LA NATURALEZA DE LAS COSAS #4
—¿Dónde? —preguntó la tía.
El tío se quedó pensando y luego fue rápidamente hacia la parte de atrás, hasta un cuarto largo y estrecho que estaba en penumbra, iluminado solo por dos velas encendidas sobre un mostrador de mármol enorme donde también había una bandeja con naranjas, un incensario lleno de palitos quemados,
y docenas de placas funerarias de color rojo y dorado colocadas en vertical que parecían edificios en la maqueta de una ciudad. Era la habitación del altar.
Debajo del mostrador había un armario con una puerta corredera pequeña. El tío la abrió.
—¿Estás seguro? —La tía se asomó al interior.
—No tenemos otra opción.
La tía se agachó hasta el suelo. Por pudor, se sentó y fue retrocediendo de espaldas, de forma que parecía no tanto entrar como ser tragada por completo. El tío le preguntó si estaba bien en cuanto desapareció.
—Claro que sí —contestó ella impaciente, con la voz ya cavernosa.
Alice se sentó con ayuda del tío y del viejo Chang; el suelo era de piedra y estaba helado.
Consiguió pasar el trasero sobre el marco de la puerta y luego se deslizó hasta el fondo con las manos llenas de polvo.
Tendría que haberse soltado el moño, así habría ganado unos centímetros para estirar mejor el cuello: estaba sentada con la cara rozando la tripa, que se le había puesto enorme.
El tío le dio instrucciones al viejo Chang:
—Cuando yo entre, coloca unos taburetes delante del altar y después abre el portón. Si no pueden entrar quemarán la casa. Abre también algunos cajones, así parecerá que hemos salido con prisa. Luego sube al tejado y procura que no te vean; no bajes hasta que se hayan marchado. ¿Podrás hacerlo?
No hubo respuesta, pero Alice escuchó algo que parecía una palmada en la espalda y se imaginó toda una vida de lealtad, al viejo Chang llevando un niño a hombros. Entonces entró el tío y el mundo se sumió en las tinieblas.
El chancleteo del viejo Chang iba y venía, los taburetes arañaron el suelo, los cajones crujieron y después se hizo el silencio.
Si hubiera estado totalmente a oscuras Alice se habría sentido mejor, incorpórea, pero una rendija entre dos paneles dejaba pasar algo de luz, suficiente para demostrar que no se había desmaterializado.
Ladeando un poco la cabeza podía ver la habitación con claridad; la rendija actuaba como una lente, y se asustó al pensar que al revés sería igual: que desde fuera se vería el brillo de sus ojos en la oscuridad.
Por eso los cerró, y en aquella oscuridad más profunda se preguntó cómo había llegado a esa situación.
Si su espíritu se quedara vagando por allí, ¿se sentiría perdido o en casa?
Sonaron golpes en el portón y voces agresivas aún lejanas, pero cada vez más claras.
Luego pasos en la casa, daban la impresión de ser docenas, y todos se iban acercando entre crujidos de maderas astilladas, tintineos de porcelana haciéndose añicos y risotadas que le llegaban extrañamente amplificadas por el zumbido que tenía en los oídos.
Los pasos llegaron enseguida hasta la puerta de la habitación del altar, donde poco a poco se detuvieron para luego entrar despacio.
No los veía, pero eran varios. Alice se preguntó si habrían oído algo, se imaginó a uno haciendo gestos de silencio y señalándola, y abrió los ojos aterrorizada.
Al mirar por la rendija vio zapatos, polainas muy ajustadas y el brillo apagado de una bayoneta.
Entonces empezó a rezar fervorosamente.
Como si respondieran a sus plegarias, los soldados murmuraron algo y se fueron.
Alice perdió la noción del tiempo que permanecieron allí, en aquel silencio tenso, esperando a que los soldados terminasen de saquear la casa, pero para cuando el viejo Chang volvió chancleteando todos los músculos del cuerpo clamaban por la liberación y ya no le quedaba sangre en las piernas.
Apenas se tenía en pie, pero estaba viva.
—Tenían miedo —dijo su tío—. No tienen piedad con los vivos, pero todavía respetan a los muertos.
Si no había sido Dios, entonces habían sido los fantasmas. Alguien los había salvado.
De pronto Alice se sobresaltó y fue corriendo a su habitación. Estaba todo revuelto, pero entre la ropa que había en el suelo lo encontró: el libro seguía allí.
—Tenemos que irnos. He oído que iban a volver con más hombres para pasar la noche aquí —dijo el viejo Chan.
