LA NOCHE DE LOS CRISTALES ROTOS #3
Ella apareció en lo alto de la escalera con zapatos de tacón, y bajó poniéndose los pendientes como si solamente se hubiera retrasado.
—¿Qué hacía él aquí otra vez? —le preguntó mi padre.
—Quería despedirse —replicó Grace.
—¿Y por qué no se despidió ayer?
—Porque no sabía que se marchaba. El mundo ya no es el mismo que ayer.
Grace tenía buenas respuestas para todo: es un amigo de siempre, habla inglés. ¿Cómo puedes reprocharme por querer hablar con alguien? Mi padre parecía aturdido mientras escuchaba sus explicaciones ensayadas, hasta que por fin dijo:
—Estás siendo infiel.
Grace le miró con un extraño aire de satisfacción y dijo:
—Mira quién fue a hablar.
Mi padre se puso pálido. En ese momento no entendí qué quería decir Grace, solo sabía que le había herido. Estuve esperando a que respondiera pero no dijo nada, se quedó mirándonos con tristeza y luego se volvió a marchar.
A esa hora las farolas de gas ya estaban encendidas y las sombras alargaban los adoquines.
Una capa de nubes velaba el cielo encerrando a la luna en su propia luz.
No sé qué pensaría o sentiría mi padre mientras se alejaba de nuestra casa y se adentraba en la ciudad, aunque me imagino que vería su vida reflejada en los montones de escombros y que eso reforzaría sus intenciones de marcharse.
Los Blumberg vivían en el segundo distrito.
Después de cruzar el canal del Danubio, mi padre llegó al distrito de Leopoldstadt, que también estaba arrasado.
En la calle Leopold pasó delante de lo que quedaba de una sinagoga: rollos de la Torá desperdigados entre hojas de periódico y el templo reducido a cuatro paredes renegridas.
Se arrebujó en el abrigo y siguió adelante.
Aunque no había nadie por la calle miró en ambas direcciones antes de entrar al edificio de los Blumberg.
Cuando llamó a la puerta no hubo respuesta, solo silencio; después escuchó el ruido de una silla raspando el suelo y pasos arrastrando los pies.
La puerta se abrió unos centímetros y un ojo le miró de arriba abajo por la rendija.
Una mujer joven, la doncella, terminó de abrir y le saludó:
—Grüss Gott8.
Ruth apareció por otra puerta del salón.
—Feng-shan —dijo, y le abrazó. Mi padre no pudo evitar fijarse en el toque de perfume.
—¿Dónde está Max?
—Se lo han llevado… para un interrogatorio.
—Dios mío.
—Por lo menos ha sido alguien que trabaja para él. Ya conoces a Max, siempre ha ayudado a su gente. Yo creo que estará bien. Seguramente volverá esta noche. —Ruth sonrió con valentía.
—Con esto le dejarán irse —dijo mi padre, y le dio los documentos que llevaba en el bolsillo interior del abrigo.
Ella los leyó y luego le miró con lágrimas en los ojos.
—Quédate un rato.
Max era uno de los directores de la Standard Oil Company, y su casa reflejaba la importancia del cargo, sobre todo el piano de cola y la pequeña radio de mesa, una novedad en aquella época.
Ruth le ofreció un cigarrillo, la doncella sirvió café y schnapps, y por unos instantes estuvo tan a gusto que casi se olvidó de todo lo demás.
Pero después de las cortesías, «¿Cómo está Grace? ¿Y ese niño tuyo tan encantador?»
, Ruth aprovechó la ocasión para contarle lo que había visto y oído: amigos apaleados en la calle, un rabino obligado a gritar obscenidades, un hombre forzado a limpiar la acera con la barba...
—Tengo que encomiar a los nazis por la inventiva de su crueldad —dijo. Luego se levantó alisándose el vestido de andar por casa y le hizo un gesto para que le siguiera:
—Ven conmigo.
A mi padre se le aceleró el pulso cuando le llevó al dormitorio. Ruth cerró la puerta, se acercó a una cómoda y sacó un joyero de un cajón.
