LO QUE SUCEDE ENTRETANTO
Port Elizabeth, 1971
Cuando yo era niña, a los chinos de Port Elizabeth se les permitió el uso de una playa cerca del pueblo de Schoenmakerskop.
En cierto modo era una playita miserable, escarpada y agreste, sin una franja de arena dorada como la de la bahía de Algoa al otro lado del cabo, pero adorábamos los Schoenies y solíamos ir allí a menudo, sobre todo en Navidad y Año Nuevo, en pleno verano.
Íbamos cargados con nuestros bártulos, cestas, sillas plegables y cañas de pescar, nuestros padres con bañadores de cinturilla y camisas a juego, nuestras madres con pañuelos en la cabeza y atrevidos bikinis de cintura alta.
Con la marea baja, la costa rocosa era lo bastante segura para caminar, y aún me veo con un bañador rosa, curioseando en las pozas entre las rocas y chapoteando en los canales, mientras los delfines saltaban en la bahía.
Incluso ahora, cuando anhelo el mar, vuelvo a aquella playa, aunque solo sea en la memoria.
Cerca de nuestra playa había un muelle para pescadores, una pasarela de madera larga y estrecha que se adentraba en el mar sobre pilotes.
A diferencia de otros padres, Ah Ba quería que su hija aprendiera a pescar, y desde muy pequeña me enseñó a sujetar la caña y enrollar el carrete, aunque pasó algún tiempo hasta que tuve mi propia caña y aprendí a lanzar.
Enseguida entendí que debía quedarme en nuestra sección del muelle, sin pasar del cartel que nos prohibía ir más allá, pero yo estaba deseando lanzar el sedal en aguas profundas, donde la pesca era mejor.
Quizá por mi culpa, Ah Ba se quedaba siempre más cerca de la orilla, donde a menudo charlaba y reía con los hombres que tampoco podían entrar en nuestra zona y que prácticamente tenían que pescar por encima de las rocas.
Aun así, había sargos y sábalos, y a veces cogíamos corvinas plateadas enormes, aunque yo prefería las merluzas porque eran lo bastante pequeñas para sacarlas sin ayuda.
El verano que cumplí ocho años hicimos una excursión a Schoenies en nuestro Holden Special bicolor, azul aguamarina con el techo blanco y dos franjas del mismo color en los lados.
Yo llevaba a mi hermano sentado encima de mí, el viento nos alborotaba el pelo y cruzábamos la pradera a toda velocidad. De pronto, Ah Ma se giró hacia Ah Ba:
—Creo que ya es hora de comprar una casa.
Ah Ba era un hombre bastante callado y hablaba despacio. Siguió mirando la carretera de un solo carril y tardó tanto en contestar que yo creía que no lo había oído.
—¿Dónde? —preguntó por fin.
—En algún otro sitio de la ciudad.
Vivíamos en Kabega, la zona china de Port Elizabeth, un barrio rodeado de campos de cultivo, y yo nunca me habría imaginado que Ah Ma quisiera tener una casa en otro sitio.
—¿Cómo? —preguntó Ah Ba.
—Ahora están dando permisos. Siempre que los vecinos estén conformes.
—¿Por qué nos vamos a poner en esa…?
—Por ellos. —Ah Ma señaló hacia atrás con la cabeza.
—Están muy contentos en el colegio.
—¿De qué les sirve un colegio chino? Tienen que aprender inglés, o afrikáans.
Ah Ba siguió conduciendo en silencio y yo pensé que se había terminado la conversación, pero de repente dijo:
—No somos blancos.
Ah Ma giró la cabeza hacia la ventanilla y le respondió con amargura:
—Eso es lo que dices siempre.
Yo no entendía por qué le molestaba algo tan evidente, pero me pareció que estaba haciendo presión a su manera, y algo me decía que Ah Ba acabaría cediendo.
Cuando Ah Ba tenía dieciocho años le admitieron en la Facultad de Medicina de Hong Kong, pero tras la invasión japonesa ya no podía ir allí, así que escribió a las de Witwatersrand y Ciudad del Cabo, las únicas del país.
Para su sorpresa le admitieron en las dos, pero eligió Wits porque su familia era de cerca de Johannesburgo.
El primer día de curso Ah Ba salió muy temprano con su maletín para coger el trolebús que subía hasta Hospital Hill, y desde el piso de arriba vio por primera vez la Facultad de Medicina: un edificio de tres plantas con la fachada de granito y ladrillo en la planta baja.
Le recibió un joven muy pálido con gafas de carey redondas que se puso colorado al encontrar el nombre de Ah Ba en la lista, porque cuando mi bisabuelo desembarcó en Durban para trabajar en las minas de oro de Randfontein un funcionario tradujo su nombre de pila, Cheuk Man, como Chapman,
y desde entonces hemos sido la familia Chapman.
En la residencia de estudiantes también se sorprendieron, pero todos fueron amables con él. Le ofrecieron una silla y un vaso de agua mientras otros debatían, y al final le dijeron que se podía quedar hasta que encontrara otro alojamiento. Entonces Ah Ba se levantó, cogió su maletín, y dijo:
—No, gracias.
Pasó los seis años siguientes estudiando allí y viviendo en Ferreirastown, en una habitación encima de una carnicería china que olía como un matadero.
