Solos los dos LA NATURALEZA DE LAS COSAS #3
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LA NATURALEZA DE LAS COSAS #3

Ella pensaba que la guerra terminaría con la caída de Shanghái, pero los japoneses seguían avanzando y además arrasaban y quemaban todos los pueblos a su paso.

Cuando oyó que ataban a los hombres en grupos, los rociaban con gasolina y los quemaban, se tuvo que sujetar para no desfallecer.

A posteriori, estaba claro que Frank debería haberse quedado en Shanghái; al caer la ciudad mucha gente intentó refugiarse en la Concesión Francesa, y eran tantos que tuvieron que usar tanques para contenerlos.

Había miles de personas metiendo los brazos por la verja de hierro, todos desesperados por entrar, y ella le había obligado a salir.

Por las noches Alice se maldecía a sí misma, luego a Frank y después se maldecía otra vez por maldecirle.

Había momentos en que se arrodillaba y negociaba con Dios, a veces rezando para que todo fuese parte de un engaño y pronto llegase una carta explicando que había huido a Francia en barco con una monja que había colgado los hábitos.

Le daba igual con tal de saber que seguía vivo.

El ejército seguía retrocediendo. La «línea Hindenburg china», su última línea de defensa, tendría que haber resistido seis meses, pero cayó en dos semanas.

El generalísimo anunció por radio que el Gobierno se trasladaba a Chungking, y fue entonces cuando el tío dejó marchar a sus empleados.

Además de avanzar hacia Nanking, los japoneses también se dirigían hacia Wuhu para cortar la retirada. Iban a evacuar la ciudad.

—La casona de la familia está río arriba, iremos allí —le explicó el tío.

—¿Y qué pasa con Frank? —replicó Alice.

—Vosotras marchaos. Yo me quedaré un día más —dijo muy serio, ajustándose las gafas.

La tía hizo ademán de decir algo, pero se contuvo. No era ella quien tenía que protestar; Alice se podía haber negado, pero no estaba en situación de rechazar la ayuda.

Cuando fue a hacer el equipaje volvió a encontrar el libro de Frank, y se sobresaltó como si fuese un fantasma. Acarició la cubierta de tela rugosa y metió la nariz entre las páginas aspirando el aroma del papel y la cola. Luego llenó la maleta y colocó el libro encima de todo.

Al anochecer bajaron hasta el río Clearwater, un riachuelo turbio y lento.

La barquita parecía tan endeble que Alice vaciló temiendo que volcase con su peso, pero la tía la ayudó desde dentro mientras el tío la sujetaba desde la orilla hasta que consiguió subir y sentarse.

La barquita osciló y luego se estabilizó.

—¡Hasta pronto! —gritó el tío, exagerando el tono alegre.

Un joven barquero las llevó río arriba empujando con una pértiga.

Durante un rato los únicos sonidos fueron los chapoteos de la pértiga entrando y saliendo del agua, pero en cuanto oscureció empezaron a oír un zumbido.

Al principio sonaba como un enjambre de abejas, luego como algo mecánico, y pronto vieron una constelación de estrellas negras cruzando el cielo.

Después llegaron los silbidos, el resplandor y las explosiones atronadoras de las bolas de fuego que rasgaban la oscuridad río abajo.

Alice apartó la mirada, abatida por la culpa, pero la tía le habló con firmeza:

—Estará bien. El tío sabe cuidarse.

Estaba amaneciendo cuando llegaron a la casona familiar. La tía aporreó el portón de la calle mientras llamaba a gritos:

—¡Lao Zhang! ¡Kuai dian kaimen!

Poco después salió un anciano enjuto que abrió el portón y las guio a través del zaguán. El edificio rodeaba un patio cuadrado con grandes moreras. Después de pasar la noche en vela, Alice cayó rendida en cuanto entró en su habitación.

Por la tarde bajó hasta el río para esperar al tío.

Se había llevado el libro de Frank como una especie de talismán, pero luego lo estuvo hojeando para entretenerse.

Empezaba con una invocación a Venus: «Madre de Roma, deleite de Dioses y mortales...»

. Como los primeros versos eran muy ambiguos siguió pasando páginas hasta que vio unas líneas subrayadas con lápiz:

Observa un rayo de sol cuando atraviesa la oscuridad de una habitación cerrada: verás multitud de cuerpos diminutos mezclándose de mil maneras en el haz de luz, moviéndose en el vacío como si librasen combates interminables, batallas y guerras, pelotón contra pelotón, sin descanso, siempre agitados,

juntándose y separándose sin cesar.

El polvo era algo común y corriente, ¿qué sentido tenía eso y por qué lo resaltaba Frank?

Por teléfono nunca había mencionado el libro, nunca le había preguntado si lo había leído, pero en ese momento sus marcas parecían contener la clave para entender por qué se había quedado.

La última vez que había visto a Frank no fue cuando estaba inclinado sobre el niño y apartando a la gente en la estación del Sur, sino poco después, cuando el andén se despejó y el tren empezó a moverse, porque entonces Frank corrió hasta su vagón y saltó para besar su ventana,

dándole un buen susto.

Ella se pasó todo el camino hasta Wuhu estudiando la huella de sus labios, lamentando no poder atravesar el cristal y conservarla de algún modo.

