LA NOCHE DE LOS CRISTALES ROTOS
Viena, 1938
Antes de la guerra estuvimos viviendo en Viena, y allí cogí la costumbre de bajar a recibir a mi padre cuando volvía del trabajo.
En el colegio Steiner las clases terminaban a las tres, así que me daba tiempo a ir andando desde la plaza Graben hasta nuestro chalet adosado en el tercer distrito, quitarme el uniforme, pedirle a la cocinera algo de comer y leer un cómic de Sanmao o Tintín antes de que llegase mi padre.
Mi recompensa por esperarle en la puerta solía ser solo un saludo con la cabeza o un gruñido de aprobación, pero de todas formas salía a su encuentro todos los días porque le quería, le respetaba y consideraba que era mi deber.
Un día mi padre llegó a casa como de costumbre, con el traje de franela, el guardapolvo y el sombrero fedora de ala, el maletín y el paraguas, aunque ese día hacía buen tiempo.
Yo no había visto nada raro por el camino a casa, pero mi padre tenía cara de preocupación.
En esa época el mundo estaba patas arriba y a veces volvía agobiado de la delegación —que desde marzo recibía el nombre de «Consulado General de China en la provincia alemana de Ostmark»—, pero aquel día estaba muy serio, incluso pálido,
y le preguntó directamente a nuestro mayordomo por las novedades del día sin responder a mi saludo.
El viejo Chao bajó la mirada y le informó de que el americano había estado de visita otra vez.
Mi padre no dijo nada, pero el sombrero que le estaba dando al viejo Chao se quedó a medio camino.
Yo no conocía al americano, pero sabía que había sido compañero de mi madre en la universidad, y que estaba en Europa por asuntos de negocios.
Cuando mi padre propuso que le invitaran a cenar, mi madre dijo: «No es un hombre tan importante como esos dignatarios tuyos», con un tono que me dejó dudando a quién menospreciaba.
Por eso me sorprendió, y supongo que a mi padre también le sorprendería, que el hombre hubiera ido de visita dos veces en una semana.
Durante la cena mis padres apenas hablaron.
Lo extraño fue que mi madre no mencionó a su amigo y mi padre no se dignó a preguntar, aunque se puso a leer el periódico con aire teatral.
Cuando terminamos de cenar, mi madre se enfadó y regañó a la cocinera por los profiteroles diciendo que estaban demasiado densos y demasiado húmedos.
La cocinera, una anciana coja que habían traído con ellos desde China, la escuchó agachando la cabeza y luego salió del comedor andando hacia atrás.
Mi padre dejó el periódico haciendo crujir las hojas.
—¿Por qué le pides que prepare cosas que no sabe hacer?
—Porque las quiero comer.
—Pero no hace falta ponerse así.
Mi madre sonrió como si estuviera delante de un niño con ideas fantasiosas.
—Tú les consientes demasiado.
—No, yo los respeto.
Mi madre puso los ojos en blanco y luego salió del comedor. Mi padre sacudió la cabeza, intentado comprender cómo era posible que, con lo que estaba pasando en el mundo, su esposa pudiera enfadarse por unos profiteroles o unos buñuelos de crema, como ella decía en plan americano.
Conocí a mi madre cuando tenía seis años.
La llamo «madre» porque me dijeron que tenía que llamarla así, y yo lo hacía, aunque en realidad era mi madrastra.
Mi verdadera madre murió de tuberculosis cuando yo tenía cinco años.
Un año después mi padre volvió a casa con una nueva esposa; durante ese tiempo estuvo estudiando Derecho Internacional en Chicago —aunque ya tenía un doctorado en Economía Política por la Universidad de Múnich—,
y desde allí me envió una serie de vistosas postales de la Exposición Universal pintadas en tela: el Salón de la Ciencia, la Avenida de las Banderas, y las espectaculares torres de hierro del Sky Ride.
El tema de la exposición era «Un siglo de progreso», y fue donde mi padre conoció a Grace.
Recuerdo muy bien aquel día. Era verano, hacía bochorno y yo estaba mirando por la ventana cuando un coche cargado con baúles aparcó delante de nuestra casa en Changsha y vi bajar a una mujer que llevaba una blusa blanca, pantalones anchos y unas gafas de sol enormes.
Era guapísima y demasiado blanca para ser china, y eso me provocó pena por mi madre y desprecio por mi padre.
Luego resultó que era mestiza, de padre chino y madre americana de ascendencia alemana.
Eso, junto con su ropa y su belleza, la diferenciaba de todas las mujeres que yo había visto hasta entonces.
Para que su nueva esposa estuviera cómoda, mi padre había conseguido una casa enorme de dos pisos en las afueras y media docena de criados para atenderla, pero en cuanto llegaron se vio abrumado por todo lo que no había previsto.
La casa no tenía agua corriente y Grace se negaba a usar la letrina, que no tenía asiento y emitía un zumbido constante en esa época del año.
Después de intentar convencer a Grace en voz baja, mi padre mandó al viejo Chao a la ciudad para comprar un retrete portátil.
Entre ir y volver se tardaban por lo menos tres horas, y mi nueva madre se pasó el resto de la tarde dando vueltas por el patio, fumando un Lucky detrás de otro, como si estuviera asilvestrada y enjaulada.