Allí había camas y provisiones, claro que volverían, pero ellos cuatro tampoco estaban en condiciones de salir corriendo. El enemigo estaba por todas partes, lo mejor era dejar que pasara la avanzadilla y luego intentar escapar.
El tío dijo que esa noche se esconderían en el cobertizo del bosque que estaba detrás de la casa.
Salieron en cuanto se recuperaron; los hombres cargaron con una escalera y caminaron con cautela los cien metros que les separaban de los árboles, hasta un claro donde había un viejo cobertizo construido con tablones de madera.
Entonces el Viejo Chang trepó hasta el tejado y le dijeron a Alice que subiera detrás de él.
Luego levantaron la escalera, la metieron por una claraboya y ella bajó.
En el interior entendió por qué era tan complicado entrar a su refugio provisional: el cobertizo estaba lleno de arroz.
Tuvo que contener la risa mientras se hundía en aquella duna inesperada.
La misma operación se repitió hasta que entraron todos.
Cada uno se hizo una cama a su gusto amontonando el arroz, y Alice se alegró al encontrar un apoyo lo bastante firme para los riñones.
No había pasado ni una hora cuando oyeron motores, y luego un jolgorio de borrachos que se prolongó hasta bien entrada la madrugada.
En algún momento de la noche, Alice despertó de un sueño que olvidó al instante.
Los demás seguían dormidos: sus tíos acurrucados juntos para darse calor, el viejo Chang en un rincón y el cobertizo extrañamente iluminado.
La penumbra que antes se extendía como una neblina desde la claraboya se había convertido en un rayo de luna compacto y vibrante.
Las motas de polvo que ellos mismos habrían levantado seguían flotando, girando y arremolinándose por el aire.
Las veía revolotear, alejarse y juntarse como en un baile, reuniéndose y separándose eternamente a través del vacío inmenso, y las estuvo observando con cierta admiración.
Siguieron escondidos casi toda la mañana, hasta que dejaron de oír los motores que se alejaban. Al salir de la cabaña el sol los cegaba y los cuatro estaban aturdidos. Cuando empezaron a andar Alice se fue rezagando, dejó que la adelantasen y luego se detuvo para mirar atrás.
En cierto modo no le extrañó ver a Frank en aquel claro del bosque, como tampoco le extrañó que no la hubiera llamado a voces.
Allí estaba, con su traje de boda, tan amable, guapo y orgulloso, tan tranquilo e inalterado por la vida como el día que se casaron, y ella le saludó levantando el brazo, con el corazón estallando de alegría, una alegría ardiente que caldeaba el bosque y el universo entero.
Entonces Frank hizo algo muy raro: frunció los labios, dobló las rodillas y saltó hacia arriba, y todo ese calor se enfrió.
En ese momento había una infinidad de cosas que no sabía, por ejemplo que sobreviviría a ese día.
Que los cuatro acabarían llegando a la orilla del río Yangtsé y se enfrentarían a los chorros de los cañones de agua para intentar subir a un barco inglés.
Que el viejo Chang resbalaría y caería en medio del caos para no volver a ser visto jamás.
No sabía que pasaría cinco días tendida en una bodega de hierro, con nada más que una esterilla, hasta llegar a Wuhan; ni que desde allí viajarían otros trescientos kilómetros en tren hasta Changsha, donde, con éter y una episiotomía, daría a luz a un hijo asistida por un desconocido.
Tampoco sabía que, cuando llegasen a Hong Kong, el mundo entero se habría sumido en la locura, ni que un mes después de embarcar rumbo a casa los japoneses se enfrentarían también a los ingleses.
No sabía que China acabaría ganando la guerra, ni que al terminar podría votar por primera vez, ni que un día su único nieto jugaría al fútbol en el King’s College Circle de Toronto y desfilaría con toga y birrete por el Convocation Hall, igual que su abuelo.
No sabía que un día vería a sus bisnietos a través de un portal mágico que podría sostener en sus manos, ni que al final sus cenizas serían esparcidas sobre el río Huangpu, que atraviesa serpeteando el corazón de Shanghái, el último lugar donde había sido verdaderamente feliz,
aunque su vida no estaría exenta de felicidad, en la medida en que la felicidad puede darse.
Y no sabía si creía en Dios ni en la vida eterna. Lo único que sabía, lo que finalmente llegó a aceptar, era que el cariñoso e inimitable conjunto de átomos que había sido Frank Yeung ya no existía. Y, en efecto, cuando volvió a mirar, se había desvanecido.