Enseguida descubrió que la Facultad de Medicina estaba ruinosa y descuidada, invadida por la hierba que crecía sin control en los parterres de girasoles.
Para ser un proyecto tan ambicioso dejaba mucho que desear, porque el arquitecto se había olvidado del suministro de agua, aire y gas para los laboratorios y los tuvieron que instalar en otro edificio.
Lo peor era que Ah Ba tenía prohibido tratar a determinados pacientes y tocar determinados cadáveres.
Mientras los demás hacían prácticas en el hospital Fever, la maternidad Reina Victoria y el hospital general de Johannesburgo, a él y otros dos estudiantes los asignaron al hospital para no europeos.
Aunque muchas veces había suspicacias entre negros, indios y chinos, los tres se hicieron grandes amigos: Ah Ba, el tío Menzi y el tío Dalvir.
Durante varios de sus años de universidad el mundo estuvo en guerra; muchos de sus compañeros se unieron al servicio médico del Ejército sudafricano, y ellos tres se sintieron obligados a hacer lo mismo.
Para no perder el curso se entrenaban los fines de semana, y en julio se iban en un camión a Zonderwater, donde pasaban las vacaciones de invierno atendiendo a los prisioneros italianos capturados en los frentes norte y este de África.
El primer año que fueron, Zonderwater era una ciudad de tiendas de campaña, pero con el tiempo se convirtió en un campo de detención modélico: había colegios, teatros, pistas de tenis, campos de fútbol y el mayor hospital militar de la Unión10.
Algunos se negaban a que Ah Ba y sus amigos les pusieran las vacunas de la viruela y el tifus, pero la mayor parte de los prisioneros —que estaban bien alimentados y equipados con camisas blancas, pantalones caqui y gorras— eran amables y dóciles, todos desesperados por volver a su casa.
A los que morían allí los enterraban en un campo de cruces blancas.
Durante la guerra volvió a ganar las elecciones Jan Smuts, un veterano del Ejército —a los aliados les iba mejor, y el país quería una mano firme— pero en 1948, cuando se presentó otra vez, el ánimo del país había cambiado: la economía iba mal,
los afrikáneres temían tanto a la inmigración británica como al Swart gevaar —el peligro negro—, y le acusaron de apoyar silenciosamente la integración.
Para los nacionalistas solo había una alternativa a lo que llamaban «suicidio».
—¿Qué es ese «apartamiento» del que hablan? —preguntó tío Menzi la primera vez que se reunieron.
—Yo ya llevo bastante tiempo apartado, muchas gracias —dijo tío Dalvir, y todos se rieron.
Ah Ba y tío Menzi no podían votar, pero el resultado no les preocupaba especialmente.
Se suponía que los nacionalistas y los afrikáneres iban a ganar escaños, pero no suficientes para alterar el equilibrio de fuerzas.
Al día siguiente de las elecciones los periódicos aún no sabían qué había ocurrido, y fue al segundo día cuando se supo que el primer ministro sería D. F.
Malan11, a pesar de haber conseguido menos de la mitad de los votos.
En 1948, Ah Ma solo tenía trece años y se había pasado la vida en la tienda de su familia en South End, cerca del centro de Port Elizabeth.
La tienda era un edificio blanco con soportales y ventanas protegidas por barras de hierro.
Aparte de los artículos habituales —harina de maíz, dulces, refrescos— su familia también vendía las verduras chinas que cultivaba.
Muchos de los clientes eran blancos pobres, algo avergonzados de comprar allí.
Poco después de las elecciones una de esas mujeres apareció en la tienda muy tiesa y repeinada, se quedó mirando a Ah Ma y le dijo:
—Orden. A partir de ahora habrá orden.
Mis padres no se conocieron hasta doce años después, un día que Ah Ba entró por casualidad en la tienda y encontró a Ah Ma plantada con los brazos cruzados, frunciendo los labios ante una cliente que insistía en regatear; no hizo falta más, y no tardaron ni un año en casarse.
Pero no estoy segura de que esa fuera toda la historia, porque con cinco o seis años encontré la foto de una mujer con el pelo tan claro que parecía blanco, y cuando le pregunté quién era, Ah Ba estuvo mirando fijamente la foto antes de volver a guardarla en el cajón.
La Facultad de Medicina de Witwatersrand tenía un pequeño cupo para mujeres, y a veces me he preguntado si se conocerían allí, si habrían sido algo más que amigos, y si la ley contra los matrimonios mixtos —una de las primeras disposiciones del apartheid— les habría impedido continuar.
Mis padres vivieron varios años en el centro de la ciudad, pero les obligaron a trasladarse en 1966, cuando yo tenía tres y Ah Ma estaba embarazada de mi hermano.
Veinte años antes, un chino emprendedor había construido un colegio en Cape Road, a unos 13 kilómetros del centro de la ciudad, y ese fue el argumento para instalar en Kabega a todos los chinos.
Yo tengo buenos recuerdos de Kabega, me gustaba ir andando al colegio y vivir cerca de mis amigos; todo lo que podía necesitar en la vida parecía estar allí, en un par de kilómetros cuadrados.
Nunca he olvidado a una mujer que criaba pollos en el patio; cuando íbamos, mi hermano y yo corríamos detrás de ellos hasta que cogíamos uno.