Mientras estudiaba las marcas del libro tenía la misma sensación de que Frank estaba cerca pero fuera de su alcance.

En el río había un tráfico intermitente de sampanes cargados con fardos, niños y jaulas de gallinas, pero no vio a nadie conocido.

Por la mañana se despertó al oír alboroto en el patio. Desde la cama reconoció la voz del tío contando cómo se había refugiado por la noche hasta que terminó el bombardeo. Había tardado tanto en llegar porque el ejército estaba requisando todo.

—He avisado a los vecinos, le dirán a Frank dónde estamos —le dijo en cuanto la vio salir.

Ella tenía la esperanza de que Frank también hubiera llegado, pero de todas maneras se animó cuando vio al tío:

—Ya está cerca. Lo noto —dijo.

Lejos de quitarle la esperanza, su tío la alentó: al subir por el río, había oído que un general chino se había disfrazado de labrador para burlar a los japoneses.

Quizá Frank habría hecho algo parecido, pensó, o quizá se había dislocado una rodilla o torcido un tobillo y se había escondido en algún sitio mientras se curaba. Le podía haber pasado cualquier cosa.

Permaneció todo el día sentada en la orilla del río, medio escondida entre los juncos.

Una vez más llevó consigo el libro de Frank y, cuando el tiempo se hacía largo, leía sus subrayados.

Muchos giraban en torno a la idea de que el universo estaba hecho de átomos —indivisibles, indestructibles—.

Hasta ahí podía aceptarlo. Pero apenas empezaba a asentir cuando lo que siguió leyendo la inquietó.

«Por eso, si se despoja al cuerpo de la mente y el espíritu, todo debe derrumbarse por completo...»

El pasaje continuaba en ese tono y, pese al lenguaje embellecido, captó su sentido y la perturbó, pues había crecido no solo educada en la Iglesia, sino también en Chinatown, con todas sus historias de fantasmas.

Una mañana, durante el viaje a bordo del Empress of Japan, Alice se encontró con dos ancianos que conocía de Chinatown.

Los dos llevaban sombreros muy gastados que sujetaban con una mano para que no salieran volando, y uno tenía la cara cubierta de manchas de la edad que parecían gotas de tinta.

Iban en tercera clase, pero la habían estado buscando para felicitarla: «¡Gongxi! ¡Gongxi!»

, gritaron al verla, muy contentos de que «el dumpling» de Chinatown se hubiera casado por fin.

Aquellos eran hombres que conocían bien los estragos del tiempo y la distancia, que habían visto a sus esposas apenas unas cuantas veces en décadas, en las raras ocasiones en que lograban regresar a China.

Para ellos, seis años de separación habrían parecido una misericordia.

La mayoría eran ya demasiado pobres —o estaban demasiado avergonzados de su pobreza— para retornar a su país.

Pero la Gran Depresión trajo consigo un regalo inesperado: un billete de vuelta a cambio de la promesa de no regresar jamás, una opción más barata para las autoridades que ofrecer ayudas sociales.

Los ancianos estaban felices. Volvían a su tierra para morir.

Así sus fantasmas no estarían condenados a vagar eternamente por la Montaña de Oro.

¿Qué le quería decir Frank a través del libro? ¿Que aquellos hombres se equivocaban? ¿Que no importaba dónde muriesen? Le molestaba su escepticismo y la sensación de que pretendía desengañarla de algo.

Cerró el libro y se quedó mirando el río.

Había más tráfico que el día anterior; la mayoría de las barcas llevaban soldados harapientos, fusil en mano, con cigarrillos entre los labios.

En algún momento, un soldado joven con cara de hambre la vio entre los juncos —sola, recostada, rebosante de vida— y mantuvo los ojos clavados en ella mientras pasaba.

La miraba con tanta insistencia que Alice pensó que iba a saltar de la barca y chapotear hacia ella.

Cuando por fin desapareció tras la curva del río tenía el corazón al galope.

No solo por el miedo, sino también por la certeza de que no había apartado la mirada.

El remordimiento le recordó algo que Frank le había contado: que De rerum natura, aunque había sido muy popular en sus tiempos, casi desapareció durante la Edad Media y estuvo perdido hasta el Renacimiento, cuando encontraron una copia medieval en un monasterio.

Pensó que en realidad era eso lo que Frank le quería decir: que él también saldría del atolladero y encontraría la manera de reunirse con ella.

Alice tardó un día en darse cuenta de que ellos también deberían estar huyendo, de que los tíos seguían allí por ella, para que pudiera esperar.

—Si es necesario marcharse... —les dijo por la mañana, y los tíos movieron la cabeza asintiendo con alivio.

Mientras el tío empaquetaba comida, ella ayudó a la tía a esconder dinero descosiendo los forros de los trajes. Sin embargo, antes de que pudieran terminar, el sirviente de la familia, el viejo Chang, entró corriendo despavorido y echó el cerrojo de la puerta.

—Riben ren laile5! —jadeó.

—¿Estás seguro? —le preguntó el tío.

El anciano movió la cabeza asintiendo:

—En la cresta de la colina. Llevan cintas blancas. —Gesticuló como si se atase una sobre la frente.

El tío frunció el ceño, miró a Alice, y al fijarse en la tripa dijo:

—Es demasiado tarde para correr. Tenemos que escondernos.