Solos los dos LA NOCHE DE LOS CRISTALES ROTOS #2
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LA NOCHE DE LOS CRISTALES ROTOS #2

En el centro varios hombres con camisas marrones, corbatas negras y brazaletes rojos les obligaban a hacer gimnasia —sentadillas y saltos de tijera— mientras chicos de mi edad con el mismo uniforme corrían como locos alrededor señalando a los ancianos, gritando y riéndose, y eso sí que me dio miedo.

Volví corriendo a casa.

Años más tarde mi padre me contó lo normal que parecía la ciudad ese día, todo funcionaba como si no hubiera ocurrido nada importante.

Pudo coger el tranvía de siempre, ansioso por ir donde más le necesitaban.

Desde principios de otoño todos los días se formaba una cola delante del consulado porque en las sinagogas y los cafés había corrido la voz de que el cónsul general de China daba visados a todo el mundo.

Pero justo ese día, para sorpresa de mi padre, no había ni un alma esperando fuera.

—¿No ha venido nadie? —le preguntó a Zhou, el vicecónsul, que vivía en el piso de arriba.

—Vinieron algunos a primera hora, pero… se los llevaron.

—¿Por qué no se lo has impedido?

—¿Cómo? —Zhou parecía afligido.

Mi padre suspiró; se imaginó corriendo a la calle para ofrecer la protección del consulado, aunque quizá él también se habría limitado a observar desde la seguridad de la ventana del segundo piso.

Los periódicos matinales apenas dedicaban espacio a los sucesos de la noche anterior.

Un editorial aseguraba que «no habían tocado ni un pelo a ningún judío», pero a lo largo de la mañana se fueron enterando por las llamadas y los teletipos: docenas de muertos, gente aterrorizada y detenciones masivas por todas partes.

Por la tarde, un Buick Eight negro con banderitas chinas a los lados del capó aparcó delante del consulado, y bajó la única persona que podía tener un coche así: Chen Chieh, el embajador chino, aunque en realidad aún no lo era porque Hitler no le había permitido presentar sus credenciales.

El único interés de Alemania en el lejano oriente era contener a los rusos, y en aquel momento los japoneses lo podían hacer mejor.

Sin embargo, mi padre le recibió con todo el protocolo diplomático:

—Excelencia.

Chen parecía complacido mientras se quitaba el abrigo y el sombrero y se los daba a Zhou, que los cogió tímidamente y salió del despacho.

—Me habían dicho que es usted un hombre inteligente, cónsul general Ho, y no nos ha decepcionado.

—Si nos hubieran avisado de su visita, habríamos preparado algo.

—Podemos prescindir de las formalidades —dijo Chen levantando una mano.

Se sentó enfrente de mi padre; tenía el mentón corto, los lóbulos de las orejas largos y la línea del pelo casi en la coronilla, como un manchú.

Llevaba un traje de tres piezas y gafas redondas con cristales gruesos, y hablaba con el tono engolado de los shangaineses, sin inflexión nasal.

Mi padre esperó a que iniciase la conversación, pero en vez de eso Chen cogió la biblia luterana que tenía en el escritorio, un ejemplar encuadernado en cuero.

Mi padre había asistido al colegio para chicos de la Misión Luterana de Noruega en Changsha, donde aprendió inglés y alemán, y le molestó que el embajador manoseara el libro tan descuidadamente.

—Veo que es usted creyente.

Mi padre no dijo nada, y la sonrisa de Chen se crispó y desapareció. Dejó el libro en la mesa.

—Tengo entendido que ha estado expidiendo visados para… quien lo necesitaba.

—Sí, así es.

Chen juntó las yemas de los dedos y movió la cabeza asintiendo:

—Está en su pleno derecho, por supuesto, pero quizá deberíamos ser más prudentes. Ya sabemos lo que piensan los alemanes en este momento, y es preferible no arriesgarse a que se alteren más todavía.

—Pero son las órdenes que tenemos —dijo mi padre irguiéndose.

—Ya conocemos las motivaciones del Consejo de Ministros. —El embajador le miró con cara de burla.

Al ofrecer un salvoconducto a los judíos el Gobierno esperaba recaudar fondos para la guerra de resistencia contra Japón, esa era la verdad.

Por otra parte, mi padre quería colaborar como pudiera en esa guerra, le atormentaba la masacre que los japoneses estaban cometiendo en China, sobre todo en Nanking, y sentía remordimientos por estar a salvo.

Aunque desde luego no lo hacía solo por eso.

—¿Y dónde van a ir? ¿Quién los va a acoger? —preguntó mi padre.

—Pueden ir a China si quieren, pero no necesitarán visados. Shanghái es un puerto franco, y bajo el dominio japonés no hay control de pasaportes.

—Pero necesitan demostrar que están en tránsito para poder salir de Austria.

—Es suficiente con los billetes para el barco.

—Es mejor un visado.

—Puede que sí, pero Alemania es nuestro aliado. Tampoco queremos malograr nuestras cordiales relaciones.

Mi padre le había tenido mucho cariño a Alemania en el pasado, pero había sido Alemania quien había aconsejado al generalísimo Chiang que abandonase Nanking.

—Quizá deberíamos consultarlo con el viceprimer ministro.

Chen le respondió tajante:

—No se preocupe, ya hablaré yo con él. Entretanto, le sugiero que siga mi consejo. Todos sabemos lo que ha ocurrido esta mañana, y para la gente ya no es seguro venir aquí.