—Quiero que Grace se quede con estas —le dijo, y empezó a sacar las joyas a puñados como si fuesen caramelos.
—No —dijo mi padre, y se acercó a ella con resolución.
—Tengo más. No podemos llevarnos todo.
Mi padre posó una mano sobre la suya, y pasó un rato hasta que Ruth soltó las joyas y se apoyó en el borde de la cómoda.
—Tampoco tengo a nadie a quien dejárselas.
Hacia el final de su vida, cuando se quedó viudo por segunda vez, a mi padre le dio por hacer extrañas confesiones y me contó que en ese momento pensó en darle un hijo a Ruth, un hijo que llevaría con ella hasta Shanghái.
Al contrario que la noche del baile, ya no se sentía obligado a mantener sus votos matrimoniales.
—¿Sabes lo único que quiero? —Se giró furiosa hacia él—. Quiero volver y encontrarlo todo igual que estaba. Quiero entrar en mi cocina, sacar la tetera y preparar una taza de té como si nunca me hubiera marchado.
En ese instante oyeron que llamaban a la puerta con golpes acuciantes, como si hubiera alguien en peligro y desesperado por entrar. Ruth y mi padre se miraron y volvieron al salón, donde la doncella estaba abriendo la puerta.
—¿Qué es eso de «que Dios le guarde»? ¡Heil Hitler! —dijo una voz arrogante, y entraron dos hombres vestidos de paisano.
—Registro de armas de fuego —dijo uno de ellos.
—Ya han registrado nuestra casa. Dos veces —replicó Ruth con serenidad.
—Entonces será la tercera.
El hombre se giró hacia mi padre:
—¿Quién es usted?
—Un amigo —contestó vagamente.
—¿Qué está haciendo aquí?
—Esperando al hombre de la casa.
Los dos hombres fruncieron el ceño; entre otras razones quizá porque mi padre hablaba un alemán impecable.
—Saque su documentación.
Mi padre, que se había sentado, soltó una lenta bocanada de humo y luego dijo:
—En rigor, ustedes deberían identificarse primero, a menos que ya no estemos siguiendo el protocolo legal.
El hombre le contestó con la cara desencajada:
—Nuestro líder ha dicho que vosotros, los extranjeros, ya no tenéis privilegios especiales, así que no te conviene ser tan insolente.
El otro hombre, desgarbado, con marcas de acné en el rostro e impaciente ante la escena, empezó a registrar el apartamento sacando los cajones y volcándolos en el suelo. Cuando tiró de un manotazo la colección de animalitos de cristal, Ruth se puso nerviosa.
—Los extranjeros os habéis apropiado de lo que es nuestro por derecho —continuó el primer hombre, que miraba la habitación como si estuviera llena de trofeos—. Lo que visteis anoche era el espíritu indignado del pueblo alemán.
Siguió hablando en tono grandilocuente hasta que volvió su compañero, que parecía molesto por no haber encontrado nada.
—¿Quién es usted? —le preguntó bruscamente a mi padre, y sin esperar a que respondiera sacó un revólver del interior del abrigo y le apuntó.
Mi padre había visto muchas cosas en su vida —un hombre lisiado por mafiosos de la Blue Mob9 en Shanghái, otro ejecutado por los comunistas en las calles de Changsha—, pero nunca se había enfrentado al cañón de una pistola, y se quedó mirando el arma con una mezcla de asombro y curiosidad.
—¿Quién es usted? —repitió levantando la voz.
La doncella cerró los ojos murmurando algo.
—¿Quién es usted?
La tercera vez mi padre notó un tono de súplica: quería poder bajar la pistola con dignidad.
—Soy el cónsul general de China.
Los dos hombres se miraron consternados.
—Maldita sea. ¿Por qué no lo ha dicho antes?
Se fueron sin más, con el mismo ímpetu que habían llegado.
Aquella noche, mientras cenaba yo solo, estuve pensando si sería verdad lo que había dicho Grace sobre mi padre.
Me acordé de la moneda de plata que me había encontrado una vez en Changsha volviendo del colegio.