Ese día y las semanas siguientes mantuve las distancias porque ella no sabía una palabra de chino y yo aún no hablaba inglés.
Mi padre contrató a un profesor, pero Grace solo aprendió a decir un par de cosas sencillas y sin entonación, como hablan los extranjeros.
Nuestra única solución era que yo aprendiese inglés, algo que no me llevó mucho tiempo a fuerza de escucharlo.
Grace hablaba por los codos y sólo se paraba para enseñarme expresiones como «¡Caracoles!»
y «¡Ahora sí que lo pillas!», que le hacían partirse de risa cuando yo las repetía.
Era evidente que Grace no estaba a gusto en China y, aunque mi padre no tenía mayor interés en marcharse, empezó a considerar el servicio diplomático.
Cuando el gobernador con el que trabajaba le recomendó para el puesto de primer secretario de la delegación china en Austria, mi padre aceptó por Grace.
Yo ya tenía diez años cuando llegamos a Viena en junio, después de tres semanas a bordo del Conte Verde con escalas en Saigón, Singapur, Madrás, Bombay, Adén, y Puerto Saíd.
La ciudad bullía con el esplendor del verano, y los numerosos conciertos al aire libre que rendían homenaje a los viejos maestros parecían poner música a nuestras vidas.
Mis padres iban a bailes y recepciones con esmoquin y vestido largo, y por fin disfrutaban de su vida en común.
Todo parecía ir mejor al principio, pero Grace no tardó mucho en sentirse aislada otra vez.
Le costaba tanto distinguir der, die y das como diferenciar entre el primer y el segundo tono del mandarín.
Luego, en primavera, llegaron soldados alemanes haciendo el paso de la oca por la Ringstrasse, cerca de nuestra casa.
La gente los saludaba con tanta alegría y admiración como yo, que veía hacerse realidad mis fantasías infantiles de soldados y armas.
Mi padre no levantó el brazo, pero yo sí, y él no me lo impidió.
Esa noche, en una escena que pronto se volvería habitual, grupos de fanáticos tomaron las calles, destrozando los escaparates de determinados hogares y comercios.
A partir de entonces, al ir y volver de la escuela, pasaba frente a escaparates marcados con Jude y Nicht arisches Geschaeft,6 custodiados por hombres imberbes con botas altas y cascos abombados.
Como miembro del cuerpo diplomático, mi padre no se dejaba intimidar y solía entrar en esas tiendas a pesar de las miradas de odio y de que alguna vez intentaron detenerle poniéndole una mano en el pecho.
Para mi madre la anexión de Austria solo era el siguiente capítulo descendente en su tragedia privada, y le reprochaba a mi padre haberla llevado a un país ocupado por los nazis.
—Mejor los alemanes que los japoneses —le decía él.
A finales de octubre, miles de judíos de origen polaco fueron detenidos y enviados de vuelta a Polonia.
Cuando un muchacho de diecisiete años supo que su familia estaba entre los que languidecían en la frontera, rechazados a un lado y al otro, entró en la embajada alemana en París y descargó cinco balas en las entrañas de un diplomático alemán de rango menor.
Dos días después, Ernst vom Rath7 murió a causa de sus heridas.
La furia de los alemanes, contenida mientras su compatriota se aferraba a la vida, se desataría entonces.
Eso era lo que mi padre sabía cuando regresó a casa aquella tarde.
Tengo muy pocos recuerdos del resto de aquella noche.
Conservo una vaga impresión de haber despertado sobresaltado con el sonido de cristales rotos, aunque quizá sea solo una superposición de lo que supe después.
Incluso si la memoria fuera fiable, no recuerdo nada más, así que supongo que me volvería a dormir.
Cuando me desperté ya por la mañana, mi padre ya se había marchado y el viejo Chao tenía instrucciones de que yo no fuese al colegio ni saliera de casa.
Cuando le pregunté por qué, el viejo Chao no quiso decírmelo.
Yo me moría de curiosidad, y me escapé en cuanto me dejaron solo.
Vivíamos en Beethovenplatz, cerca de un parque que tenía en el centro una estatua de bronce del compositor sentado con una expresión eternamente sombría.
Fue allí donde noté el olor a quemado y vi las cenizas flotando en el aire como copos de nieve negra, pero no me di cuenta de que estaba ocurriendo algo horrible hasta que llegué a Ringstrasse.
Parecía que había pasado un tornado por la noche, la mitad de los escaparates estaban destrozados, con los artículos desperdigados por la calle como si hubieran explotado desde el interior, y el suelo era una alfombra de fragmentos de cristal que relucían al sol.
Entre todo aquel desastre, había mujeres y niños rebuscando y cogiendo lo que querían.
Al pasar delante de una librería vi a un anciano con bombín subido a la montaña de libros que había en la acera, seleccionando los que no estaban quemados o rotos.
Se puso rojo de vergüenza cuando me vio y luego se enderezó indignado, recordando su posición y la mía, así que aceleré el paso.
Después me encontré con una escena muy rara: un grupo de personas mayores que parecían enfermas formando un círculo en mitad de la calle, en pijama y camisón como si acabasen de salir de la cama.