dijo Ah Ma.
Tía Sung soltó una carcajada echando la cabeza hacia atrás. Yo había oído a Ah Ma decir cosas como «fantasmas negros» y «diablos blancos», pero nunca en público y sentí que algo se me removía por dentro.
Fui hasta el muelle y encontré a Ah Ba un poco alejado de los otros hombres, con un par de róbalos boqueando silenciosamente en el cubo.
—Yo no quiero vivir en otro sitio —le dije.
Ah Ba se giró hacia mí con el pelo revuelto por la brisa. Yo esperaba oír que él tampoco quería vivir en otro sitio, pero lo único que hizo fue darme la caña.
Dos semanas después llamaron a nuestra puerta y Ah Ma fue corriendo a abrir. Era una mujer morena con el pelo cardado y un traje verde con el pantalón acampanado.
—Usted debe ser la señora Chapman. Soy Valerie —dijo, y le tendió la mano.
Esa mañana Ah Ma había dejado a mi hermano en casa de tía Sung, y al volver me había puesto un vestido y había sacado un traje para Ah Ba.
—A ver qué tenemos aquí —dijo Valerie, que inspeccionó el salón y la cocina. Vivíamos en una urbanización de casas de dos plantas construidas por el Departamento de Desarrollo Comunitario.
—Es mejor que una cocina de petróleo, pero podemos conseguir algo mejor. ¿Vamos? —La seguimos hasta su coche y nos sentamos detrás.
—Empezaremos en Linton Grange y Bramhope. Los vecinos de allí ya les conocen y se fían —dijo cuando arrancó el coche.
Ah Ma y Ah Ba se miraron. Los residentes de los barrios más cercanos habían protestado cuando se propuso Kabega como sector para alojar a los chinos.
En Linton Grange las calles tenían nombres preciosos: Lavanda, Petunia, Hortensia…
Eran casas de poca altura con adornos de escayola, y los que estaban fuera regando o abriendo el buzón levantaban la vista cuando pasamos en el coche.
Las leyes de pases no nos obligaban a llevar dompas12 —el pase tonto, como lo llamaban los bantúes— pero de algún modo yo sabía que Valerie era nuestro salvoconducto.
Por fin llegamos a una casa ancha con tejado a dos aguas que tenía delante un cartel de «Se vende».
Valerie abrió la puerta del jardín mientras nosotros nos quedábamos atrás instintivamente.
Ah Ba se colocó a un lado, Ah Ma me pasó el brazo por los hombros y me puso la mano abierta sobre el pecho.
Era la primera vez que hacía ese gesto, y me quedé dudando si estaría posando, protegiéndome, o ambas cosas a la vez.
Un anciano con gruesas gafas de pasta negra apareció en la puerta de la casa, y puso mala cara en cuanto nos vio.
—Maak jy ’n grap? —«¿Estás de broma?», dijo, y empezaron a discutir. Lo único que conseguí entender fue lo que dijo Valerie:
—Hulle, estos son los Chapman.
El hombre cerró la puerta y ella llamó otra vez, pero ya no le abrió. Valerie volvió a salir, pasó a nuestro lado y se metió al coche. Nosotros subimos detrás de ella, que se quedó agarrada al volante, respirando hondo hasta que puso el coche en marcha y dijo:
—Puede que no fuese una gran idea.
El fin de semana siguiente volvimos a salir en el coche de Valerie, pero esa vez fuimos hasta Bramhope Road, a una casa con tejado de tejas que estaba al fondo de un campo.
—Cuantos menos vecinos mejor —dijo Valerie mirando la maleza. Por el camino nos había dicho que allí no habría sorpresas, que los propietarios estaban «muy motivados».
Una mujer que llevaba un bebé rubio en brazos abrió la puerta con cara de agobio.
Salió a abrir la verja y me sonrió al pasar, así que me cayó bien.
Desde el vestíbulo entramos al salón, donde un niño y una niña más mayores jugaban en el suelo rodeados de muñecas y tantos cochecitos de Dinky Toys que mi hermano se habría vuelto loco.
Aunque casi ni nos miraron, Ah Ma elogió a los niños y dijo:
—También tenemos un hijo que hoy no hemos traído.
«Pero podríamos haberlo hecho», pensé yo.
Valerie nos enseñó la cocina, que tenía una nevera y un fogón casi del mismo color azul que nuestro coche, y luego nos llevó por el pasillo hacia los dormitorios.