Esto hizo que mi padre vacilara. Tal vez, al intentar ayudar, estaba poniendo el cebo en la trampa.

—Puede que tenga razón.

—Entonces ya está todo claro —concluyó el embajador mirándole fijamente.

Mi padre respiró hondo antes de responder:

—Sí, Excelencia.

Poco después de marcharse el embajador, sonó el teléfono.

—Feng-shan, soy Ruth.

Mi padre se sobresaltó. Ruth y Max Blumberg eran dos de los muchos amigos que había hecho en Viena.

Como diplomático, cultivaba un amplio círculo de amistades y se había volcado en la vida social de la ciudad.

Tenía buen talante y dominaba el arte de la conversación; solía organizar reuniones en casa, que se alargaban hasta muy tarde (excepto para Grace, que siempre se retiraba temprano), y el salón terminaba lleno de humo.

Había visto a Ruth por última vez en un baile al que asistieron varios oficiales nazis, y no estaba seguro de si sabían que los Blumberg eran judíos (dado que los alemanes parecían ser condescendientes con todos los austriacos en general), pero cuando uno de los oficiales,

que hasta entonces se había mostrado amable, dijo algo repugnante sobre las mujeres de Viena, mi padre se excusó y sacó a bailar a Ruth.

No era la primera vez; el invierno anterior habían pasado unos días en Semmering con un grupo de amigos, esquiando por el día y bailando por la noche.

Ruth era una mujer ingeniosa y directa que simpatizaba con Grace: «Debe ser muy duro no entender nada de lo que oyes», le decía, de una forma que indicaba que también le importaba él.

Aquel día, después de bailar delante de los oficiales nazis, salieron a tomar el aire y acabaron apoyados en una pared, ella levantando una rodilla y con los brazos detrás de la espalda, como si hubiera plegado las alas.

Impulsado por algo que notó en su actitud y lo singular de la velada, mi padre se inclinó para besarla, pero se detuvo a medio camino y retrocedió, por integridad o quizá por temor; nunca lo tuvo del todo claro.

Ella, sin embargo, no se apartó, lo que podía significar que no se oponía o que simplemente no se había dado cuenta. Nunca lo sabría.

—¿Dónde estás? ¿Te encuentras bien? —le preguntó por teléfono.

—Estoy en casa. Estoy bien, los dos estamos bien. Hasta ahora nos han dejado en paz, gracias a Dios. Pero es horrible lo que está pasando.

Los Blumberg eran de los que habían preferido quedarse, no se veían viviendo en ningún otro sitio, ni siquiera en la República Dominicana, el único país que había abierto sus puertas.

Y con lo que contaba mi padre sobre Shanghái —prostitución, opio, casas de juego—, la idea de ir a China tampoco les convencía, pero quizá ya no veían otra solución.

—¿Habéis cambiado de idea?

—Sí.

—Mejor.

—¿Puedes venir esta noche?

Él tardó unos segundos en comprender lo que le pedía.

—Nosotros ya no podemos salir de casa.

—No, desde luego.

—¿Entonces vendrás?

Décadas después, en la terraza del apartamento de Russian Hill donde vivía tras su jubilación, mi padre reconoció que había sopesado los riesgos. ¿Y si le descubrían, le destituían de su cargo y le mandaban de vuelta a China? ¿Sobreviviría allí su matrimonio con Grace?

—Feng-shan, por favor. Haría cualquier cosa.

Quizá era solo una frase hecha malinterpretada por el recuerdo de su propio deseo, pero le pareció una proposición, algo que le alarmó y le avergonzó.

—¿Cuántos quieres que lleve?

Al volver de mis correrías por la calle pensaba que me regañarían en cuanto entrase y quizá me castigarían a estar de rodillas en el recibidor, que no sería la primera vez.

Sin embargo, Grace apenas me hizo caso, estaba en la cocina escuchando al viejo Chao, en bata, con una mano sobre la base de su cuello.

Poco después de subir a mi habitación la oí hablando sola en el salón, y pensé que había llamado a mi padre.

Le preguntó cómo estaba, cuánto tardaría en llegar, y hasta le propuso que se encontrasen en algún sitio, pero al parecer él no quería que saliera.

Yo estaba intentando leer cómics en la cama cuando sonó el timbre de la puerta.

Oí pasos que salían de la habitación de mis padres y bajaban la escalera.

Entonces una voz de hombre que yo no conocía dijo algo en inglés.

Cuando mi padre tenía invitados esperaba que yo los saludase, pero en aquella ocasión algo me dijo que no lo hiciera.

Por un lado ansiaba ver cómo era el americano, y por otro tenía miedo, como si al verle se fuese a descubrir de una vez el misterio.

Estuvieron un rato hablando en el salón y luego subieron. Yo pensaba que Grace llamaría a la puerta para presentarme, pero solo oí otra puerta que se cerraba, luego murmullos y después nada. Diez o quince minutos más tarde volvieron a bajar y sonó el chasquido de la puerta de la calle.

Cuando llegó mi padre yo le estaba esperando para saludarle como hacía siempre. Ya tenía pensado lo que le iba a decir, pero en ese momento no me salieron las palabras y me limité a observar mientras el viejo Chao se lo contaba. Esta vez mi padre no se pudo contener.

—Grace, ¿dónde estás? —gritó.