LA NOCHE DE LOS CRISTALES ROTOS #4
Al llegar a casa se la enseñé a Grace, que la cogió rápidamente «para guardarla en un lugar seguro».
A mí me pareció injusto, el dinero era mío, así que cogí un dólar del abrigo de mi padre.
Cuando lo descubrieron en mi cuarto, mi padre me pegó con el cinturón y luego se arrodilló suplicándome que no robase, lo cual me asustó más todavía.
Entretanto yo esperaba que Grace intercediera, pero no lo hizo.
Por eso decidí que, a pesar de su aire de remordimiento ante la acusación de Grace, a mi padre le importaba demasiado la integridad para ser infiel, y que Grace era la única capaz de hacer algo semejante.
Después de cenar subí a mi cuarto, me puse el pijama y me lavé los dientes, todo con una autonomía que me hizo sentir la soledad.
Luego apagué las luces y me quedé despierto esperando a que sonase la puerta.
En algún momento me asomé a la ventana porque oí gritos, pasos a la carrera y bocinazos de coches, pero con los árboles no se veía nada y Beethovenplatz parecía estar en calma.
Cuando sonó el teléfono me sobresalté. Grace salió de la habitación y bajó la escalera, pero el viejo Chao, siempre eficiente, llegó antes y contestó. Grace le preguntó quién era, pero desde arriba no entendí qué le dijo.
Un rato después, la manilla de la puerta se movió sin hacer ruido y apareció mi padre, que se sorprendió al ver a Grace esperando allí con los brazos cruzados, y los dos se miraron con la misma expresión de agravio y altivez.
Sin quitarse el abrigo ni el sombrero, mi padre entró en el salón y fue a servirse una bebida.
Yo seguí observando desde lo alto de la escalera sin que me vieran.
—Ha llamado Ruth.
Mi padre levantó la mirada.
—Solo ha dicho que Max está en casa, y que tú ya lo entenderías. Has estado con ella, ¿verdad?
Mi padre se sentó, bebió un trago con aire ausente y empezó a repasar su día muy despacio, con la voz entrecortada, como si no quisiera acordarse.
Fue la primera vez que oí lo del embajador y los visados, la Gestapo y la pistola, aunque lo contó sucintamente y tardé muchos años en enterarme de todos los detalles.
La expresión triunfal y ceñuda de Grace al mencionar a Ruth fue mudando poco a poco hacia la preocupación, el asombro y, por último, la humildad.
Mi padre se frotó los ojos cuando terminó y Grace se sentó a su lado sin decir nada.
Cuando finalmente le puso una mano en el hombro, él se giró y los dos se miraron como si hubieran llegado a una especie tregua: si había que ajustar cuentas no iba a ser aquella noche.
Yo me alegré de que mi padre quedase libre de sospechas, pero me dolió pensar que quizá perdonaría a Grace y que nuestras vidas seguirían como antes.
Tres meses más tarde estábamos en la estación Oeste de Viena entre penachos de humo que se quedaban flotando bajo la bóveda de hierro y cristal.
Durante las semanas y meses posteriores a esas dos noches de caos, mi padre siguió firmando visados hasta que le descubrieron y le abrieron un expediente.
Fue entonces cuando decidió volver a China, pero Grace no iba a venir con nosotros: ella volvía a Estados Unidos y habíamos ido a despedirla.
Formábamos un grupo extraño en el andén, cerca de los soldados con perros que vigilaban desde los soportales, porque no había abrazos ni besos, ni por supuesto lágrimas.
Solo estábamos esperando el momento de la liberación, de la ruptura definitiva del vínculo.
Mientras esperábamos, unos niños con grandes tarjetas colgando del cuello llegaron en fila al andén.
Iban arrastrando los pies y todos llevaban una maleta, excepto los más pequeños que algunos cargaban en brazos.
Sus padres los observaban desde el otro lado de los soportales porque los soldados no los dejaban pasar al andén, y guardaban la compostura para no darles el placer de presenciar una escena.
Grace se quedó mirando a los niños que se alejaban y luego miró a mi padre.
Separarse en aquel momento, cuando la separación era forzosa para otros, era la prueba definitiva de su fracaso matrimonial.
Como si fuese sacudida por la idea, se apresuró a subir al tren.
La chimenea expulsó una nube de ceniza y el tren se puso en marcha con un torpe vaivén.
Mientras salía de la estación me acordé de cuando murió mi madre y me quedé solo porque mi padre se fue a Chicago.
Estuvo fuera mucho tiempo, casi seis meses, y yo miraba por la ventana todos los días preguntándome cuándo volvería.
Aquellos niños también tendrían que esperar, la guerra no había empezado todavía y yo me creí lo que les decían sus padres desde la entrada del andén: «Nos veremos pronto, pórtate bien».
El tren se veía cada vez más pequeño y yo pensaba que nos marcharíamos; había recuperado a mi padre, estaba dispuesto a ir a cualquier sitio, hacer cualquier cosa, pero él se quedó allí con el sombrero descolocado hasta que el tren desapareció por completo.
En ese momento me pregunté cómo se sentiría al llegar al final de algo que había surgido de la felicidad, aunque para mí fuese inexplicable.
Siguió mirando incluso cuando el tren ya era solo una nubecilla de humo.
Todavía le veo mirando a lo lejos, lamentando todo lo que no pudo salvarse.