Cuando vi que la niña tenía su propia habitación y el cabecero de la cama lleno de libros me quedé impresionada. A lo mejor Ah Ma tenía razón.
Cuando volvimos al salón, Ah Ma jadeó conteniendo el aliento.
La mujer estaba sentada en el sofá, con la blusa abierta y sujetando al bebé junto a un pecho hinchado.
Ah Ba miró hacia otro lado, pero yo estaba tan fascinada que Ah Ma me llamó la atención: «Mo tai»13, dijo, y me giró la cabeza como si fuese la tapa de un frasco.
—¿Qué les parece? —preguntó la mujer.
—Vamos a tener que… —dijo Valerie.
—Nos gusta —saltó Ah Ma.
—Necesito veinte mil rand.
—¿Le han hecho otra oferta? —Valerie levantó una ceja.
La mujer no respondió.
—Porque está anunciada por diecinueve.
—Necesito veinte.
—Vámonos —dijo Ah Ba, y se giró hacia la puerta.
—Sí, vámonos —dijo Valerie.
—Me habías dicho que era médico —dijo la mujer con cara de suspicacia.
—Porque lo es —replicó Valerie.
—Vale, veinte está bien —dijo Ah Ma.
Salimos solos de la casa y cuando llegamos al coche Valerie dijo:
—¿Por qué no dejamos que tus padres hablen un momento?
Empezamos a andar por el campo y mientras nos acercábamos a unos arbustos de espina de búfalo oí que se cerraba la puerta del coche y luego voces apagadas.
—¿Te gusta la casa? —me preguntó Valerie.
—Sí. —Yo pensaba en el cabecero con los libros.
—Entonces puede que veinte merezca la pena —dijo sonriente.
Regresamos al coche, donde los tres adultos deliberaron. Luego, por alguna razón, todos nos dirigimos a la casa de al lado. Creí ver unas cortinas agitarse, pero cuando llamamos, nadie contestó. Valerie se mordió el labio inferior y propuso probar con los vecinos del otro lado.
Nos acercábamos a la otra casa, de donde salió una mujer con delantal que llevaba una permanente de lujo. Cuando Valerie le explicó a qué habíamos ido nos hizo señas para que entrásemos rápidamente, como si nos estuvieran espiando.
—Pues claro que firmo, querida —le dijo a Ah Ma, y le echó un brazo sobre los hombros—. Es lamentable que tengan que preguntar.
Ah Ma se puso rígida por el contacto y tardó un instante en responder:
—Mi marido es médico.
—No lo dudo, pero no importa. No importa en absoluto. ¿Qué han dicho los otros vecinos?
—No estaban.
—Déjenme los papeles. Yo me encargo de que firmen.
Volvimos a casa y, según pasaban los días sin tener noticias, Ah Ma se iba poniendo más nerviosa cuando sonaba el teléfono, pero Ah Ba parecía cada vez más contento.
Al final Valerie llamó para decir que los otros vecinos también habían aceptado, y de pronto Ah Ma se animó y Ah Ba se puso de mal humor.
Yo soñaba en secreto con el cabecero lleno de libros que ya consideraba mío.
Dos días después sonó el teléfono y contestó Ah Ma:
—¿Sí? Hola, Valerie —dijo, y luego le cambió la cara—. ¿Eso qué significa? —El ambiente se ensombreció, incluso Ah Ba parecía preocupado mientras bajaba el volumen de la radio.
—Pero ya teníamos un trato —dijo Ah Ma con voz débil.
El tenue eco de la voz de Valerie sonaba como un cuchicheo incomprensible, pero yo sabía que el permiso había tardado demasiado.
No vimos más casas la semana siguiente porque tío Menzi y tío Dalvir vinieron de visita. Ah Ba y sus amigos se seguían reuniendo siempre que podían, una tradición que continuaba aunque tío Dalvir se había trasladado a Paquistán Oriental.
Ah Ba fue al aeropuerto y volvió con tío Dalvir, que llevaba un traje de campana muy elegante y el bigote tan arreglado como siempre, pero tenía ojeras del viaje, que se hacía más largo por tener que volar hasta Tel Aviv y rodear el espacio aéreo restringido para los aviones sudafricanos.
A pesar de eso, nos saludó bromeando como de costumbre:
—Creo que no nos han presentado, caballero —le dijo a mi hermano, a quien no veía desde hacía tres años—. ¡Jonathan! ¡No, no puede ser!